El juramento del highlander Capítulo 23
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Capítulo 23

L a luz dorada y pálida de la mañana comenzó a filtrarse por los ventanales de la alcoba, dibujando líneas de sol sobre el suelo de madera.

Ariadna se despertó despacio, envuelta en la reconfortante calidez de las mantas y protegida por el firme abrazo de Calum.

Durante esas primeras horas del alba, el mundo exterior, las dudas y los temores difusos sobre su pasado misterioso dejaron de existir por completo, sepultados bajo el peso de la felicidad absoluta de su unión.

Él abrió los ojos, entornándolos un poco por el reflejo de los primeros rayos de luz, y lo primero que encontró fue la mirada serena y profunda de la joven, que ya lo observaba en silencio.

Una sonrisa lenta y sincera iluminó el rostro del guerrero.

Con un movimiento suave pero decidido, se giró sobre ella, acomodándola debajo de su cuerpo sin llegar a dejar caer todo su peso, y la besó en los labios con una ternura infinita.

—¿Qué haces despierta tan temprano, mi señora? —susurró él, con la voz todavía ronca por el sueño, rozando su nariz con la de ella.

—Contemplarte —respondió Ariadna con una sonrisa suave, entrelazando sus dedos en el cabello revuelto de Calum—. Quería asegurarme de que todo esto es real y no uno de mis sueños.

Calum soltó una risa baja, un sonido vibrante que ella sintió contra su propio pecho, y se inclinó para besarle el cuello, descendiendo con lentitud hacia la curva de sus hombros.

—Es tan real como que ahora eres mi esposa —murmuró él entre caricias, deteniéndose para mirarla a los ojos con una devoción absoluta—.

Ayer, cuando te vi entrar en la ermita, el corazón casi se me sale del pecho.

Jamás te lo he dicho, Ariadna, pero desde el día en que llegaste a estas tierras, pusiste mi mundo del revés.

Pensé que sabía lo que era el deber y la fuerza, pero contigo aprendí lo que realmente significa querer proteger algo con la vida.

Ariadna sintió un vuelco en el corazón y le acarició la mejilla, delineando la línea de su mandíbula.

—¡Tú me salvaste, Calum! No solo del frío o del peligro, sino de la soledad. A tu lado no tengo miedo de nada.

—¡Ni voy a permitir que nunca lo tengas! —replicó él, atrapando su mano para besarle la palma—. Prometo que, a partir de hoy, cada amanecer será así. No importa las tormentas que haya fuera de estos muros, aquí dentro siempre seremos tú y yo.

Ella se incorporó acortando la distancia para sellar sus palabras con un beso profundo, largo y pausado, saboreando la paz de un momento que ambos deseaban que fuese eterno.

Sus manos se buscaron de nuevo bajo el cobijo de las mantas, disfrutando de la quietud y de la certeza de pertenecerse el uno al otro.

La paz duró poco. Unos golpes rompieron aquel momento al otro lado de la pesada puerta de madera.

—¡Calum! —La voz de Fergus sonaba tensa, desprovista de la jovialidad del día anterior—. ¡Te necesitamos abajo ahora mismo!

Calum abrió los ojos de golpe, asimilando la urgencia en la expresión de su amigo. Se incorporó en el lecho con el ceño fruncido y miró a Ariadna, depositando un rápido beso en sus labios para infundirle calma antes de saltar de la cama y vestirse a toda prisa.

—Quédate aquí, volveré en un momento —le prometió en un susurro antes de abandonar la habitación a grandes zancadas.

Ariadna, incapaz de quedarse quieta ante el presentimiento de que algo iba mal, se vistió con rapidez.

Sabía que la gran mayoría de los invitados ya se habían marchado al amanecer, a excepción de Lìra y Emi, quienes tenían previsto partir al día siguiente hacia la casa de un familiar.

Al salir al pasillo y recorrer la fortaleza, un silencio sepulcral la recibió.

No había rastro de Sophia, ni de Margaret ni de ninguno de los hombres del clan.

El vacío resultaba abrumador. Al llegar al piso inferior, se encontró con Emi, cuyo rostro reflejaba una palidez inusual.

Al verla, esta se acercó y, mirando a su alrededor para asegurarse de que nadie las observaba, le tendió un trozo de pergamino sellado.

—Un muchacho ha traído esto hace unos instantes —susurró Emi con nerviosismo—. Ha insistido en que era solo para ti.

Ariadna, con el corazón latiéndole con fuerza en el pecho, tomó la misiva, regresó corriendo a la habitación y cerró la puerta tras de sí.

Con manos temblorosas rompió el sello de cera y comenzó a leer.

Las palabras escritas en el pergamino congelaron la sangre en sus venas.

La carta estaba firmada por puño y letra del arzobispo de York.

Sé quién eres y tienes algo que me pertenece.

Sé todo sobre el colgante de media luna que guardas y la muerte de tu padre por traición.

Si quieres descubrir la verdad y evitar una masacre, debes reunirte conmigo en el Lago de las Sombras mañana por la noche, sola.

Si das la alarma o no te presentas, todo el clan Fraser morirá.

Mis soldados rodean las afueras del castillo en este instante, esperando únicamente una orden mía para hacer arder la fortaleza hasta los cimientos.

