El juramento del highlander Capítulo 22 #2
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Capítulo 22 #2

Calum asintió, conmovido, apretando el hombro de su padre en un gesto de mudo agradecimiento. En ese instante, las pesadas puertas de madera de la ermita se abrieron de par en par.

Ariadna entró. El tiempo pareció detenerse.

Donald se adelantó unos pasos para encontrarse con la joven, ofrecerle su brazo con una sonrisa paternal y escoltarla hacia su hijo.

Caminaba con una elegancia innata; y al verla, el corazón de Calum dio un vuelco salvaje.

Para él, el mundo exterior se desvaneció; la rigidez de sus hombros y el nerviosismo que lo había acosado desde el alba se disiparon por completo, reemplazados por una devoción absoluta.

Al mirarla con el velo flotando a su alrededor, sintió la certeza inquebrantable de que su vida cobraba un sentido pleno.

Ariadna clavó los ojos en Calum en cuanto cruzó el umbral.

Al ver su figura imponente esperándola al final del pasillo, el miedo latente sobre su pasado misterioso se evaporó.

Una oleada de calidez y seguridad la inundó por completo: allí estaba su hogar, en la mirada firme y protectora del hombre que la amaba.

Al llegar al altar, Donald unió las manos de los jóvenes con un suave apretón. El sacerdote, un anciano de rostro sereno y voz profunda, alzó los brazos ante ellos y se dirigió a la congregación antes de mirar a la pareja.

—Nos hemos reunido hoy bajo la mirada de Dios para unir a este hombre y a esta mujer... Calum Fraser, ¿aceptas a Ariadna como tu legítima esposa, para proteger su andar, compartir tus victorias y sostenerla en la adversidad?

—¡Sí, acepto! —respondió Calum sin titubear.

—Ariadna, ¿aceptas a Calum como tu legítimo esposo, para tejer tu destino junto al suyo, ser su consejo en la paz y su fuerza en la tormenta?

—¡Sí, acepto! —pronunció ella con voz clara.

Calum tomó la alianza de hierro forjado, un metal que simbolizaba la fuerza inquebrantable de su herencia. Mientras deslizaba el anillo en el dedo de Ariadna, su mirada se clavó en la de ella con una intensidad protectora.

—Prometo protegerte, honrarte y amarte en cada batalla y en cada tiempo de paz —declaró con voz firme y profunda, sellando su compromiso.

Ariadna tomó entonces la alianza correspondiente. Al deslizar el metal por el dedo de Calum, mantuvo sus manos entrelazadas y notó cómo él apretaba con cariño y suavidad sus dedos, transmitiéndole un apoyo incondicional.

—Y yo prometo ser tu refugio, tu compañera y tu igual, entrelazando mi vida a la tuya para siempre —respondió ella, con una sonrisa que iluminó su rostro.

En ese preciso instante, el silencio se adueñó de la capilla.

El sacerdote tomó las manos de Calum y Ariadna, uniendo sus palmas en un pacto mudo.

Con movimientos solemnes, envolvió sus muñecas con la ruda y cálida tela del tartán de los Fraser, entrelazando los colores del clan alrededor de su piel como si el propio tejido fuera a custodiar el latido de sus corazones, ahora unidos en uno solo.

—Que los lazos de esta unión nunca se quiebren. Ante Dios, nuestro Señor, os declaro marido y mujer.

Siguiendo la estricta tradición del clan, Calum dio un paso al frente y, con manos reverentes, retiró el velo que cubría el rostro de Ariadna.

En lugar de besar sus labios frente a la multitud, depositó un beso casto y prolongado en su mejilla, el antiguo símbolo de respeto y posesión legítima ante los testigos.

Justo después, el estallido de júbilo de los clanes inundó la ermita mientras ellos compartían una mirada cargada de amor y absoluto alivio.

Calum sostuvo con firmeza a Ariadna de la mano y juntos comenzaron a caminar hacia la salida de la ermita.

