El juramento del highlander Capítulo 28
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Capítulo 28

E ntre la maleza perenne y las sombras proyectadas por las rocas de la orilla opuesta del lago, dos siluetas permanecían agazapadas, camufladas por la densa niebla del islote, observando ocultos todo lo que ocurría; querían saltar sobre esos hombres, pero sabían que debían aguardar el momento más idóneo.

Fergus y Ewan apenas respiraban; sus miradas, agudas como las de dos halcones, no perdían un solo detalle del drama que se desarrollaba al otro lado del agua.

Su presencia allí no era fruto de la casualidad.

Habían seguido el rastro de la pareja desde las mismas puertas del castillo.

Sabían que el terreno hacia el que se dirigían Calum y Ariadna era una trampa mortal, un territorio abrupto donde la geografía jugaba en contra de cualquiera.

Bajo ninguna circunstancia iban a permitir que su líder caminara directo hacia la boca del lobo sin una retaguardia.

La misión no solo respondía a los lazos inquebrantables de la amistad, detrás de sus pasos resonaban también las palabras firmes y cargadas de angustia de Donald, consciente de que su hijo y Ariadna se enfrentaban a una amenaza que escapaba a su control y que involucraba hilos de poder eclesiástico y ambición desmedida; les había encomendado una última orden antes de que partieran: «¡Proteged a mi hijo y su esposa y traedlos vivos!

», esas fueron sus palabras, mandato que ambos estaban dispuestos a cumplir.

Por ello, en cuanto los muros del castillo se declararon fuera de peligro y los habitantes del clan estuvieron a salvo tras el asalto, Fergus y Ewan no perdieron un solo segundo.

Montaron sus caballos y salieron al galope, cortando el viento de la madrugada.

Conocían las huellas del semental de Calum a la perfección; sabían descifrar la profundidad de su pisada y el ritmo de su marcha sobre el barro y la hojarasca.

Ese rastro, casi invisible para un ojo inexperto, los había guiado de manera infalible hasta la ribera escondida, donde la presencia de huellas de varios hombres y las voces distantes confirmaron sus peores sospechas.

Ewan deslizó los dedos con suavidad hacia el pomo de su espada, asegurándose de que el acero saliera limpio y sin ruido de la vaina. Ladeó la cabeza hacia su compañero, con la mandíbula tensa.

—Están rodeados —susurró Ewan, con la voz apenas más alta que el roce de las hojas—. Tienen a la muchacha contra la piedra y a Calum en el suelo. El tiempo se nos acaba.

Fergus, manteniendo la vista fija en los dos soldados que custodiaban a su amigo, asintió con una gravedad pétrea. Su mano libre se apoyó en el hombro de Ewan, midiendo el momento exacto para el asalto.

—Donald nos confió sus vidas, pero es nuestra propia sangre la que nos obliga a actuar —respondió Fergus en un murmullo helado—.

No vamos a dejar solo a nuestro amigo. Prepárate.

Entraremos por el flanco ciego en cuanto el arzobispo se distraiga con esa reliquia. Un solo golpe, certero y definitivo.

Los dos guerreros se agacharon un poco más, tensando los músculos de las piernas como felinos listos para saltar sobre su presa. No hacían falta palabras entre ellos; el plan se trazó con una sola mirada.

—Ahora —susurró Fergus.

Como dos exhalaciones nacidas de la misma niebla, ambos guerreros salieron de su escondite con las espadas desenvainadas. El acero brilló en el aire con un zumbido letal, y el factor sorpresa les dio una ventaja inmediata y devastadora.

Con movimientos fluidos y brutales, Fergus y Ewan se abalanzaron sobre el enemigo.

Al ver la súbita irrupción de los escoceses, Hilton soltó a Ariadna con brusquedad, empujándola hacia el último de sus soldados que quedaba libre para que la retuviera.

Sin perder un segundo, retrocedió a paso rápido hasta ponerse al lado del arzobispo, interponiendo su cuerpo y su espada; su prioridad absoluta en ese instante de caos era proteger la vida del clérigo y la reliquia.

Mientras tanto, la ofensiva de los recién llegados no dio tregua.

Coordinados como si compartieran una misma mente, Fergus y Ewan enfilaron sus armas hacia los guardias.

Fergus, aprovechando la corta distancia, fintó hacia la izquierda y descargó un golpe seco y tremendo con el pomo de su pesada espada en la sien del primer soldado.

El hombre cayó de rodillas antes de desplomarse inconsciente sobre la fría superficie de piedra.

Casi al mismo tiempo, Ewan arremetió contra los otros guardias que intentaban reaccionar.

Con un giro limpio y un tajo certero, los derribó de espaldas, neutralizando la amenaza en un abrir y cerrar de ojos.

La violenta embestida rompió las líneas enemigas, obligando al soldado que retenía a Ariadna a soltarla para intentar defenderse.

En cuestión de segundos, la pareja quedó liberada del yugo de sus captores.

—¡Calum, levántate! —gritó Ewan, cortando sus amarras de un solo tajo.

Calum se puso en pie de un salto, recuperando su espada del suelo.

Con sus amigos a su lado, arremetieron enfurecidos contra Hilton y el arzobispo.

La zona del islote se convirtió en un caos de acero chocando contra acero.

Calum arrinconó a Hilton, intercambiando estocadas salvajes llenas de odio acumulado.

Pero de repente, un rugido ensordecedor que parecía provenir del centro de la tierra hizo que el suelo vibrara con violencia.

