El juramento del highlander Capítulo 26
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Capítulo 26

C alum espoleó con suavidad al caballo para adentrarse en una espesura densa y retirada, lejos de los senderos principales donde los soldados del arzobispo podrían avistarlos.

El lugar, protegido por un dosel de robles antiguos y helechos altos, era perfecto para ocultarse.

Tras descabalgar y asegurar al animal, el guerrero comenzó a apilar ramas secas y yesca con movimientos fluidos y precisos.

En pocos minutos, una pequeña llama comenzó a danzar en la penumbra, arrojando destellos rojizos sobre el entorno, bajo la atenta mirada de Ariadna.

Al percatarse de la fijeza de sus ojos, Calum avivó el fuego con un sutil soplido y se giró hacia ella con una ceja arqueada.

—¿Por qué me miras así? —preguntó, con un matiz divertido en la voz.

—Me gusta ver tu destreza con el fuego —respondió Ariadna, acomodándose sobre un tronco caído—. Haces que parezca fácil.

Calum sonrió de medio lado limpiándose las manos en los pantalones, mientras acortaba la distancia entre ambos.

—Yo creo que lo que te gusta en realidad es observarme a mí.

—¡Qué seguro estás de ti mismo! —exclamó ella, soltando una pequeña risa y cruzándose de brazos—. Pues lamento decirte que estás muy equivocado, Calum Fraser.

—¿Ah, sí? —replicó, agachándose frente a ella con una mirada cargada de complicidad—. No me niegues que te resulto completamente irresistible. Puedo verlo en tus ojos —añadió en un susurro, al tiempo que extendía una mano para rozar la punta de su nariz con la yema de los dedos.

—¡Eres un engreído!—se mofó ella, empujándolo con suavidad por el hombro—. ¡Un auténtico engreído!

Sin previo aviso, Calum la tomó por la cintura y la levantó de un salto, pegando su cuerpo al de él. Ariadna ahogó una exclamación de sorpresa que de inmediato se transformó en una carcajada.

—Así que un engreído, ¿eh? —susurró él justo antes de inclinar la cabeza.

Comenzó a besarla con suavidad en la mejilla, ascendiendo con lentitud hacia la comisura de los labios y deleitándose después en la calidez de su cuello. El contacto de su piel hizo que Ariadna entrelazara los dedos en el cabello del guerrero.

—Sí... —susurró Ariadna, buscando su mirada—. Un engreído muy atractivo... que me encanta... No puedo ocultarlo.

—¡Lo sabía! —afirmó él con suficiencia, rozando sus labios con los de ella—. Sabía que caerías rendida ante este escocés cabezota.

—¡Calum! —Rio ella de nuevo, abrazándolo por el cuello—. No tientes a la suerte, que aún estoy a tiempo de regresar y dejarte solo en este bosque.

—¡Ni hablar! Ahora que te tengo a mi lado no pienso dejarte ir tan fácilmente —respondió él, suavizando el tono y depositando un beso tierno y prolongado en sus labios.

Cuando la noche se volvió más cerrada y el frío de la montaña comenzó a calar, Calum la acomodó sobre un lecho de ramas secas, la arropó con su pesado plaid de lana y la abrazó con firmeza contra su pecho para protegerla de la brisa helada.

Aunque insistió en que ella descansara para reponer fuerzas, el guerrero apenas pegó ojo.

Permaneció en una vigilia tensa y silenciosa, con la mano siempre cerca del pomo de su espada, agudizando el oído ante cualquier crujido del bosque.

Era consciente del peligro que los acechaba.

La oscuridad de la noche comenzaba a ceder ante un tímido resplandor azulado. Antes de que los primeros rayos del amanecer lograran asomar por el horizonte, el campamento ya había quedado atrás. El aire de la madrugada era frío y estaba cargado con el olor a tierra mojada y a pino.

Ariadna se acomodó en el caballo, justo delante de él.

Calum, con la familiaridad de quien conoce cada movimiento de su montura, la rodeó con firmeza con ambos brazos, aferrando las riendas con pulso seguro.