En cuanto cruzaron el umbral exterior, el patio principal se llenó de alegría desbordante.

La música de las gaitas empezó a resonar con fuerza en el valle, y los sirvientes comenzaron a servir vino y cerveza a los invitados.

Calum sabía que no le iban a dejar estar mucho tiempo con Ariadna.

—Te amo —le susurró al oído.

Pero cuando ella le iba a decir lo mismo, de inmediato, los hombres del clan rodearon a Calum con vítores y palmadas bruscas en la espalda.

Siguiendo la antigua costumbre del círculo de acero , los guerreros desenvainaron sus dagas y las chocaron en el aire sobre la cabeza de Calum, un rito tradicional para desearle fertilidad, fuerza en el brazo y protección contra los enemigos comunes.

Ariadna observó la escena, sonrió. Era consciente de que todavía ella no le había dicho lo que sentía por él y deseaba hacerlo, aunque sabía que tendría ocasión para ello.

Mientras tanto, las mujeres se llevaron a Ariadna hacia la zona de los banquetes para agasajarla. Fue en ese momento cuando Lìra se abrió paso entre la multitud. Se acercó a la novia con una sonrisa ensayada, aunque la frialdad de sus ojos delataba su falta de sinceridad.

—¡Enhorabuena, Ariadna! —dijo Lìra, rozando apenas sus mejillas en un saludo distante—. Has logrado un lugar en este clan que muchas desearían. Espero que la vida aquí sea todo lo que esperas.

Antes de que la tensión pudiera crecer, Emi intervino apartando a Lìra con suavidad y envolviendo a Ariadna en un abrazo cálido.

—¡Estás radiante, Ariadna! —dijo con los ojos brillando de verdadera simpatía.

—¡Gracias, Emi! —respondió Ariadna, reconfortada por sus palabras sinceras.

La fiesta se prolongó durante horas entre bailes, brindis y risas que hacían eco en las colinas.

Sin embargo, cuando los primeros tintes del anochecer empezaron a oscurecer el cielo y las antorchas del patio se encendieron, Calum buscó a su esposa.

Sin previo aviso y ante los aplausos de los rezagados, la tomó en brazos.

—¡Calum! ¿Se puede saber qué estás haciendo? —preguntó Ariadna entre risas, aferrándose a sus hombros mientras él la cargaba.

—¡Lo que debería haber hecho hace horas! —respondió él con una sonrisa decidida, sin aminorar el paso.

—¿El qué?

Calum no respondió de inmediato. Subió las escaleras de la torre principal con paso firme y seguro hasta llegar al dormitorio nupcial. Al cruzar el umbral, empujó la pesada hoja de madera con el pie, cerrándola de golpe y aislando por fin el bullicio de la celebración exterior.

La habitación los recibió sumida en una penumbra acogedora, iluminada solo por el resplandor dorado y trémulo de las brasas de la chimenea.

Calum bajó a Ariadna con extremo cuidado, permitiendo que sus pies tocaran el suelo, pero no la soltó.

Permanecieron muy juntos, casi unidos, escuchando el ritmo agitado de sus propias respiraciones en el repentino silencio.

—Besarte —susurró él, acortando la distancia—. Eso es lo que debería haber hecho hace horas.

Sin embargo, contuvo el impulso un momento más.

Con una paciencia infinita que contrastaba con la fuerza ruda del guerrero, Calum comenzó a retirar uno a uno los adornos del cabello de Ariadna, dejando que los mechones oscuros cayeran libres y ondulados sobre sus hombros.

Sus manos, cálidas y firmes, descendieron luego por la espalda de ella, buscando los lazos del vestido de novia para aflojarlos con delicadeza.

Cada roce sutil de sus dedos sobre la piel que iba quedando al descubierto provocaba un estremecimiento en Ariadna, quien cerró los ojos, entregándose por completo a la calidez de sus caricias.