El juramento del highlander Capítulo 24
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Capítulo 24

E l viento de la mañana golpeaba con fuerza las murallas del castillo Fraser.

Calum se movía de un lado a otro del patio de armas, con la mandíbula apretada y la mirada fija en el horizonte.

Desde las torres vigía, las noticias eran alarmantes: jinetes enemigos cercaban los valles.

Los hombres que lideraban la vanguardia portaban estandartes con la cruz de York.

Sabía a quién obedecían y qué significaba aquella provocación.

—¡Preparad las almenas! —bramó Calum, su voz resonando por encima del clamor del viento y el metal—. ¡Traed los calderos de brea y las flechas incendiarias! ¡Que no quede un solo arco sin tensar!

Los guerreros del clan se desplegaron con presteza, apostándose tras los merlones de piedra con arcos largos de tejo, ballestas pesadas y fundíbulos listos para lanzar proyectiles ardientes.

La fortaleza se transformaba, en cuestión de minutos, en una máquina de guerra inexpugnable.

En medio del caos, una figura menuda se abrió paso a tropezones entre los soldados.

Era Sophia. Su rostro estaba pálido y desencajado por la angustia.

—¡Calum! —gritó, tomándolo por la manga de la casaca—. ¡No está!

—¿Quién no está? —preguntó él, sin desviar los ojos de los preparativos de defensa—. ¡Sophia, vuelve al torreón, no es seguro aquí fuera!

—¡Ariadna! ¡No la encuentro por ninguna parte, Calum! ¡He recorrido los pasillos, las cocinas...!

Calum se congeló. El aire pareció faltarle por un segundo.

—Debería estar en nuestra habitación. La dejé descansando hace apenas una hora.

—¡No está allí, te lo aseguro! —exclamó su hermana, con la voz rota—. Tampoco está Emi. Lìra la estaba buscando para organizar la partida y me dijo que sus aposentos están vacíos.

—¿Dónde demonios se habrán metido en un momento como este?

El pánico, una sensación fría y desconocida para el joven líder, comenzó a echar raíces en su pecho. Olvidando por un instante el asedio inminente, Calum dio media vuelta y, seguido de cerca por Sophia, bajó a grandes zancadas los escalones de piedra que conducían al interior del torreón principal.

La desesperación lo consumía a cada paso. Registró el gran salón, los pasadizos inferiores y las estancias privadas, gritando el nombre de su esposa con una voz que denotaba una creciente locura. No podía perderla. No hoy, no el día después de haber entrelazado sus vidas.

En mitad del corredor que llevaba a la sala de consejos Calum se topó de frente con Lìra, quien caminaba de un lado a otro con gesto de fastidio. Al ver al novio, Lìra extendió la mano y le tocó el brazo con urgencia.

—Calum, ¿has visto a...?

Las palabras de la mujer se extinguieron en el aire.

La mirada de Calum no se detuvo en su rostro, sino que se clavó, como una flecha, en la mano que descansaba sobre su manga.

En el dedo de Lìra brillaba una joya que él nunca olvidaría: una alianza de plata labrada con una piedra de azabache incrustada en el centro.

Era el mismo anillo que había visto semanas atrás en la linde del bosque.

Una furia ciega y abrasadora sustituyó al miedo.

Calum la tomó del brazo con una fuerza de acero y, sin contemplaciones, la empujó hacia el interior de la sala de reuniones, cerrando la pesada puerta tras de ellos.

—¿Se puede saber qué es lo que pretendes, Lìra? —siseó él, con los ojos inyectados en sangre.

—¿A qué te refieres? ¡Me estás haciendo daño, suéltame! —protestó ella, intentando zafarse del agarre.

—¡El anillo! —sentenció Calum, señalando la mano con la joya—. ¿Acaso te creías que no lo recordaría? ¿Que soy un estúpido?

Lìra miró su propia mano, desconcertada.

—¿Qué le pasa a este anillo? Es solo una baratija.

—¡Lo vi, Lìra! Lo vi destellar en la penumbra cuando estabas reunida en secreto con Aidan, en el bosque cerca del río. ¡Tú eres la traidora que le filtraba información!

—¿Con Aidan? —La mujer abrió los ojos de par en par, y un deje de terror genuino cruzó sus facciones—. ¡Estás equivocado! ¡Yo nunca he estado en el bosque con ese miserable! ¡Jamás!

—¡No lo niegues! ¡Vi perfectamente esa alianza de plata y azabache cuando la mujer de la capa se ocultaba entre los árboles!

—¡No es mía! —gritó Lìra, desesperada, con la voz chillona—. ¡Te juro por la memoria de mis ancestros que esta joya no me pertenece!

—¿Cómo que no es tuya? ¿De quién es entonces?

—¡Es de Emi! —soltó, respirando con rapidez—.

Me la dio ella ayer por la noche. Siempre me ha gustado esa maldita pieza y, ante mi insistencia, me dijo que me la prestaba solo para lucirla durante el banquete de la boda.

