Capítulo 20 #3
Acarició con ternura su rostro, contemplándola como si fuese un milagro imposible.
—Pero entonces llegaste tú. Y sin darte cuenta comenzaste a sanar heridas que llevaba años escondiendo. Me devolviste la calma... las ganas de vivir... la capacidad de amar sin miedo. Ahora entiendo que mi corazón no estaba muerto, solo estaba perdido. Y fuiste tú quien lo encontró.
Él le sonrió con una ternura infinita y, con lentitud, levantó la mano para secar con la yema de sus dedos las lágrimas que descendían por las mejillas de Ariadna. Lo hizo con una delicadeza casi reverente, como si incluso su tristeza mereciera ser cuidada.
—Te amo —susurró mirándola a los ojos—. No ocupas el lugar de nadie y no sustituyes a nadie —repitió—, porque lo que siento por ti no tiene comparación con nada que haya vivido antes.
Es mucho más sencillo que todo eso... y al mismo tiempo mucho más grande.
Tú eres la mujer con la que quiero pasar el resto de mi vida.
La mujer que apareció cuando ya había dejado de creer que merecía volver a ser feliz.
Su voz se quebró apenas mientras acariciaba su rostro.
—Y ahora sé que Dios te puso en mi camino para salvarme de mí mismo... para enseñarme que todavía podía amar así. Que todavía podía vivir de verdad. Y no pienso soltarte jamás. ¿Te ha quedado claro?
Ariadna sintió cómo el corazón le latía con tanta fuerza que apenas podía respirar.
Quiso responder, decir algo, cualquier cosa, pero las emociones atrapadas en su pecho le robaron las palabras.
Solo pudo asentir despacio, con los ojos llenos de lágrimas y una sonrisa temblorosa naciendo entre ellas.
Calum la observó unos segundos más, estaba rendido ante ella. Y entonces la besó de nuevo.
Apenas sus labios se rozaron, Ariadna cerró los ojos, estremeciéndose ante la ternura inmensa con la que Calum la besaba.
Había una dulzura devastadora en aquel contacto, una delicadeza tan profunda que parecía imposible que alguien pudiera amar de aquella manera.
Él la sostuvo entre sus manos como si temiera que el mundo pudiera arrebatársela.
Una de ellas descansó sobre su mejilla, acariciándola con el pulgar, mientras la otra se perdió entre su cabello, enredándose con suavidad entre los mechones oscuros para acercarla todavía más a él.
Sus labios se movían sobre los de Ariadna con una calma íntima y cálida, como si en aquel simple roce quisiera entregarle todo aquello que llevaba guardado dentro del pecho: el amor contenido durante años, la necesidad de protegerla, la paz inmensa que solo encontraba cuando ella estaba entre sus brazos.
Solo había amor en aquel beso, un amor sereno, profundo y absoluto que parecía envolverlos por completo mientras el viento susurraba en torno a ellos y el resto del mundo giraba a su alrededor sin ser conscientes de ello.
Ariadna se apartó apenas unos centímetros de sus labios y lo miró a los ojos.
Durante unos segundos permanecieron así, en silencio, sonriéndose con esa intimidad tranquila.
Después, casi al mismo tiempo, se abrazaron.
Calum la rodeó con sus brazos y ella apoyó la cabeza sobre su pecho mientras ambos contemplaban el horizonte infinito que se extendía frente al acantilado.
El viento agitaba con suavidad el cabello de Ariadna y el lago reflejaba los últimos tonos dorados del atardecer. Fue ella quien rompió el silencio.
—¿Dónde has estado estos días?
La voz de Ariadna sonó suave, aunque cargada de una curiosidad que llevaba tiempo guardando. Calum bajó la mirada un instante antes de responder.
—Tenía que ocuparme de algo importante del clan.
Ella levantó apenas el rostro para observarlo mejor.
—¿Qué puede ser tan importante?
Calum sintió una leve tensión atravesarle el pecho.
Sabía que no debía contarle la verdad. Si Ariadna descubría el motivo real de aquellas reuniones y los rumores que comenzaban a extenderse por las tierras vecinas, la inquietud se instalaría en ella.
Y lo último que deseaba era verla preocupada.
Sonrió con calma y acarició sus dedos entrelazados con los de ella.
—Debo asegurarme de que, el día de nuestra boda, todas las tierras que rodean las nuestras estén protegidas.
Ariadna frunció el ceño.
—¿Existe algún peligro que no quieras contarme?
Calum sostuvo su mirada unos segundos antes de negar.
—Nada de lo que debas preocuparte.
Ella quiso creerle, pero en ese instante, como una sombra, regresó a su mente la pesadilla que había tenido.
Aquel sueño oscuro que todavía lograba erizarle la piel cuando lo recordaba.
Por un momento sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
¿Y si no había sido solo un sueño? ¿Y si era una advertencia?
La idea ensombreció el calor que llenaba su pecho.
«¡No!», se dijo. Ariadna apartó aquel pensamiento casi de inmediato, obligándose a respirar despacio mientras volvía a apoyar la cabeza contra Calum.
No era más que una pesadilla, se dijo a sí misma.