El juramento del highlander Capítulo 22 #3
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Capítulo 22 #3

Calum se inclinó con lentitud para besar sus hombros, que ya empezaban a asomar entre las telas caídas.

En ese instante, Ariadna lo detuvo con suavidad, posando una mano en su pecho.

Necesitaba un segundo. Con dedos rápidos, desató el colgante de su cuello y lo ocultó con presteza bajo el velo que descansaba sobre el arcón.

Calum la observó con una mezcla de curiosidad y gracia; no entendió del todo aquel repentino apuro, pero decidió no preguntar.

No había espacio para las dudas esa noche; solo la deseaba a ella y quería que cada segundo fuera inolvidable para ambos.

Con una sonrisa cómplice, él hundió una de sus manos en el cabello suelto de Ariadna mientras con la otra la rodeaba por la cintura con firmeza, atrayéndola hacia sí.

Comenzó a besar una mejilla con lentitud, trazando un camino húmedo y cálido que bajó por la línea de su mandíbula hasta perderse en la curva del cuello.

La respiración de Ariadna se volvió cada vez más agitada, respondiendo al magnetismo de su tacto.

Buscando acortar la última barrera, la joven alzó las manos con decisión para desabrochar la pesada casaca de Calum, deshaciéndose de la formalidad del día.

Sus manos recorrieron los hombros del guerrero hasta dejar su torso al desnudo.

Al contacto de las palmas de Ariadna contra su piel, Calum sintió que un fuego interno se encendía, desbocando los latidos de su corazón.

Con movimientos pausados y reverentes, él terminó de deslizar el vestido de la joven, dejando que la prenda cayera al suelo.

Al mirarse por fin sin reservas, el pecho de Calum se llenó de un asombro genuino y una devoción profunda; ella era el inicio y el fin de todo su mundo.

Ariadna, al sostenerle la mirada, se sintió segura, amada y deseada como nunca antes.

Calum la guio hacia la calidez de la cama, donde los cuerpos se encontraron en una danza de caricias lentas y susurros compartidos.

Sus manos recorrieron cada curva con delicadeza, reconociéndose en el silencio de la noche.

La tensión acumulada durante todo el día dio paso a una complicidad absoluta.

Los besos se volvieron más profundos y apremiantes, uniendo sus voluntades en un mismo latido, envolviéndose el uno en el otro, compartiendo suspiros y promesas mudas; se entregaron a la marea creciente de su pasión, alcanzando juntos una plenitud desbordante que selló su unión de manera inquebrantable antes de dejarse caer, exhaustos y felices, en el calor del refugio que habían construido.

Al separarse apenas unos milímetros, él sonrió, con los ojos brillando a la luz de las brasas.

—Te amo —susurró Calum, rozando su frente con la de ella—. ¿Te acuerdas de que me prometiste decirme algo si al final terminaba enamorándome de ti?

Ariadna esbozó una sonrisa, y una pequeña risa cómplice escapó de sus labios al recordar aquel pacto silencioso del pasado.

—Lo recuerdo perfectamente —respondió ella, mirándolo con diversión.

Calum ensanchó su sonrisa y la apretó un poco más contra su pecho, envolviéndola en su calidez.

—¡Pues bien, estoy esperando!

—Pues lo que quería decirte es... que te amo.

—¡Nooo! —protestó él con fingida indignación—. Cuando me lo dijiste por primera vez todavía no me amabas.

Ariadna rodeó su cuello con los brazos y lo atrajo aún más hacia ella, buscando la intensidad de su mirada.

—En realidad sí te amaba, pero intuía que tú no sentías lo mismo por mí. Tu corazón, ese corazón noble, tu mirada transparente y esa voluntad tan entregada... me enamoraron por completo.

—¿De verdad? —Calum arqueó una ceja, conteniendo la risa—. Fíjate que yo creía que había sido mi atractivo físico. Al menos eso es lo que me dicen las muchachas del pueblo —se burló.

—¿Las muchachas? ¿Conque te dedican muchos piropos? —replicó Ariadna, cruzándose de brazos mientras un leve destello de celos asomaba en sus ojos.

—Sí, bastantes —insistió él, disfrutando de la reacción de su esposa.

—Bueno, tampoco es para tanto —bufó ella, desviando la mirada con orgullo.

—¡Ja, ja, ja! ¿Ah, no?

Antes de que Ariadna pudiera replicar, Calum la atrapó por la cintura. Comenzó a besarle el cuello con lentitud, trazando un sendero de fuego sobre su piel que la hizo suspirar de inmediato. La firmeza de sus manos y la calidez de sus labios desarmaron cualquier rastro de orgullo.

—Entonces tendremos que hacer algo para que cambies de idea —susurró él contra su oído, con la voz rota por el deseo.

—¿El qué? —alcanzó a murmurar ella, entregándose por completo al estremecimiento que recorría su cuerpo.

Calum prefirió no responder con palabras, la guio hacia él con un gesto suave pero seguro, dejando que el lenguaje de sus caricias hablara por sí solo, invitándola a perderse en sus besos y en la entrega absoluta de sus cuerpos.

Sus manos, firmes pero delicadas, recorrieron cada curva de Ariadna, transformando los supuestos celos en un anhelo compartido.

Entre suspiros, risas cómplices y promesas susurradas en la penumbra, volvieron a entregarse el uno al otro, renovando con cada caricia aquel amor profundo que ni el tiempo ni la distancia lograrían desgastar.