Capítulo 27
E l viaje no fue muy largo, apenas dos horas y ya estaban en el Lago de las Sombras.
El lugar hacía honor a su nombre: una vasta extensión de aguas oscuras, densas y quietas como un espejo de obsidiana, encajonada entre riscos de piedra gris que impedían el paso directo de la luz.
La bruma flotaba sobre la superficie, otorgando al paisaje un aire espectral y silencioso.
Calum detuvo al caballo entre la maleza alta y escudriñó la orilla principal.
Enseguida se percató de la presencia de sus enemigos.
El arzobispo de York permanecía en el centro del campamento provisional, ataviado con sus ropajes oscuros y escoltado por un imponente caballero inglés de armadura brillante y varios soldados armados que vigilaban el perímetro.
—Tenemos que adentrarnos en este lugar por otro acceso —murmuró Calum cerca del oído de Ariadna—. Solo así podremos llegar a la Roca del Arrepentimiento sin que nos corten el paso.
—Pero nos verán —señaló ella con preocupación, observando el despliegue militar—. Tienen el lago vigilado. No parece haber ni una sola parte desprotegida.
—Ven, confía en mí.
El viento soplaba con un silbido lúgubre entre las grietas de la montaña.
Calum guio a Ariadna a pie hacia un rincón de la ladera que desafiaba a la vista; una hendidura casi invisible, sepultada bajo una densa cortina de hiedra salvaje que caía como un manto verde sobre el gris de las rocas desprendidas.
Tras la maleza, se abría un sendero escarpado y estrecho, una lengua de piedra apenas transitable que bordeaba el contorno del lago por su lado más abrupto.
La propia geografía del terreno los envolvía, protegiéndolos de las miradas vigilantes de los enemigos.
Avanzaron con extrema cautela. El silencio era tenso, roto solo por el crujido de la grava bajo sus botas y sus propias respiraciones contenidas.
Rodearon la imponente masa de agua negra, cuya superficie permanecía tan inmóvil y oscura como un espejo de obsidiana, hasta alcanzar la orilla que miraba hacia el pequeño islote central.
Allí, erigiéndose de forma majestuosa y tétrica en mitad de la nada, se alzaba la Roca del Arrepentimiento.
Era una formación monolítica, oscura y veteada por siglos de erosión, una mole de piedra que parecía absorber la escasa luz del día, custodiando los secretos que estaban a punto de desenterrar.
Calum condujo al caballo hacia la espesura de unos matorrales, asegurando las riendas en un tronco para mantenerlo oculto.
En esa zona, el nivel del lago descendía bastante, dejando al descubierto una hilera de piedras grandes y resbaladizas que servían de puente natural, aunque traicionero, hacia el islote.
Calum miró el calzado de Ariadna y luego sus ojos se posaron en las aguas oscuras, imaginó el frío calando en los huesos de su esposa y, sin previo aviso ni pedir permiso, se agachó y la alzó con firmeza sobre su hombro.
—¿Qué haces, Calum? —susurró ella de inmediato, conteniendo un grito de sorpresa mientras se aferraba a su espalda.
—Atravesar el agua —respondió él con voz queda, acomodándola con naturalidad—. Así no te mojarás. El frío de este lago corta como un cuchillo.
—Pero vas a perder el equilibrio, nos vamos a caer los dos —protestó Ariadna, sintiendo el bamboleo de sus pasos sobre la primera piedra húmeda.
—Tranquila. Estoy más que acostumbrado a llevar animales sobre mi hombro y a cruzar ríos mucho más bravos que este cuando transportaba el ganado de mi familia por los valles.
Ariadna, a pesar de la tensión del momento, arqueó una ceja y los labios en una mueca de incredulidad.
—¿Me estás comparando con tu ganado?
Calum no pudo evitar que una sonrisa iluminara su rostro severo ante el comentario. Detuvo el paso un segundo sobre una roca firme para mirarla de reojo.
—¡No, por supuesto que no! Tú eres mucho más valiosa que todo el ganado de las Highlands. Eres la mujer que amo, mi esposa. Y si era capaz de arriesgar el pellejo por mis animales, con más motivo y orgullo lo haré por ti.
Ariadna suavizó la mirada, conmovida, aunque mantuvo el tono desafiante para ocultar sus nervios.
—Cuando todo esto acabe y estemos a salvo, me tendrás que explicar muy bien esa analogía, Calum.
Él soltó una breve risita que ahogó de inmediato, retomando el avance con paso firme sobre las piedras húmedas.
—¡Lo haré! Pero ahora, anda, no hables más..., las rocas tienen oídos y el viento puede llevar nuestras voces hasta los enemigos.
***
El arzobispo caminaba de un lado a otro, con sus pesados ropajes arrastrándose por el barro, mientras Hilton permanecía de pie, con la mano apoyada en el pomo de su espada, escudriñando la niebla que bajaba de las colinas. La paciencia de ambos se había agotado hacía horas.