La gravedad pareció alterarse. Debajo de la roca monolítica, el suelo comenzó a resquebrajarse con chasquidos similares a truenos.

Una grieta enorme y zigzagueante se abrió de golpe, ensanchándose a una velocidad aterradora y dejando ver el torrente de lava incandescente que ascendía con furia.

Hilton, desestabilizado por el temblor, perdió el equilibrio hacia atrás. En un intento desesperado por salvarse, se aferró a las túnicas del arzobispo. Este, que seguía absorto en sus cánticos de locura, no pudo reaccionar a tiempo. Ambos hombres tropezaron en el borde del nuevo abismo.

Con un grito ahogado que fue devorado por el rugido del fuego, Hilton y el arzobispo cayeron al vacío, arrastrando consigo el colgante de media luna. El metal y los cuerpos desaparecieron en el acto, tragados por el manto de lava ardiente.

El silencio volvió a reinar de golpe, un silencio aterrador. Calum, Ariadna, Fergus y Ewan se quedaron petrificados en su sitio, con los ojos desorbitados ante la espantosa escena que acababan de presenciar. La reliquia y sus enemigos habían desaparecido para siempre.

Un nuevo temblor, esta vez más violento, los sacó del estupor. Varias rocas de la ladera comenzaron a desprenderse, cayendo al lago con grandes estruendos.

—¡Debemos irnos de aquí! —gritó Calum, cubriéndose la cabeza mientras el suelo amenazaba con romperse bajo sus pies—. ¡La tierra está temblando, el islote se va a colapsar!

No había tiempo que perder; la pequeña isla se desmoronaba por segundos.

Calum, con los reflejos propios de un guerrero que desafía a la muerte, no esperó a que el humo se disipara.

En un movimiento rápido y protector, enlazó sus dedos con los de Ariadna, apretando su mano con una fuerza descomunal pero reconfortante.

—¡No me sueltes, Ariadna! ¡Corre! —le gritó por encima del estruendo, tirando de ella para iniciar una huida frenética.

A su zaga, Ewan y Fergus se colocaron en posición de retaguardia, con las espadas aún desenvainadas por si el terreno les deparaba otra sorpresa.

—¡Esto se cae! —bramó Fergus, esquivando por milímetros un bloque de piedra que se estrelló contra el suelo, levantando una lluvia de esquirlas.

El regreso fue una auténtica carrera por la supervivencia.

Se lanzaron a cruzar la lengua de tierra sumergida, un camino que ahora era una trampa mortal.

Avanzaron saltando a ciegas entre las piedras grandes que ya comenzaban a tambalearse y a hundirse en el agua.

El lago ya no era lúgubre y frío; el calor subterráneo lo hacía hervir en varias zonas, levantando densas cortinas de vapor ardiente que dificultaban la visión y quemaban la garganta.

Ariadna resbaló en una roca húmeda, pero el agarre de Calum fue implacable. Él la sostuvo en vilo, impidiendo que cayera al agua hirviente.

—¡Estoy contigo, aguanta! —le infundió aliento Calum, cruzando el último tramo mientras esquivaban los fragmentos de roca que llovían desde lo alto de la ladera.

Con el corazón latiendo desbocado en la garganta y los pulmones ardiendo por el esfuerzo, lograron alcanzar el sendero escarpado de la ladera.

Justo en el instante en que sus botas pisaron tierra firme, un crujido colosal sacudió el valle: la Roca del Arrepentimiento terminó de fracturarse, derrumbándose sobre sí misma en un torbellino de fuego, ceniza y piedra, sepultando el colgante y sus secretos bajo el fondo del lago para siempre.

No se detuvieron a mirar. Siguieron corriendo colina arriba, adentrándose en la espesura del bosque, espoleados por el pánico y el instinto.

Rompieron la maleza y avanzaron hasta que el suelo dejó de vibrar bajo sus pies y el aire recuperó su pureza, volviéndose limpio, frío y libre de la densa humareda de azufre que casi los asfixia.

Llegados a un claro seguro, rodeados por robles que se mantenían firmes, el grupo se detuvo de golpe.

Se doblaron sobre sus rodillas, jadeando de forma aparatosa, con el sudor corriéndoles por la frente y las ropas cubiertas de ceniza, asimilando poco a poco en el silencio del bosque que, contra todo pronóstico, por fin estaban a salvo.

Calum se volvió hacia sus dos leales hermanos de armas. Los miró con los ojos empañados por la gratitud.

—¡Gracias, amigos! Si no llega a ser por vosotros... no lo habríamos contado.

Fergus y Ewan sonrieron, aliviados. Se acercaron y, en un gesto de hermandad inquebrantable, formaron un círculo estrecho, entrelazando sus brazos sobre los hombros de los demás, uniendo sus frentes por un segundo en señal de victoria y lealtad.

Calum rompió el círculo y giró la vista hacia su esposa, que permanecía un poco apartada, tratando de asimilar el fin de la pesadilla.

Él caminó hacia ella con pasos firmes, la tomó de la cintura con delicadeza y la atrajo hacia el grupo, integrándola por completo en su mundo.

La miró a los ojos, rodeó su rostro con sus grandes manos y la besó con una ternura profunda, un beso que sellaba el inicio de su nueva vida. Al separarse apenas unos milímetros, le susurró al oído con voz suave pero firme:

—Ya pasó todo, amor mío. Ya estamos a salvo. Regresamos a casa.