El juramento del highlander Capítulo 25
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Capítulo 25

A riadna y Emi no se detuvieron. La noche caía con rapidez sobre los valles escoceses, tiñendo el paisaje de sombras alargadas y neblina espesa.

Emi la guiaba con paso firme a través de senderos ocultos que parecían internarse en el corazón mismo de la maleza, en dirección al Lago de las Sombras.

Ella sabía cómo llegar, había escuchado a muchos aldeanos susurrar leyendas sobre aquel lugar maldito; historias sobre aguas negras que nunca reflejaban la luna y de las cuales nadie regresaba.

Sabía a la perfección la dirección en la que se encontraba.

Después de avanzar sin descanso durante varias horas, las piernas de su compañera comenzaron a flaquear.

El frío calaba sus huesos y el peso de la capa húmeda la ralentizaba.

—Ariadna, detente un momento —dijo Emi, señalando un claro resguardado por un enorme roble caído—. Necesitamos tomar aliento antes de encarar el último tramo. Si llegas exhausta no tendrás fuerzas para enfrentarte a lo que venga.

Ariadna se apoyó contra el tronco, respirando con dificultad.

—No tenemos tiempo, Emi. Si no llegamos pronto, el arzobispo de York cumplirá su amenaza. El castillo... Calum... todo lo que amo se convertirá en cenizas.

—Lo sé, pero un par de minutos no cambiarán el destino —insistió Emi, cuya voz sonaba muy calmada.

Antes de que Ariadna pudiera replicar, el crujido de una rama seca rompió el silencio del bosque. De entre la densa niebla surgió una silueta alta y armada. El reflejo del acero de su espada desveló su identidad de inmediato. Era Aidan.

—¡Has tardado! —dijo el capitán, esbozando una sonrisa torcida mientras avanzaba directo hacia ellas.

Ariadna se tensó, retrocediendo un paso con el corazón desbocado por el susto, lo reconoció.

Esperó a que Emi gritara o huyera; sin embargo se quedó petrificada al ver cómo Aidan rodeaba con un gesto familiar la cintura de Emi, atrayéndola hacia sí en un abrazo de complicidad. Emi no se resistió; bajó la mirada.

—¿Qué significa esto? —exclamó Ariadna, sintiendo cómo las piezas del rompecabezas encajaban de la peor manera—. Emi... ¿tú?

Aidan soltó una carcajada seca, disfrutando del desconcierto de la joven.

—¡Vaya, la esposa de Calum Fraser por fin lo entiende! —se mofó el capitán—. ¿De verdad creías que fue el azar lo que te trajo hasta aquí, de la mano por un pasadizo secreto? Emi ha sido mis ojos y mis oídos dentro de los muros Fraser desde el principio.

—¡Cállate, Aidan! —le recriminó Emi, con la voz temblorosa, desprendiéndose de su agarre—. Cumplí mi parte. Te la he entregado fuera de las tierras del clan. Espero que los soldados de York se hayan retirado de las inmediaciones del castillo Fraser.

—¡Por supuesto que lo harán, en cuanto esté ante él! —respondió Aidan, clavando sus ojos oscuros en Ariadna—. Nos encargaremos de llevarte directamente hasta el arzobispo. Él tiene muchas cuentas pendientes contigo. ¡Camina!

Ariadna se negó a dar un paso, buscando una ruta de escape entre los árboles, pero Aidan la tomó del brazo con violencia. Fue en ese instante de máxima tensión cuando el rugido de una fiera humana resonó en el claro.

***

El rastro en la tierra batida era fresco.

La lluvia intermitente de los días anteriores había dejado el suelo del bosque convertido en un lienzo de fango maleable, y para un rastreador experto como Calum, las huellas de las pisadas apresuradas de las dos mujeres eran tan claras como señales en el camino.

A lomos de su semental, el joven avanzaba a galope tendido bajo la techumbre de ramas oscuras.

La adrenalina le bombeaba con fuerza en las sienes; no se había detenido ni un solo segundo desde que abandonó los muros de la fortaleza.

Su cuerpo acusaba el cansancio de la batalla reciente, pero su mente ignoraba el dolor.

Guiaba al animal con mano firme, devorando la distancia con la certeza absoluta de que el tiempo jugaba en su contra y con la convicción de que le iba la vida en ello.

Cada segundo que pasaba era un segundo más que Ariadna pasaba en peligro.

De pronto, el eco lejano de unas voces rompió el susurro del viento entre el follaje.

Calum tiró de las riendas con suavidad, ralentizando el paso del caballo hasta detenerlo por completo en un claro protegido por la maleza.

Descabalgó de un salto ágil, casi sin hacer ruido, y palmeó el cuello del animal para que permaneciera quieto.

Desenvainó su mandoble con movimientos ensayados y lentos, evitando que el acero chocara contra las piezas de su armadura.

Se deslizó entre los arbustos espinosos, conteniendo la respiración, guiado por el sonido de una discusión que se volvía cada vez más nítida.

