El juramento del highlander Capítulo 22
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Capítulo 22

E l alba aún no asomaba por el horizonte cuando Calum abrió los ojos.

El silencio de la casa era absoluto, pero en su mente solo había un pensamiento: ese era el día.

Incapaz de quedarse un segundo más entre las sábanas, salió al aire frío de la madrugada, buscando el único remedio capaz de calmar sus nervios: el río.

Se vistió con rapidez y se dirigió a los establos.

A lomos de su caballo, cabalgó a paso ligero hasta el recodo del río.

El agua corría cristalina y muy fría bajo la penumbra del amanecer.

Sin pensarlo dos veces, Calum se zambulló de golpe.

El impacto helado le cortó la respiración, despejando de un plumazo la bruma del sueño y aplacando, al menos por un instante, el torbellino de nervios que le atenazaba el pecho.

Al salir a la orilla, tiritando pero con la mente despejada, descubrió dos siluetas recortadas contra la débil luz de la mañana. Fergus y Ewan lo esperaban con mantas secas y sonrisas burlonas.

—¡Vaya, el gran novio intentando ahogar sus miedos antes de que salga el sol! —bromeó Fergus, tendiéndole un paño grueso—. ¿Es que planeas llegar al altar como un témpano de hielo, Calum?

—¡Déjalo, Fergus! —intervino Ewan, riendo entre dientes mientras le daba una palmada en la espalda—. Cualquiera en su pellejo estaría igual. Aunque, si te estás arrepintiendo, los caballos ya están ensillados. Podemos cruzar la frontera antes del mediodía y vivir como forajidos.

Calum soltó una carcajada, aunque las manos todavía le temblaban un poco mientras se secaba el torso.

—¡No me arrepiento de nada, par de idiotas! Solo... necesito que todo salga bien. Ella se merece que todo sea perfecto. —Calum se detuvo un segundo y los miró con los ojos entrecerrados—. Un momento... ¿Me habéis seguido?

—¡Estás bajando la guardia, amigo! ¡El amor te está ablandando el cerebro! —se mofó Fergus, cruzándose de brazos.

—¡Ja, ja, ja! Sabíamos de sobra que te despertarías antes del alba y que vendrías directo al río. Te conocemos demasiado bien —añadió Ewan.

Calum sonrió de medio lado y le lanzó el paño empapado a la cara a Fergus para acallar sus burlas.

—Creo saber perfectamente qué te pasa y por qué has tenido que zambullirte en estas aguas congeladas —insinuó Ewan con una mirada cómplice.

—¿Ah, sí? ¿Qué me pasa, según tú? —Calum les siguió el juego, cruzándose de brazos, sabiendo que venía otra provocación.

—Temes la noche de bodas, ¡admítelo! —soltó Ewan sin tapujos.

Calum observó cómo los dos estallaban en carcajadas que resonaron en todo el valle.

—¡Pues os equivocáis por completo! Estoy deseando que llegue —replicó Calum con una sonrisa de suficiencia.

—¡Ja, ja, ja! ¡Míralo cómo se defiende! —Siguieron riendo sus amigos.

Sin embargo, el semblante del heredero cambió y se puso serio de repente. La diversión se evaporó de sus ojos.

—En realidad..., lo que temo es que algo estropee el momento.

—¿Algo? ¿A qué te refieres? —preguntó Fergus, adoptando de inmediato una postura más firme y atenta.

—¡Aidan!

Ewan dio un paso al frente y le puso una mano firme en el hombro, disipando cualquier rastro de burla.

—¡Olvídate de él! Hemos recorrido cada rincón de nuestras lindes desde el amanecer de ayer. No hay ni rastro de él en kilómetros a la redonda. ¡Ese cobarde ha debido huir muy lejos! Hoy no va a arruinar nada.

Fergus se acercó también, rompiendo la tensión con un empujón afectuoso que casi hace tambalear a Calum.

—¡Exacto! Además, si se le ocurre asomar las narices, se las tendrá que ver con nosotros dos primero. ¡No hemos escoltado tus locuras todos estos años para dejar que un miserable te arruine el día más importante de tu vida!

Ewan sonrió de verdad, con los ojos brillantes de sincera camaradería, y atrapó a Calum en un abrazo un tanto brusco pero cargado de afecto, al que Fergus se unió de inmediato, estrujando al novio entre los dos.

—¡Te mereces ser feliz, amigo! —le susurró Ewan al oído, dándole un par de golpes afectuosos en la espalda—. Has cargado con demasiadas responsabilidades y ya iba siendo hora de que la vida te diera una alegría como Ariadna. ¡Ella es perfecta para ti!

—Sí, aunque sigo sin entender cómo una mujer tan increíble ha aceptado casarse con un cabeza hueca como tú —añadió Fergus, riendo mientras rompían el abrazo y le revolvía el pelo mojado—. ¡Disfruta de hoy, te lo has ganado!

Calum los miró, conmovido por la lealtad incondicional de los hombres que habían estado a su lado en las buenas y en las malas. Los nervios parecieron disolverse por completo.

—¡No sé qué haría sin vosotros!

—Probablemente ahogarte en el río, ¡ja, ja, ja!

—replicó Ewan, recuperando el tono festivo—.

