El juramento del lobo y el mar (Historias de vikingos nº 14) CAPÍTULO 4 EL PACTO DE LAS RUNAS
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CAPÍTULO 4 EL PACTO DE LAS RUNAS

La cabaña privada de Halvar estaba apartada del bullicio del salón, rodeada por el silencio de los pinos cubiertos de nieve.

En el interior, las pieles de zorro y oso cubrían el suelo y una cama espaciosa hecha de troncos de roble.

El fuego de la chimenea proyectaba sombras danzantes sobre las vigas del techo.

Elena entró primero, abrazándose a sí misma, temblando no de frío, sino de una expectación que la consumía.

Halvar entró detrás y cerró la pesada puerta de madera, echando el cerrojo.

Se despojó de su capa de pieles y de su túnica guerrera, quedando con el torso desnudo a la luz del fuego.

Su musculatura estaba perfectamente esculpida, surcada por las líneas de viejas batallas y tatuajes rúnicos de tinta oscura que serpenteaban por sus brazos y pecho.

Elena no pudo apartar la vista. Era un espécimen de pura fuerza y masculinidad.

—¿Tienes miedo? —preguntó Halvar, acercándose con pasos felinos.

—De ti no —mintió ella, manteniendo la barbilla en alto—. Tengo miedo de lo que me haces sentir.

Halvar se detuvo a solo unos centímetros.

Su mano subió hasta el hombro de Elena, soltando lentamente los broches de plata de su vestido.

La tela esmeralda resbaló por su cuerpo, cayendo al suelo y dejándola vestida únicamente con la luz dorada del fuego.

Halvar ahogó un gemido al contemplar la perfección de sus formas: sus pechos firmes que subían y bajaban con su respiración agitada, la curva estrecha de su cintura y la redondez de sus caderas.

—Eres más hermosa que cualquier promesa del Valhalla —declaró él, su voz rota por la urgencia.

La levantó en vilo y la depositó con delicadeza sobre el lecho de pieles. Se situó entre sus piernas, el peso de su cuerpo musculoso presionando deliciosamente contra el de ella. Elena rodeó el cuello de Halvar con sus brazos, rindiéndose finalmente al destino que las runas habían dictado.

Halvar la besó con una pasión que bordeaba el frenesí, devorando su boca mientras sus manos recorrían la piel suave de sus muslos, subiendo hasta encender cada rincón de su anatomía.

Elena gimió, enredando sus dedos en los cabellos rubios del guerrero, pidiéndole más con movimientos instintivos de sus caderas.

Cuando él se unió a ella, el tiempo pareció detenerse.

Fue una unión salvaje, rítmica y profunda, dictada por los latidos de la tierra y los tambores del norte.

Las pieles crujían bajo sus cuerpos sudorosos, y los jadeos de placer de Elena se mezclaban con los gruñidos posesivos de Halvar.

En el clímax de la pasión, bajo la mirada invisible de los dioses paganos, sus almas se entrelazaron de una forma que ninguna religión podría separar jamás.