Capítulo 25 #2
—¡Prefiero sangrar en el campo de batalla defendiendo a mi esposa que vivir sabiendo que te entregaste a un monstruo para comprar mi seguridad!
—sentenció Calum, con los ojos encendidos de rabia y dolor—.
Formamos una unión, Ariadna. Lo prometimos ante los clanes y ante Dios: tus batallas son las mías.
¡Si vuelves a ocultarme algo así, si vuelves a huir para «salvarme», juro que rastrearé el mundo entero solo para recordarte que ya no estás sola! ¡Nunca más!
Ariadna guardó silencio, impactada por la crudeza de sus palabras y la inmensidad del amor herido que reflejaban. El enfado mutuo flotaba en el aire gélido del bosque, pero bajo la superficie de la discusión, ambos sabían que el lazo que los unía se había vuelto, si cabe, aún más inquebrantable.
Calum la miró y toda la rigidez de su postura comenzó a desmoronarse.
No podía verla así; no soportaba sus lágrimas.
Su ira no era más que el reflejo de un terror ciego, el miedo atroz de perderla antes de que hubiera comenzado, siquiera, su vida juntos.
Dio un paso al frente, acortó la distancia que los separaba y la envolvió en un abrazo desesperado, hundiéndola contra su pecho con una fuerza que buscaba convencerse de que ella estaba allí, sana y salva.
—Temí no encontrarte... —susurró Calum, con la voz quebrada contra su cabello—. No puedo perderte, amor mío. Si te hubiera pasado algo esta noche..., juro que habría muerto con el alma rota.
Ariadna se aferró a su espalda, escondiendo el rostro en su hombro.
—Tuve tanto miedo, Calum —confesó ella entre lágrimas—.
Cuando leí el nombre del arzobispo de York en esa carta, todos los recuerdos regresaron de golpe.
Vi la muerte de mi padre, recordé la crueldad de ese hombre...
Pensé que si os quedabais a mi lado, os destruiría a todos.
No quería que pagaras por los peligros heredados de mi pasado.
Calum la apartó apenas unos centímetros, lo justo para tomar su rostro entre sus manos ásperas. Con los pulgares, secó las lágrimas que resbalaban por sus mejillas.
—¡Escúchame bien, Ariadna! —dijo él, mirándola con una fijeza absoluta—. Tu pasado ya no te pertenece a ti sola, ahora es nuestro. Si ese arzobispo quiere algo que tú tienes, tendrá que enfrentarse primero a mí.
—Prometí en el altar ser tu igual, Calum —replicó ella, sosteniéndole la mirada con una mezcla de orgullo y vulnerabilidad—. No quería que fuera una damisela a la que rescatar. Quería salvar a tu clan, salvarte a ti.
Una pequeña y cansada sonrisa asomó en los labios del guerrero, mitigando los últimos restos de su enfado.
—Y lo has hecho. Tu valor me asombra, de verdad, pero mi corazón no resistirá otra heroicidad como esta. Prométeme que no volverás a huir. Prométeme que la próxima vez que el mundo intente separarnos, nos mantendremos juntos y lo obligaremos a arrodillarse.
Ariadna asintió despacio, sintiendo cómo la paz y la seguridad regresaban por fin a su pecho.
—Te lo prometo —respondió, esbozando una leve sonrisa—. La próxima vez, lucharemos lado a lado.
—¡Así será! —concluyó Calum antes de inclinar la cabeza y sellar la promesa con un beso largo y pausado, un beso que barrió los vestigios del peligro y del bosque, devolviéndolos al calor de la verdad que habían jurado proteger.
—Calum —susurró ella, rompiendo apenas el silencio protector del abrazo—. Hay algo más que debes saber. Algo sobre lo que realmente busca el arzobispo de York... y por qué me ha perseguido hasta aquí.
Con dedos todavía trémulos, Ariadna deslizó la mano bajo el escote de su vestido y extrajo el colgante de plata con forma de media luna que guardaba con celo.
El metal brilló con un fulgor mortecino bajo la penumbra del bosque.
Calum lo tomó entre sus dedos curtidos, sopesándolo, mientras limpiaba la fina capa de tierra que lo cubría.
Al girarlo hacia la luz, sus ojos se detuvieron en la inscripción en latín grabada con pulcritud milimétrica en el reverso.
Con voz baja y solemne, Calum leyó las palabras:
— Clavis caeli, porta inferni... —Frunció el ceño, alzando la mirada hacia ella—. «Llave del cielo, puerta del infierno». ¿Sabes lo que significa, Ariadna? Recuerdo que cuando estuviste tan enferma no dejabas de repetir estas palabras en latín. ¿Qué es este objeto?
—Es la llave que abre la puerta de las sombras, Calum —explicó ella, con un hilo de voz cargado de un temor—.
Una reliquia antigua capaz de quebrar el espíritu de los ejércitos, la que doblega la voluntad de los hombres ante aquel que posee la media luna.
El arzobispo la quiere para gobernar sin oposición, por eso destruyó a mi familia.
La anciana que me protegió me advirtió que su poder es una maldición.
Dijo que la única forma de destruirla para siempre es llevarla a la grieta donde nace el fuego, en las profundidades de las montañas, y arrojarla allí.
Calum contempló el amuleto un instante más antes de cerrarlo con firmeza dentro de su puño, asimilando la magnitud del peligro, pero también la claridad del camino a seguir.
—¡Pues entonces nos desprenderemos de este colgante y todo acabará! —sentenció con absoluta determinación, desterrando cualquier atisbo de duda—. No permitiremos que el legado del arzobispo de York dicte nuestro futuro. Mañana mismo partiremos hacia esa grieta. Juntos.
Ariadna lo miró, sintiendo que el último rastro de angustia se disolvía ante la inquebrantable seguridad de su esposo.
Calum alzó la mano libre y acarició con delicadeza su mejilla, obligándola a levantar el rostro.
Le sonrió con una ternura infinita, una promesa silenciosa de que ninguna fuerza oscura lograría separarlos, y se inclinó para besarla.
—¡Pobre Emi! —susurró Ariadna, con la voz quebrada por la tristeza.
—Aidan la embaucó —respondió Calum con gravedad—. Era una muchacha humillada constantemente por Lìra y su padre. Supongo que vio en Aidan a su salvador.
—Pero ella... ella era una buena persona —insistió Ariadna, buscando algún consuelo en mitad de la tragedia.
—Lo sé. Pero no tuvo tiempo de arrepentirse antes de que la alcanzara la muerte.
—¿Qué le diremos a Lìra y a su padre?
—¡La verdad!
Calum estrechó a su esposa entre sus brazos, intentando resguardarla del frío y del horror de la escena. Sabía que no podían permanecer más tiempo allí; el peligro y la oscuridad los acechaban.
—Le daremos sepultura y nos marcharemos de aquí —sentenció él con suavidad.
Ariadna, con el rostro abatido y las lágrimas contenidas, se limitó a asentir contra su pecho.
Tras ocultar el cuerpo de Aidan y dar una digna sepultura a Emi, ambos compartieron una breve y silenciosa oración.
Sin mirar atrás, se retiraron hacia una zona apartada de aquel trágico lugar, buscando un refugio seguro donde descansar y reponer fuerzas antes de reiniciar la marcha con los primeros rayos del sol.