En el momento en que el mensajero de esta misiva alerte a mis soldados de que has abandonado el castillo para ir al lago a encontrarnos, abandonarán las inmediaciones del castillo Fraser.

El pánico se apoderó de ella, asfixiándola.

Entonces, de golpe, una avalancha de recuerdos enterrados golpeó su mente con brutalidad.

La neblina del pasado se disipó en un segundo: revivió la horrible ejecución de su padre, el peso del colgante que él le había entregado antes de morir y las enigmáticas palabras de advertencia de la anciana.

Ariadna rememoró en ese instante, con espantosa claridad, la clase de hombre despiadado que era el arzobispo de York.

Al asomarse a la ventana de la torre, observó el patio de armas.

El ambiente era de pura consternación; la guardia y los sirvientes se movían de un lado a otro con prisa, con los rostros desencajados por el miedo.

Comprendió entonces que la repentina marcha de Calum del lecho y la ausencia de su familia se debían al inminente avistamiento de las tropas enemigas en los límites de las tierras.

Aterrada por la idea de ser la causante de la destrucción de su nuevo hogar, Ariadna guardó el pergamino a toda prisa en su corpiño.

Sin embargo, debido a la rapidez y al temblor incontrolable de sus manos, el papel se deslizó por la tela y cayó al suelo, quedando oculto en la penumbra junto al arcón nupcial sin que ella se diera cuenta.

Ariadna bajó corriendo las escaleras de piedra en busca de Emi.

—¿Dónde está el muchacho que trajo esto? —le exigió, tomándola de los brazos—. ¡Necesito hablar con él ahora mismo!

—¡Se marchó de inmediato, Ariadna! —respondió Emi, asustada por la palidez y la mirada desencajada de la joven—. Dijo que tenía órdenes estrictas de no quedarse ni un segundo.

—¡Por favor, Emi, búscalo conmigo! Es de vida o muerte. Si no lo alcanzamos...

Ante la desesperada e intensa súplica de la joven, Emi asintió con gravedad, contagiada por la urgencia.

—¡Ven conmigo, rápido! Hay una salida secreta en las cocinas de la que pocos hablan; por ahí vi desaparecer al chico para esquivar a los guardias de la entrada.

Ariadna tomó su capa oscura, cubriéndose la cabeza con la capucha, y siguió a Emi a través de un pasadizo angosto, frío y húmedo que conducía al exterior de las murallas, lejos de la vista de los vigías.

Al salir a la linde del bosque, divisaron a lo lejos la silueta del joven mensajero, quien avanzaba a paso muy lento, casi como si estuviera esperando a que lo alcanzaran.

Las dos mujeres apresuraron el paso entre la maleza hasta cortarle el camino. El muchacho se detuvo en seco, mirándolas con una fijeza gélida.

—¡Dile al capitán que esté al mando que no arrasen el castillo! —declaró Ariadna con voz firme, intentando con todas sus fuerzas ocultar el temblor de sus manos—. Dile que iré al Lago de las Sombras... que llegaré esta misma noche. Me pongo en camino de inmediato.

El muchacho asintió, dio media vuelta y se perdió entre la espesura del bosque a gran velocidad.

Emi se giró hacia ella, con los ojos abiertos de par en par por el asombro y el temor.

—¿Te has vuelto loca? No puedes ir allí sola, Ariadna. Sea lo que sea lo que dijera esa carta, seguro que es una trampa mortal. Debes regresar ahora mismo y decirle a Calum lo que ocurre, no puedes huir de esta manera.

—¡No! No puedo regresar —sentenció Ariadna, con las lágrimas asomando en sus ojos, pero con una determinación feroz.

—Pero... ¿por qué? Él es tu esposo, el líder de este clan. Su deber es protegerte.

—Si regreso... pongo en peligro su vida y la de todos los que ama —explicó Ariadna con la voz quebrada—.

El ejército de York rodea la fortaleza. Si me quedo, el castillo Fraser arderá hasta los cimientos por mi culpa.

Mi pasado los va a destruir, Emi. La única forma de que retiren las tropas es que yo me entregue.

La muchacha la miraba con asombro y una profunda compasión. Sin embargo, apretó los puños y dio un paso al frente.

—¡Pues no voy a dejar que vayas sola! Insisto en acompañarte. Además, yo sé cómo llegar al lago.

—¡No lo entiendes!, si vienes conmigo también expones tu vida a un peligro terrible. No es tu batalla.

—¡Claro que lo es! —replicó Emi, tomándola de las manos con fuerza—.

Ayer te convertiste en parte de este clan, y nuestras familias hicieron un juramento.

No te voy a dejar ir sola a las garras de ese hombre.

Si vas a entrar en la boca del lobo, al menos irás con alguien que te cuide las espaldas.

Dos cabezas piensan mejor que una; y si la situación se vuelve insostenible, buscaré la forma de alertar a Calum.

Caminemos juntas, Ariadna. No estás sola en esto.

La joven miró las manos de Emi sobre las suyas. El miedo seguía allí, pero la lealtad incondicional de su amiga le otorgó la fuerza que necesitaba para dar el primer paso hacia la oscuridad del bosque.