Al asomarse tras el tronco de un viejo roble, la escena se desplegó ante sus ojos y le heló la sangre.

Allí estaban. Emi permanecía a un lado, con el rostro desencajado por la culpa, mientras Aidan sujetaba, con brusquedad, a Ariadna por el brazo.

El capitán la zarandeaba sin miramientos, apretando sus dedos con una fuerza desmedida que buscaba quebrar su resistencia y obligarla a caminar hacia la oscuridad del sendero.

Ella intentaba zafarse, mostrando una resistencia feroz a pesar de la clara ventaja física de su captor, pero el trato violento del mercenario evidenciaba que no tenía intenciones de ser paciente.

La vista de las manos de Aidan sobre su esposa desató la última chispa de cordura que le quedaba al líder de los Fraser. Con los ojos encendidos en una furia ciega y la espada alzada, Calum comprendió que el tiempo de las dudas había terminado. Era el momento de actuar.

—¡Suéltala, miserable!

Calum emergió de la espesura como un torbellino de acero.

Su mandoble brilló bajo la luz de las antorchas lejanas mientras caía con una furia implacable sobre el capitán.

El choque de las espadas produjo un estallido de chispas que iluminó la penumbra.

Aidan, sorprendido por la brutal embestida, retrocedió a duras penas, bloqueando los golpes de Calum, que peleaba con la fuerza de un hombre poseído por la necesidad de proteger a su esposa.

—¡Te mataré con mis propias manos! —bramó Fraser, arrinconando a Aidan contra las rocas.

Emi, al ver la ferocidad del combate y darse cuenta de que la violencia arrastraría a todos a la tumba, sintió el peso de la culpa aplastar su pecho. El arrepentimiento la invadió por completo.

—¡No! ¡Deteneos! —gritó la joven, perdiendo el control.

En un intento desesperado por enmendar su traición, se interpuso entre ambos guerreros justo cuando Aidan lanzaba una estocada baja y traicionera destinada al costado desprotegido de Calum.

El acero de Aidan, desviado por la confusión, atravesó el pecho de Emi.

Un silencio espantoso cayó sobre el claro.

Ella cayó de rodillas, con los ojos abiertos por la sorpresa, antes de desplomarse inerte sobre la hojarasca.

—¡Nooo! —gritó Ariadna.

Aidan se quedó estupefacto un segundo ante el error, un instante que Calum no desaprovechó.

Con un movimiento certero y fulminante, el líder de los Fraser hundió su espada en el pecho del capitán, terminando con su vida de un solo golpe.

El cuerpo de Aidan cayó sin vida a pocos metros de su cómplice.

Calum envainó su arma con brusquedad, respirando con dificultad, y se giró de inmediato hacia Ariadna.

La tomó por los hombros, atrayéndola hacia su pecho en un abrazo desesperado, besándola en los labios con una mezcla de absoluto alivio y angustia contenida.

—¡Estás a salvo... estás a salvo! —repetía él, hundiendo el rostro en su cabello.

Después, cuando se aseguró que ella estaba a salvo, se aproximó a Emi, estaba muerta.

Miró a Ariadna y ella ya supo que no había esperanza de que la muchacha sobreviviese.

Se levantó y volvió al lado de su esposa, la abrazó.

A medida que la adrenalina del combate descendía, el alivio en el rostro de Calum se transformó con rapidez en una expresión de profunda indignación y enfado.

La soltó, dándole espacio, con la mandíbula rígida.

—¿En qué estabas pensando, Ariadna? —le reclamó, con la voz alterada por la ira—. ¿Huir y seguir a una traidora y entregarte a tus enemigos? ¡¿Es que te has vuelto loca?!

Ariadna, aún temblando por la impresión de ver los cuerpos en el suelo, se defendió con vehemencia:

—¡Lo hice por vosotros, Calum! ¡Leí la carta del arzobispo de York!

Recordé mi pasado... Yo... Tenía a sus soldados rodeando el castillo Fraser, listos para prenderle fuego a todo.

¡Ibais a morir por mi culpa, por los secretos de mi pasado!

¡No podía permitir que destruyeran tu hogar y a tu familia!

—¡Soy tu esposo! —rugió Calum, dando un paso hacia ella—.

¡Mi deber, el deber de mi clan, es pelear tus batallas y protegerte!

Deberías haber venido a mí en el mismo instante en que leíste ese pergamino.

¿Acaso no confías en mí? ¿Acaso crees que soy tan cobarde como para dejar que te entregues para salvar mi pellejo?

—¡No se trata de cobardía, se trata de deber!

—replicó Ariadna, con las lágrimas desbordándose por sus mejillas, enfrentándose a su mirada—.

¡Eran demasiados soldados! Tú estabas en las murallas peleando, tu padre arriesgaba la vida...

Si yo me marchaba, el arzobispo prometió retirar sus tropas.

Era la única forma de garantizar vuestra supervivencia.

No soportaba la idea de que os mataran por mí.