CAPÍTULO 3 EL RITUAL DEL FUEGO (EL BLÓT)
Kattegat los recibió con antorchas que rasgaban la oscuridad de los fiordos.
El clan del Lobo de Hierro celebraba el regreso de sus guerreros con un Blót, un sacrificio y banquete en honor a Odín y Freyja.
El olor a carne asada, resina quemada e hidromiel llenaba el gran salón de madera, donde los escudos decoraban las paredes.
Elena fue vestida con las ropas de las mujeres libres del norte: un vestido de lino fino color esmeralda que acentuaba sus curvas y dejaba sus hombros al descubierto, sostenido por broches de plata en forma de tortuga.
Cuando entró al salón, el murmullo de la multitud cesó.
Era una extranjera, un trofeo, pero caminaba con la cabeza alta de una reina.
Halvar presidía la mesa principal, sentado en su alto trono de madera tallada. Al verla, sus ojos azules se encendieron con un brillo animal. Se puso en pie y caminó hacia ella, apartando a quienes se cruzaban en su camino.
—Estás hermosa, mi valquiria —dijo, su voz una vibración grave que erizó la piel de Elena.
—Esto es una abominación —dijo ella, mirando los altares con runas talladas y las figuras de madera de los dioses antiguos.
—Esta noche no hay lugar para tu dios crucificado, Elena. Esta noche celebramos la vida, la sangre... y el deseo.
Halvar la tomó de la mano y la guió hacia el centro del salón, cerca de la gran hoguera. El chamán del clan, un hombre anciano con el rostro pintado de ceniza, se acercó con un cuenco que contenía una mezcla de aceites sagrados y resinas aromáticas.
—Para que la extranjera sea bendecida por Freyja y su fertilidad se una a la del Lobo —declaró el chamán.
Halvar tomó el cuenco. Miró a Elena, pidiéndole con la mirada una tregua que ella, hipnotizada por el tamborileo rítmico y los cantos guturales de los guerreros, le concedió.
Él introdujo sus dedos en el aceite tibio.
Con una lentitud tortuosa, comenzó a trazar la runa Gebo —la runa del regalo y la unión— sobre la piel expuesta de su cuello.
Elena contuvo el aliento. Los dedos de Halvar eran ásperos pero su toque era eléctrico, un sendero de fuego que descendió por su clavícula hasta el nacimiento de sus pechos.
Ella cerró los ojos, soltando un suspiro tembloroso mientras el calor del aceite penetraba en su piel.
Halvar se inclinó y lamió el exceso de aceite justo en la base de su garganta, provocando que ella arqueara la espalda y clavara sus dedos en los poderosos bíceps del vikingo.
—Tu cuerpo sabe lo que tu mente niega —le susurró al oído, su aliento caliente haciéndola temblar—. Esta noche serás mía, no por la fuerza del acero, sino por el fuego que nos quema a ambos.