El juramento del highlander Capítulo 29
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Capítulo 29

H abían pasado ya varios meses desde que la pesadilla en la Roca del Arrepentimiento llegó a su fin. El miedo que antes flotaba en el aire se había disipado, reemplazado por la paz que tanto había ansiado el clan Fraser.

Esa mañana, Calum se despertó antes de que el sol lograra entibiar las Tierras Altas.

Fiel a sus costumbres, bajó hasta el río y se sumergió en las aguas heladas, dejando que la corriente limpia espabilara su cuerpo.

De regreso al castillo, mientras cruzaba las colinas cubiertas de rocío, sus ojos se posaron en una pequeña agrupación de flores silvestres.

Sonrió para sí mismo. Se agachó y recogió un delicado ramo de brezo blanco.

Subió con rapidez los escalones de piedra de la torre, pero sin hacer ruido, y empujó la pesada puerta de madera de sus aposentos.

Ariadna aún dormía, envuelta en las sábanas de lino, con el cabello castaño desparramado sobre la almohada.

Calum se acercó a la cama y dejó el ramo con delicadeza junto a su rostro.

Luego, con la yema de los dedos, delineó la suavidad de su mejilla.

Al mirarla, no pudo evitar que los recuerdos de la noche anterior lo asaltaran con una calidez abrasadora.

Recordó la intimidad compartida a la luz de las velas moribundas; las manos de Ariadna enredadas en su espalda, el roce de sus pieles desnudas y la urgencia de sus besos, que ya no nacían del miedo a perderse, sino de la certeza absoluta de pertenecerse.

Habían hecho el amor con una entrega lenta y profunda, uniendo sus cuerpos en un santuario de promesas silenciosas y suspiros que aún parecían flotar en el aire de la habitación.

Incapaz de contenerse, Calum se inclinó y posó sus labios sobre los de ella en un beso tierno.

Ariadna se removió entre las sábanas, abrió los ojos y parpadeó, asimilando la claridad matutina.

Al percibir el aroma dulce del brezo blanco a su lado, una sonrisa radiante iluminó su rostro.

Sin pensarlo, rodeó el cuello de su esposo con los brazos y lo atrajo hacia sí para besarlo con renovado entusiasmo.

—¿Te he dicho hoy cuánto te amo? —le susurró ella al oído, con la voz pastosa por el sueño.

—No —respondió Calum, ensanchando su sonrisa mientras mantenía sus rostros a escasos centímetros—. Hoy todavía no lo he escuchado.

Ariadna soltó una risita suave, una muestra de la complicidad que compartían.

—¡Te amo, te amo, te amo!

Él sonrió e, incorporándola con delicadeza en la cama, la rodeó con sus brazos fuertes, besándola una vez.

—¡Vístete, perezosa! Hoy tengo una sorpresa para ti; quiero que conozcas a alguien muy especial para mí.

Ariadna lo miró con curiosidad, arqueando una ceja.

—¿A estas horas? ¿Y se puede saber quién es?

—Si te lo dijera dejaría de ser una sorpresa —replicó él con un guiño—. Ponte algo abrigado, el viento sopla fresco en el valle.

Un rato después, Calum la esperaba en la quietud de los establos.

Ya había preparado a su semental negro, cuyo pelaje brillaba tras el cepillado.

Ayudó a Ariadna a subir a la grupa y, montando tras ella, la rodeó con los brazos, tomando las riendas.

El caballo emprendió un trote constante, alejándose del castillo y adentrándose en los senderos ocultos del clan, hasta que el rumor distante y majestuoso del agua anunció su destino.

Llegaron a las cascadas. El agua caía con fuerza desde lo alto, rompiéndose en una espuma blanca que reflejaba los destellos del sol matutino.

Calum detuvo al caballo y desmontó, ayudando a Ariadna a bajar. El lugar estaba igual que la primera vez.

—¿Recuerdas este sitio? —le preguntó él, tomándola de la mano mientras contemplaban la caída del agua.

—¿Cómo podría olvidarlo? —respondió Ariadna, con los ojos brillantes por la nostalgia—. Aquí fue donde nos conocimos. Tú apareciste de la nada, desconfiado y arrogante, mirándome como si fuera una intrusa.

—Y tú me miraste como si fuera un enemigo —añadió Calum con ternura, entrelazando sus dedos con los de ella—. En este mismo lugar cambió mi vida, aunque en ese momento fuera demasiado testarudo para admitirlo.