¡Venga, todo va a salir perfecto! Ya han empezado a llegar los primeros invitados y el patio principal es un hervidero de gente.

Anda, vístete de una vez, que no querrás que tu futura esposa te vea en paños menores antes de llegar al altar.

***

En la torre principal la atmósfera era muy distinta.

El aroma a flores frescas, agua de rosas y perfumes inundaba la habitación donde Ariadna se preparaba.

Margaret ajustaba con dedos expertos y maternales los últimos pliegues del delicado vestido, mientras Sophia sostenía el velo con reverencia, como si custodiara un tesoro.

Al dar un paso atrás para contemplar el resultado final, a la más grande se le empañaron los ojos de emoción.

—¡Estás preciosa! —susurró la matriarca, acercándose para acariciarle la mejilla con una ternura infinita—.

Desde el primer día que entraste en nuestras vidas, supe en mi corazón que este momento llegaría...

, pero verte así, hoy, supera cualquier cosa que hubiera imaginado.

Quiero que sepas que para mí eres una hija más, Ariadna.

Mi corazón te pertenece como tal, ahora y siempre.

La joven sintió un nudo de gratitud en la garganta y parpadeó deprisa, conteniendo las lágrimas para no arruinar el tapiz de emociones del momento.

—¡Gracias, Margaret! —respondió Ariadna, con la voz quebrada por la emoción—. Me habéis acogido desde el primer instante con tanto amor que... a veces me cuesta creerlo. Sois mi verdadera familia.

Sophia, dando un pequeño salto que hizo crujir las maderas del suelo, se acercó y la abrazó con extremo cuidado.

—¡Y para mí ya eres la hermana que siempre quise tener!

—añadió, con una sonrisa radiante que iluminó la estancia—.

Calum es un hombre increíblemente afortunado, y pobre de él como no te haga la mujer más feliz del mundo.

Si derramas una sola lágrima de tristeza por su culpa, se las tendrá que ver conmigo y con mis alfileres.

—¡Ja, ja, ja! —Rieron las tres.

—No le hagas caso, querida, aunque en el fondo tiene razón. Mi hijo puede ser testarudo y rudo como las rocas de nuestras tierras, pero te ama con una devoción que me conmueve. Mírate las manos, te están temblando. ¿Son nervios por la ceremonia?

Ariadna forzó una sonrisa y miró sus propios dedos, entrelazándolos.

—Un poco, supongo. Es solo que... todo parece un sueño del que temo despertar. Todo es tan perfecto que me asusta.

—¡Es real, Ariadna! —le aseguró Sophia, tomándola de las manos y transmitiéndole su calidez—.

Hoy dejas de ser una invitada en nuestro hogar para ser la señora de esta casa de manera oficial.

Los clanes ya están abajo esperándote, y mi hermano probablemente está conteniendo la respiración en la ermita, deseando que cruces la puerta.

—Sophia tiene razón, es hora de dejarte un momento a solas para que respires y asimiles todo antes de bajar —dijo Margaret, dándole un último y tierno beso en la frente—. ¡Vamos, Sophia!, dejemos que la novia tenga unos minutos de paz. Te esperamos abajo.

Con una última mirada llena de orgullo y cariño, Margaret y su hija abandonaron la habitación, cerrando la puerta con suavidad tras de sí.

El silencio cayó de golpe sobre la estancia; una vez que se alejaron ambas por el pasillo, el peso de la realidad volvió a posarse sobre los hombros de Ariadna.

Sola en mitad de la gran habitación, se miró en el reflejo de la ventana; con dedos trémulos, deslizó una mano por el cuello del vestido hasta alcanzar el colgante que guardaba oculto y suspendido cerca de su corazón.

Lo apretó con fuerza contra su palma, sintiendo los bordes fríos del metal.

La verdad era una sombra silenciosa que siempre la acompañaba: en realidad no sabía si tenía más familia en algún rincón del mundo.

Su mente era un lienzo en blanco antes de llegar a esas tierras, y el miedo latía con fuerza en su pecho.

Le aterraba la idea de recordar en algún momento su pasado; le atemorizaba que los secretos ocultos en su memoria despertaran un buen día y que todo el amor, la seguridad y la felicidad que acababa de encontrar se derrumbasen a su alrededor.

Un suspiro tembloroso escapó de sus labios mientras cerraba los ojos, aferrándose al colgante y rezando en silencio para que el presente fuera lo único que importara a partir de ese momento.

***

La ermita de piedra estaba abarrotada y dividida por una tradición: las mujeres a un lado, compartiendo risas contenidas; los hombres al otro, firmes, imponentes y expectantes.

Entre la multitud, Lìra y Emi compartían miradas de complicidad, mientras los clanes amigos murmuraban con respeto y alegría bajo los techos de vigas oscuras.

En el altar, Calum esperaba vestido con sus mejores galas; el peso de las miradas ajenas desapareció cuando su padre, Donald, se colocó a su lado. El viejo líder miró a su hijo de arriba abajo, con una seriedad que pronto se transformó en una profunda ternura.

—¡Hijo! —dijo Donald, bajando la voz para que solo él lo escuchara—, has crecido para convertirte en el hombre que siempre esperé que fueras. ¡Estoy muy orgulloso de ti, Calum! Hoy empiezas tu propio camino, y sé que guiarás a tu familia y a nuestro clan con honor.