Después, con el alboroto, no me la reclamó y yo...

simplemente no se la devolví. Pero es suya, Calum. ¡Es de Emi!

Calum la escudriñó con fijeza, buscando cualquier titubeo, cualquier rastro de falsedad. Sin embargo, el pánico y la humillación en los ojos de Lìra eran demasiado reales. Decía la verdad.

La revelación le cayó encima como un balde de agua helada. ¿Emi? ¿La dulce y atenta Emi era la dama que se escondía tras la capa? ¿La verdadera cómplice de Aidan?

—¿Dónde está Emi ahora mismo? —preguntó Calum, con un hilo de voz.

—No lo sé... —respondió Lìra, frotándose el brazo dolorido—. Supongo que donde esté Ariadna. Ambas han desaparecido sin dejar rastro antes de que los guardias dieran la alarma.

—¡Dios mío! —exclamó él, llevándose las manos a la cabeza.

Ariadna estaba en manos de una traidora, o peor aún, huía con ella sin saber el peligro que corría.

Pero no había tiempo para asimilar el golpe.

Las puertas de la sala de reuniones se abrieron estampándose contra la pared.

Fergus entró jadeando, con la espada desenvainada y el rostro tiznado de hollín.

—¡Calum, nos están atacando! —bramó su amigo—. ¡Han cruzado la primera empalizada! ¡Necesitamos al líder en los muros!

El joven desterró el dolor de su pecho, sacó su mandoble y corrió hacia el patio.

El estruendo de la batalla era ensordecedor.

Las flechas enemigas silbaban en el aire, estrellándose contra la piedra o buscando la carne de los defensores.

Desde las almenas, los Fraser respondían con una lluvia incesante de proyectiles de fuego que convertían en piras llameantes las máquinas de asedio del ejército de York.

—¡Mantened la línea! —gritó Donald Fraser, el viejo señor, cortando el paso a dos soldados ingleses que habían logrado trepar por una escala—. ¡Esta es tierra de los Fraser! ¡Echadlos al foso!

Ewan apareció por el flanco izquierdo, empujando un gran caldero de brea hirviendo junto a tres hombres.

—¡Calum! ¡Cuidado, a tu derecha! —advirtió Ewan antes de volcar el contenido del caldero sobre un grupo de atacantes que intentaba echar abajo la poterna inferior. Los gritos del enemigo resonaron en el foso.

Calum se lanzó al combate con una ferocidad ciega, descargando su furia y su frustración sobre cada hombre que portaba la cruz de York. Su espada trazaba arcos mortales en el aire.

—¡Son demasiados, pero flaquean! —gritó Fergus, cubriendo la espalda de su líder mientras chocaba su escudo contra un atacante—. ¡El fuego de los fundíbulos está destrozando su retaguardia! ¡Se están retirando!

—¡No les deis tregua! —ordenó Donald, cuyas canas estaban salpicadas de sangre enemiga—. ¡Que sepan que el castillo Fraser no se rinde ante ningún obispo ni rey!

Tras una hora de encarnizada resistencia, el empuje de las tropas de York comenzó a desvanecerse.

Al ver sus torres de asedio reducidas a cenizas y sus filas diezmadas por la defensa implacable de los escoceses, los capitanes enemigos ordenaron la retirada.

Los pocos supervivientes huyeron en desbandada hacia los bosques del sur, dejando el patio cubierto de escombros y armas abandonadas.

El silencio volvió a reinar en la fortaleza, roto solo por los lamentos de los heridos y el crepitar de las maderas quemadas. La victoria era de los Fraser, pero para Calum no había nada que celebrar.

Abatido, con la armadura abollada y el alma rota, subió las escaleras de la torre principal.

Cada escalón pesaba una tonelada. Entró en el dormitorio nupcial, la misma alcoba que pocas horas antes había sido testigo de su amor y su felicidad.

Ahora, la estancia se sentía fría y vacía.

Estaba dispuesto a cambiarse de ropa, tomar su caballo y salir a rastrear cada palmo del bosque para encontrar a Ariadna, costara lo que costara.

Sin embargo, al acercarse al arcón de madera para recoger sus pertenencias, algo llamó su atención en el suelo.

Un trozo de pergamino arrugado yacía junto a la base del mueble, medio oculto por las sombras.

Calum se agachó y lo recogió. Al desplegarlo, reconoció el sello roto del arzobispo de York.

Sus ojos recorrieron las líneas con urgencia, y a medida que avanzaba en la lectura, el horror sustituyó al cansancio de la batalla.

... la muerte de tu padre... el Lago de las Sombras... Si das la alarma o no te presentas, todo el clan Fraser morirá...

El pergamino tembló entre sus dedos. Ariadna no había sido secuestrada por la fuerza; se había marchado de manera voluntaria para salvarlos a todos.

Había ido directa a una trampa mortal por amor a él y a su gente.

Calum apretó el puño arrugando el papel, mientras una determinación fría e inquebrantable se instalaba en sus ojos.

Ya sabía dónde encontrarla, y ni todo el ejército de York lograría detenerlo.