Sin soltar su mano, Calum la guio con paso firme hacia la base de la cascada.

Tras rodear la caída de agua se adentraron por una abertura semioculta, una especie de cueva natural donde el sonido del agua se convertía en un eco profundo.

Cruzaron el umbral de roca y comenzaron a subir por un sendero empinado que zigzagueaba hacia la zona más alta del acantilado.

Al coronar la cima, el paisaje dejó a Ariadna sin aliento. Era un claro elevado, alfombrado de verde y rodeado de rocas antiguas, un rincón que transmitía una paz casi divina, suspendido entre el cielo y la tierra.

—Aquí está a quien quiero que conozcas —anunció Calum con voz serena.

De una pequeña cueva situada al fondo del claro, una figura anciana vestida con el desgastado hábito de los monjes se aproximó a ellos.

El fraile caminaba con pasos pausados, marcando un ritmo tranquilo sobre la hierba húmeda mientras se apoyaba en un tosco bastón de madera de fresno.

A pesar de los surcos que el tiempo había trazado en su rostro, sus ojos conservaban una viveza asombrosa, irradiando una sabiduría y una bondad inmensas.

Se detuvo a pocos pasos de la pareja, contemplándolos con una sonrisa mansa que parecía albergar todos los secretos del valle.

—¡Sabía que vendrías, muchacho! —dijo el anciano, con una voz profunda.

Calum dio un paso al frente, enderezando la espalda con un profundo respeto que Ariadna rara vez le había visto mostrar ante otros hombres.

—Padre —dijo Calum, inclinando la cabeza—. He venido con mi esposa. Quiero que nos dé su bendición.

El monje desvió su mirada hacia Ariadna. La evaluó con detenimiento, no con desconfianza, sino con la curiosidad de quien reconoce un alma noble a primera vista. Ariadna, conmovida por la serenidad del lugar, dio un paso al lado de su esposo y sostuvo la mirada del anciano.

—¿¡Así que tú eres la mujer que logró apaciguar las tormentas en el corazón de este testarudo!? —expresó el fraile, y una chispa de afecto brilló en sus ojos—. Calum me ha hablado de ti en sus oraciones indirectas, mucho antes de que él supiera de tu existencia y tú de la suya.

Ariadna sonrió de medio lado, mirando de reojo a Calum, quien carraspeó algo incómodo pero conmovido.

—Es un honor conocerlo —respondió Ariadna con suavidad—. Calum me prometió que me traería ante alguien muy especial, y veo que no exageraba.

—El honor es mío, hija —replicó el anciano, alzando su mano libre en un gesto de bienvenida—. Que hayan llegado hasta este santuario, dejando atrás la oscuridad que los perseguía, es la prueba de que sus hilos ya estaban tejidos por una mano divina. ¡Vengan, acérquense!

El anciano sacerdote se detuvo frente a ellos, contemplándolos con una sonrisa paternal. Elevó sus manos arrugadas y, pronunciando unas palabras solemnes en latín, trazó la señal de la cruz en el aire, otorgándoles la bendición sagrada. Luego, el fraile puso una mano sobre el hombro de Calum.

—Tus heridas del pasado ya han sanado, muchacho —le dijo el sacerdote con voz suave pero firme—. Has cargado con el peso de la culpa durante demasiado tiempo. Ahora te toca ser feliz. Cuida de ella, y permite que la paz more en tu hogar.

Calum asintió, conmovido, y tras agradecer las palabras del santo hombre, la pareja no tardó mucho en emprender el camino de regreso. La noche se les echaba encima.

El viaje de vuelta se prolongó y la noche los alcanzó en el camino.

La oscuridad tiñó de un azul profundo y el firmamento se despejó por completo, revelando un manto de estrellas brillantes.

Ariadna sentía el trote del caballo y el calor de Calum a su espalda, pero su mente estaba en otra parte.

Llevaba semanas con una certeza creciendo en su interior; una sospecha que se había transformado en una hermosa realidad.

Estaba embarazada, y el corazón le daba vuelcos en el pecho porque no encontraba el momento ni las palabras exactas para decírselo.

Al llegar a lo alto de una colina que dominaba el valle, Ariadna apoyó la mano sobre el brazo de Calum.

—Espera... detén el caballo un momento, por favor —pidió en un susurro.