—¡Esto es inaceptable! —siseó el arzobispo, con la voz temblando de rabia contenida—. La mujer tenía que estar aquí al amanecer, y ese maldito rebelde, ¿Aidan?, también.
—¡Vendrán! —respondió Hilton, aunque sus propios ojos delataban una creciente inquietud.
En ese instante, el crujido de unas ramas secas interrumpió la discusión. Uno de los soldados del destacamento de Hilton apareció corriendo, jadeando por el esfuerzo, y se detuvo ante ellos señalando hacia la parte más escarpada del lago.
—¡Señor! —exclamó el soldado, recuperando el aliento—. Hemos patrullado la ribera este. Hay un caballo oculto entre los matorrales, justo en la zona donde el lago es más estrecho.
Hilton y el arzobispo se miraron. La revelación cayó sobre ellos como un balde de agua fría. La sospecha se transformó en una certeza rabiosa: Ariadna los había engañado; los rodeó en lugar de presentarse frente a ellos.
—¡Maldita sea su estirpe! —rugió el arzobispo, con el rostro desencajado por la furia—. ¡Si su caballo está ahí, significa que ya ha cruzado al islote! ¡Nos ha tomado por idiotas!
—No llegará lejos —dijo Hilton, apretando los dientes y haciendo una seña a sus hombres—. ¡Muévanse! ¡Corran hacia la orilla!
—¿No lo entiendes, estúpido? —gritó el arzobispo, siguiéndole el paso con torpeza pero con una prisa desesperada—.
¡Hay que llegar hasta la roca antes de que se deshaga del colgante!
Si destruye la reliquia o la arroja en el fuego del fondo de la grieta de la roca...
, todo lo que hemos planeado se convertirá en cenizas. ¡Muévete, Hilton!
Al llegar a la orilla oculta, el guerrero desató una pequeña barca de madera que sus hombres habían preparado de manera estratégica con antelación. El arzobispo, Hilton y los soldados subieron a bordo a toda prisa. Los remos golpearon el agua negra con desesperación, rompiendo la quietud del lago.
En el islote, ajena a la persecución, Ariadna se aproximó con lentitud hacia la imponente mole de piedra.
De cerca, la Roca del Arrepentimiento resultaba sobrecogedora.
En su centro, una hendidura vertical se abría como una herida sangrante en la tierra: una grieta profunda que emanaba un calor antinatural y un brillo anaranjado.
En el fondo del abismo interior se alcanzaba a ver el borboteo denso y abrasador de la lava.
Con las manos temblorosas y la respiración entrecortada, Ariadna se llevó los dedos al cuello.
El frío del metal contrastaba con el calor sofocante que ascendía del abismo.
Tras un breve forcejeo logró desprenderse del colgante de media luna.
La reliquia quedó suspendida en su palma, destellando con un fulgor hipnótico y anaranjado bajo el reflejo del fuego subterráneo que rugía en las entrañas de la roca.
Ariadna dio un paso hacia el borde, pero el miedo la paralizó un instante.
El abismo rugía con una fuerza ancestral, y el peso de siglos de maldición parecía concentrarse en esa pequeña pieza de joyería.
Sintiendo que las fuerzas le fallaban, buscó el único anclaje real que tenía en ese lugar: a Calum.
Él no se había apartado de su lado. Al notar su vacilación, él dio un paso al frente y la sostuvo con una de sus manos, envolviendo sus dedos con firmeza pero con una delicadeza infinita.
El calor de su palma le devolvió el pulso a la realidad.
Ariadna lo miró, con los ojos abiertos de par en par, buscando en las facciones de su esposo la fuerza que a ella le faltaba.
Calum la contempló y, con un sutil pero tierno apretón en sus dedos, esbozó una media sonrisa cargada de una complicidad absoluta. No había duda en sus ojos. Él asintió con la cabeza, un gesto firme y pausado que comunicaba más que cualquier discurso: era el momento de soltar el pasado.
—Estoy contigo —susurró Calum, arrimando su rostro al de ella para que su voz se escuchara por encima del borboteo de la lava—. ¡Hazlo, déjalo ir! Libéranos de una vez por todas.
Ariadna asimiló sus palabras y el miedo en su pecho se transformó en pura determinación. Le devolvió la mirada con una sonrisa cómplice, asintiendo a su vez.
—Juntos —respondió ella en un hilo de voz.
—¡Siempre juntos! —reafirmó él, sin soltar su mano, dándole el último empuje anímico que necesitaba.
Ariadna respiró hondo, llenando sus pulmones del aire espeso del islote, y estiró el brazo con firmeza sobre la grieta incandescente. Abrió los dedos, dispuesta a dejar caer el colgante y terminar con la pesadilla para siempre.
—¡Detén tus manos, mujer insolente! —Una voz atronadora y cargada de veneno resonó en las paredes del islote.
