El juramento del lobo y el mar (Historias de vikingos nº 14)
© inepub.com
CAPÍTULO 1 SANGRE SOBRE LA CRUZ
Halvar limpió la hoja de su hacha en la túnica de un sajón caído.
Sus ojos, del azul gélido de los glaciares de Noruega, recorrieron las ruinas humeantes del monasterio de Lindisfarne.
Los hombres de su tripulación cargaban cofres de plata y reliquias de oro en los drakkars, cuyas cabezas de dragón talladas parecían rugir contra el cielo gris.
—¡Halvar! —gritó Bjorn, su segundo al mando, rompiendo una puerta de madera de la capilla trasera—. Mira lo que se escondía en el nido de las palomas.
Halvar caminó con paso pesado, la cota de malla tintineando con cada movimiento de sus hombros anchos y marcados por cicatrices de mil batallas. Al entrar en la penumbra, la vio.
No era una monja. Sus cabellos no estaban cubiertos; caían en una cascada de rizos oscuros y salvajes que contrastaban con la palidez de su piel.
Elena, la hija del thegn local que se había refugiado tras los muros sagrados, sostenía una daga corta con manos temblorosas pero ojos fijos, llenos de un fuego que Halvar no había visto en ningún hombre de esa maldita isla.
—Atrás, demonios del norte —susurró ella en un nórdico antiguo quebrado, aprendido de los comerciantes de la costa.
Halvar soltó una carcajada ronca, un sonido que vibró en el pecho de la joven.
—Una gaviota que intenta picar a un halcón —dijo él, dando un paso adelante.
Elena no retrocedió. Cuando Halvar se abalanzó para desarmarla, ella lanzó una estocada rápida.
La punta de la daga rasgó la mejilla del vikingo, dejando una línea de sangre roja y brillante sobre su barba rubia.
Los guerreros detrás de Halvar ahogaron un jadeo y levantaron sus espadas, listos para despedazarla.
—¡Atrás! —rugió Halvar, sin apartar la vista de la mujer—. Freyja me ampare... tiene el espíritu de una valquiria.
Con un movimiento relámpago, Halvar atrapó la muñeca de Elena.
La fuerza del guerrero era inmensa, pero no la lastimó.
La atrajo hacia su cuerpo masivo. Elena ahogó un grito al chocar contra la dureza de su armadura de cuero y el calor abrasador que emanaba de él.
Pudo olerlo: sudor, mar, hierro y una masculinidad primitiva que, muy a su pesar, hizo que un escalofrío desconocido recorriera su espina dorsal.
—Eres mía, pequeña cristiana —susurró Halvar cerca de sus labios,意; notando cómo la respiración de la joven se aceleraba, no solo de miedo, sino de una chispa de una emoción más oscura y densa—. Las runas me prometieron un tesoro en esta tierra, y no hablaban de oro.
Elena lo miró a los ojos, desafiante, aunque su corazón golpeaba su pecho como un tambor de guerra.
—Prefiero que el mar me trague antes de ser la esclava de un pagano.
—No serás una esclava —respondió Halvar con una sonrisa lobuna mientras la levantaba sin esfuerzo sobre su hombro, sintiendo la deliciosa curva de sus caderas contra su rostro—. Serás mi reina, si sobrevives a la tormenta.
Mientras caminaba hacia el barco, el cielo se rasgó con un trueno. Thor golpeaba su yunque en el Valhalla. Halvar sonrió. Los dioses habían bendecido la caza.