Calum tiró de las riendas, haciendo que el semental se parara en la cima. Ambos desmontaron y se pararon uno al lado del otro, contemplando la inmensidad del cielo nocturno. El aire era frío, pero la cercanía de sus cuerpos los mantenía templados.

—Es hermoso, ¿verdad? —comentó Calum, mirando las constelaciones.

Ariadna suspiró, buscando el valor en la inmensidad del firmamento. Se apegó al costado de su esposo y señaló hacia una zona del cielo donde el brillo de los astros era muy intenso.

—Mi padre solía contarme una historia cuando era niña y mirábamos el cielo —dijo ella, con la voz cargada de una dulce emoción—.

Decía que cuando varias estrellas brillan juntas con tanta fuerza, significa que Dios está contemplando dos almas que Él mismo creó para encontrarse y ser felices en la Tierra.

Calum escuchó con atención, rodeándola con su brazo y besando la coronilla de su cabeza. Miró hacia la dirección que ella señalaba, entornando los ojos con un matiz divertido.

—Es bonito lo que decía tu padre... Pero si miro hacia donde señalas, no veo solo dos estrellas juntas.

—¿Ah, no? —preguntó Ariadna, sintiendo que el corazón le latía con tanta fuerza que temía que él pudiera escucharlo.

—No —respondió Calum, buscando su mirada—. Hay tres. Son tres estrellas las que brillan juntas en esa esquina.

Ariadna se giró por completo, quedando frente a él. Tomó las manos de Calum y las guio hacia abajo, posándolas con delicadeza sobre su propio vientre, aún plano, pero guardando el milagro de una nueva vida. Lo miró a los ojos, con las lágrimas de felicidad contenidas empañando su mirada.

—Sí, Calum..., son tres. Porque nosotros pronto seremos tres.

El tiempo pareció detenerse en la colina.

Él se quedó petrificado por un segundo, asimilando el peso y la belleza de sus palabras.

Miró sus manos sobre el vientre de su esposa y luego la observó a ella.

La comprensión iluminó su rostro con una mezcla de asombro, devoción y una alegría pura que jamás había experimentado.

—¿Un hijo? —articuló en un susurro, con la voz quebrada por la emoción.

Ariadna asintió con una sonrisa radiante, dejando que una lágrima rodara por su mejilla.

—¡Un hijo, Calum! El fruto de nuestro amor.

El guerrero no esperó un segundo más. La incorporó en sus brazos, alzándola en el aire con un abrazo desbordante de felicidad, mientras una risa limpia y llena de vida escapaba de su pecho.

La bajó despacio, manteniendo sus cuerpos unidos, y la besó con una pasión y una ternura que parecieron encender la noche.

Sus labios sellaron una promesa silenciosa de amor, fidelidad y protección eterna.

Después, clavó sus pupilas en las de Ariadna, sosteniéndole la mirada con una devoción tan profunda que el resto del universo pareció desvanecerse a su alrededor.

Acunó el rostro de su esposa entre sus manos, rozando con sus pulgares las lágrimas de felicidad que brillaban en sus mejillas.

—Siempre te soñé —susurró él, con la voz quebrada por la intensidad de un sentimiento que ya no cabía en su pecho—. En mis noches más oscuras imaginaba que existía un alma como la tuya, pero creía que un milagro tan maravilloso jamás sería para mí. Que un guerrero como yo no merecía tanta luz.

Calum respiró hondo, uniendo su frente a la de ella, permitiendo que sus alientos se mezclaran en el aire frío de la noche.

—Pero Dios escuchó cada una de mis plegarias silenciosas —continuó, y una sonrisa radiante, libre de toda carga, iluminó sus facciones—.

Me siento el hombre más afortunado y bendecido de este mundo por tenerte a mi lado, por saber que caminas conmigo.

¡Te amo! ¡Te amo! ¡Te amo! —gritó al fin hacia los valles, dejando que su voz evocara con fuerza en la inmensidad de las Highlands, como un juramento eterno que desafiaba al mismísimo viento.

Ariadna entrelazó sus dedos en los cabellos de él, riendo entre dientes por la dichosa locura de su esposo, sintiendo que el pecho le estallaba de amor.

—¡Y yo a ti, mi testarudo escocés! —respondió ella en un susurro rebosante de ternura—, hoy, mañana y por el resto de nuestros días.

FIN