CAPÍTULO 2 EL DIARIO DEL VIENTO Y LA PIEL
El drakkar surcaba el mar del Norte como una flecha de madera sobre un desierto de agua oscura. El frío calaba hasta los huesos, pero a bordo, la tensión entre los hombres y su botín mantenía el aire espeso y ardiente.
Elena estaba atada al mástil principal, envuelta en una pesada piel de oso que Halvar le había arrojado con rudeza pero cuidado.
Sus ojos no se despegaban del gigante rubio que gobernaba el timón.
Él la miraba de reojo, con la mandíbula apretada y la cicatriz de su mejilla —la que ella le había infligido— ya cerrada en una línea rosada.
Al caer la noche, la tripulación se sumió en un silencio interrumpido solo por el crujido de la madera y el romper de las olas. Halvar se acercó a Elena. Llevaba un cuerno de hidromiel en la mano. Se arrodilló frente a ella, quedando a la altura de sus ojos.
—Bebe —ordenó con voz suave, contraria a su aspecto feroz.
—No beberé de vuestras copas paganas —espetó ella, aunque sus labios estaban agrietados por la sal.
Halvar sonrió, una mueca que desbordaba arrogancia y un atractivo salvaje.
Le dio un sorbo al cuerno, reteniendo el líquido dulce y fuerte en su boca.
Antes de que Elena pudiera comprender sus intenciones, él le sujetó la nuca con su mano enorme y callosa, forzando sus rostros a unirse.
Su boca selló la de Elena en un beso abrasador, dictatorial pero extrañamente embriagador, obligándola a tragar la hidromiel que compartía desde sus propios labios.
Elena gimió contra su boca, intentando empujarlo, pero el sabor a miel, alcohol y el calor de la lengua de Halvar invadieron sus sentidos. Cuando él se separó milímetros, sus respiraciones se mezclaban en el aire gélido, formando pequeñas nubes de vapor.
—¿Sigue sabiendo a paganismo? —susurró él, rozando con el pulgar el labio inferior de Elena, que ahora brillaba húmedo.
—Eres un monstruo —alcanzó a decir ella, aunque el centro de su cuerpo había comenzado a latir con un calor desconocido que la asustaba más que las olas.
—Soy el hombre que va a gobernar tus noches, Elena —dijo Halvar, desatando las cuerdas de sus muñecas—. Duerme. Mañana tocaremos tierra. Mi tierra.