El gran semental negro exhaló un vaho espeso antes de ponerse en marcha, adentrándose con paso firme en la densa niebla matutina que flotaba sobre el valle como un mar de nubes bajas.

El silencio entre los dos era espeso, interrumpido solo por el rítmico ruido de los cascos del caballo contra el suelo blando.

Ariadna mantenía la mirada fija al frente, pero su mente era un torbellino de culpa.

Sintiendo el calor del pecho de Calum contra su espalda, apoyó la cabeza un momento antes de romper el hielo.

—Perdón —susurró, con la voz quebrada por el cansancio y el remordimiento.

Calum ladeó la cabeza arrimando la barbilla a su hombro para escucharla mejor sobre el rumor del viento.

—¿Perdón? —preguntó con extrañeza—. ¿Por qué me pides perdón?

—Te he arrastrado a esto... a un gran peligro —respondió ella, apretando las manos sobre el cuero de la silla—. Y ahora, fíjate en dónde estamos. He puesto en peligro tu vida, tu libertad... y a tu familia. No te merecías esta carga.

Una leve vibración en el pecho del escocés delató una risa silenciosa.

—Bueno, si he de ser sincero... desde la primera vez que te vi en aquella cascada supe perfectamente que me traerías problemas.

Ariadna reaccionó de inmediato. Enderezó la espalda y arqueó una ceja, volviendo un poco el rostro para clavar sus ojos en él, fingiendo indignación.

—¿Problemas? ¿Ah, sí?

—¡Oh, sí, de los peores! —replicó Calum con una chispa de diversión en la mirada, aunque su tono se volvió cálido enseguida—. Supe en ese mismo instante que me enamoraría de ti irremediablemente, y que me llevarías directo a la perdición.

—¿A la perdición? —reprochó ella con una media sonrisa, aunque sus ojos aún reflejaban melancolía.

Calum soltó una carcajada limpia que pareció ahuyentar la niebla a su alrededor. Estrechó el agarre de sus brazos, apegándola más a él, buscando transmitirle toda la seguridad que sus palabras poseían.

—¡Sabes bien que no es cierto, testaruda!

No tienes absolutamente nada por lo que pedirme perdón.

Te amo, Ariadna. Me casé contigo por la ley de los hombres y ante los ojos de Dios por puro amor.

Desde el primer día sabía que te buscaban, sabía que tu camino te conducía a ese lugar maldito, y nada de eso me importó entonces ni me importa ahora.

Hizo una breve pausa, permitiendo que el semental sorteara un tramo pedregoso antes de continuar:

—¡Volvería a casarme contigo mil veces más, en esta vida y en las que vengan! Estoy junto a ti en cada paso, en lo bueno y en lo malo, en la paz y en la tormenta. Dios nos protegerá, ya lo verás. No estás sola en esto; tu destino es el mío.

Ariadna sintió un nudo en la garganta, pero esta vez no era de tristeza, sino de una profunda emoción. Se giró lo suficiente para poder delinear con la mirada el perfil recio de su esposo, iluminado por los primeros destellos dorados del sol, que empezaban a cruzar las nubes.

—A veces me pregunto qué hice para merecer a un hombre como tú —murmuró ella, extendiendo una mano hacia atrás para acariciar la mejilla áspera de Calum, donde la barba de varios días empezaba a asomar—. Tienes el corazón demasiado noble para este mundo tan oscuro.

—Mi mundo era oscuro antes de que aparecieras tú —respondió él, ladeando el rostro para besar la palma de la mano de su esposa—. Si tengo que luchar contra el arzobispo, contra Hilton o contra el mismísimo infierno para mantenerte a mi lado, lo haré sin pestañear.

Ariadna sonrió, sintiendo cómo el miedo que le atenazaba el pecho se disolvía por completo, reemplazado por una fe inquebrantable.

—Entonces mantengamos el paso —dijo ella, volviéndose hacia el frente con renovada determinación—. Porque donde tú vayas, yo iré.

—Siempre —sentenció Calum, espoleando con suavidad al caballo, que aceleró el trote adentrándose en el nuevo día.