Ariadna se sobresaltó, congelándose en el sitio.
Del sendero inferior aparecieron el arzobispo y Hilton, con los ojos inyectados en sangre, flanqueados por soldados.
Antes de que Calum pudiera desenvainar su espada, los guardias, aprovechando el factor sorpresa, se abalanzaron sobre él en un movimiento coordinado.
Tras una breve pero feroz lucha en la que Calum logró golpear a uno, el peso de ambos hombres lo superó.
Lo derribaron contra el suelo de piedra, amarrándole los brazos con fuerza a la espalda.
—¡Calum! —gritó Ariadna, pero Hilton la interceptó, colocándole una fría daga en el cuello, mientras otro de los guardias apoyaba el filo de una espada en su costado.
—¡Un solo movimiento, muchacha, y derramaré tu sangre sobre este templo de piedra! —amenazó Hilton con una sonrisa cruel.
Ariadna se vio forzada a ceder. Con los ojos llenos de impotencia y lágrimas de rabia, extendió la mano abierta. El arzobispo se acercó con pasos ávidos, casi felinos, y le arrebató el colgante de media luna de un zarpazo.
Olvidándose del mundo, el clérigo se aproximó al borde de la roca.
Sus ojos reflejaban la luz de la lava, pero había algo más en ellos: una locura ciega.
Elevó la reliquia maldita hacia el cielo y comenzó a pronunciar unas frases en un idioma antiguo, sibilante y desconocido, que hacía erizar la piel.
Su voz no parecía la suya; resonaba como si estuviera poseído por una fuerza oscura y ancestral.
Calum se retorcía en el suelo, rugiendo de furia, intentando zafarse de las cuerdas que le cortaban la piel.
La hoja helada de la daga presionaba la piel del cuello de Ariadna, obligándola a inclinar la cabeza hacia atrás. Calum, inmovilizado contra el suelo de piedra por los soldados, sentía que la impotencia le quemaba el pecho más que el propio calor de la lava que rugía a pocos metros.
—¡Suéltala! ¡Maldito seas, Hilton, mírame a mí! —rugió Calum, con los ojos inyectados en sangre y las venas del cuello marcadas por el esfuerzo de romper sus ataduras—. ¡Tu problema no es ella! ¡Enfréntame como un hombre!
Hilton soltó una carcajada seca, un sonido carente de toda empatía, mientras afianzaba el agarre sobre el cabello de Ariadna para mantenerla inmóvil. Disfrutaba ver al fiero guerrero de las Highlands suplicar y rugir como un animal enjaulado.
—¡No estás en posición de exigir nada, maldito salvaje!
—escupió el inglés, ladeando la cabeza con una sonrisa sádica—.
¿De verdad creías que podías ganar este juego?
¡Mírate! No puedes hacer nada. ¿Sabes lo que sucederá ahora?
Ella morirá aquí mismo, y tú te quedarás vivo lo suficiente para ver cómo tu precioso mundo se reduce a cenizas.
Ariadna, a pesar de sentir el filo de la daga rozando su garganta con cada respiración, clavó su mirada en Calum. Había miedo en sus ojos, pero también una dignidad que se negaba a doblegarse ante sus captores.
—¡No le ruegues, Calum! —consiguió exclamar ella, ignorando la advertencia del metal en su piel—. ¡No les des el placer de verte suplicar! El colgante ya no les pertenece, su poder está maldito y ellos también lo están.
—¡Silencio, bruja! —intervino el arzobispo, dando un paso al frente.
El clérigo ya no parecía un hombre de fe; sus ropajes estaban manchados de hollín y sus ojos brillaban con una codicia fanática mientras contemplaba la reliquia de la media luna en su mano. La cercanía de la Roca del Arrepentimiento parecía haber desatado su verdadera naturaleza.
—Tu linaje ha custodiado este secreto por demasiado tiempo, ocultándolo de la verdadera iglesia —continuó el arzobispo, señalando a Ariadna con un dedo tembloroso por la excitación—.
Tu muerte no es un capricho, es el sacrificio necesario para sellar el pacto.
Con tu sangre y esta reliquia, el poder de este lugar nos pertenecerá.
Tu Dios te ha abandonado en este islote.
—¡Dios nunca ha estado de su lado! —replicó Calum, interrumpiéndolo con la voz ronca de furia, logrando arrodillarse a pesar del peso de los soldados—.
¡Mírese las manos! Apestan a traición y a ambición desmedida.
¡Si derraman una sola gota de su sangre, les juro por la memoria de mis ancestros que perseguiré sus almas hasta el mismo infierno! ¡No saldrán vivos de esta roca!
Hilton presionó la daga un milímetro más, haciendo surgir una finísima línea roja en el cuello de Ariadna.
—¡Tus amenazas vacías no nos asustan, escocés! Tu esposa va a pagar el precio de tu osadía, y no habrá milagro que la salve. El tiempo de jugar a los héroes se ha terminado.