Capítulo 20 #2
Él se inclinó hacia ella y la besó, una caricia lenta y contenida que parecía nacida del miedo a romper aquel instante perfecto.
Lo hizo con una suavidad infinita, como si al tocarla intentara proteger cada herida invisible que la vida había dejado en ella.
Fue un roce pausado, cálido, cargado de una necesidad silenciosa de asegurarle que estaba allí, que jamás permitiría que volviera a sentirse sola.
Poco a poco, el beso se profundizó, la delicadeza inicial dio paso a una intensidad serena, íntima, sin perder nunca aquella ternura devastadora que hacía que todo alrededor desapareciera.
Sus labios comenzaron a encontrarse con una devoción lenta, casi reverente, como si el tiempo hubiera dejado de existir para ellos dos.
Calum la sostenía firmemente de la cintura, manteniéndola suspendida contra su pecho con un cuidado absoluto, como si entre sus brazos tuviera algo demasiado valioso para romperse.
Sus dedos se aferraban a ella con una mezcla hermosa de amor y necesidad contenida, mientras inclinaba apenas el rostro para besarla nuevamente, más despacio esta vez, saboreando cada respiración compartida.
Había años enteros de soledad escondidos en aquel beso.
Noches vacías. Silencios interminables. Tristeza acumulada detrás de miradas frías y palabras nunca pronunciadas.
Y aun así, mientras sucedía, todo aquello parecía desmoronarse con lentitud, porque Calum la besaba como quien, después de haberse perdido demasiado tiempo, encuentra por fin un lugar al que pertenecer.
El ritmo entre sus labios permaneció lento y profundo, lleno de pequeñas pausas en las que sus respiraciones se mezclaban antes de volver a encontrarse una y otra vez.
No hacían falta palabras. Aquel beso hablaba por ellos: del miedo, del alivio, del amor creciente que comenzaba a envolverlos y de la promesa silenciosa de quedarse.
Él se detuvo durante unos segundos, conteniendo la respiración mientras el anhelo de mantener para siempre entre sus brazos a la mujer que tenía frente a él le oprimía el pecho con una intensidad insoportable.
La miró despacio, como si quisiera memorizar cada pequeño gesto de su rostro antes de perderse por completo en ella.
Entonces alzó una mano y, con una delicadeza casi reverente, acarició sus labios con la yema de los dedos, rozándolos apenas.
El suave suspiro que escapó de Ariadna fue suficiente para quebrar la poca distancia que aún existía entre ambos.
Aquel sonido lo atravesó por completo, llenándolo de un deseo profundo, cálido y desesperadamente tierno.
Ariadna se aferró a su cuello con lentitud, aproximándose más a él, como si necesitara sentirlo cerca para recordar que aquello era real.
Sus dedos se hundieron entre el cabello de Calum mientras lo miraba con un anhelo imposible de ocultar, respondiendo al beso con la misma necesidad contenida con la que él la sostenía.
Calum la dejó suavemente sobre el suelo, aunque le costó apartarla de su cuerpo.
Le dedicó una sonrisa baja, cargada de una ternura peligrosa, mientras intentaba contener el incendio que ardía dentro de él.
Sabía que si seguía besándola de aquella manera terminaría perdiéndose por completo en ella.
Tomó una mano entre las suyas y entrelazó poco a poco sus dedos antes de conducirla hacia una pequeña explanada al borde del acantilado.
Desde allí las Highlands parecían infinitas: el lago oscuro brillaba bajo la luz moribunda del atardecer y el viento agitaba la hierba alta como si la montaña respirara alrededor de ellos.
Calum se sentó detrás de Ariadna y la rodeó con sus brazos, atrayéndola contra su pecho.
Con una delicadeza infinita apartó el cabello que caía sobre su hombro y dejó al descubierto la curva desnuda de su cuello.
Entonces la besó. Primero fue apenas un roce tibio de sus labios sobre su piel, lento, casi contenido.
Pero cuando sintió cómo Ariadna se estremecía entre sus brazos, algo dentro de él cedió.
Sus besos descendieron despacio por su cuello, suaves y profundos, dejando pequeñas caricias húmedas que parecían grabar cada centímetro de ella en su memoria.
Calum besaba su piel como si fuese algo sagrado, demorándose en cada roce, respirando contra ella mientras sus labios se movían con una devoción que hizo que un escalofrío recorriera el cuerpo de Ariadna.
El suspiro que escapó de sus labios fue inevitable.
—Es precioso este lugar... —murmuró ella con la respiración temblorosa, incapaz de contener otro estremecimiento cuando volvió a sentir los labios de Calum sobre su cuello.
Él sonrió contra su piel antes de besarla una vez más.
—Es mi rincón secreto. Ahora solo tú lo conoces.
Ariadna giró apenas el rostro para mirarlo.
—¿Nadie sabía de este lugar antes?
Calum negó con lentitud.
—No. Aquí me refugié durante años... después de perder a Màiri. Era el único sitio donde podía respirar sin sentir que el mundo se me venía encima. —Sus brazos la rodearon un poco más fuerte—. Pero hoy quiero que deje de ser un refugio para la tristeza. Quiero que sea nuestro rincón secreto.
Ariadna guardó silencio unos segundos. Había algo atrapado en su pecho desde hacía tiempo, una pregunta que temía pronunciar porque no sabía si soportaría la respuesta.
—Calum... —susurró al fin.
Él percibió la duda en su voz. Dejó de besar su cuello y apoyó la barbilla sobre su hombro mientras la observaba con calma.
—¿Qué quieres preguntarme?
Ariadna bajó la mirada.
—Perdóname si te molesta..., pero necesito saberlo. —Tomó aire antes de continuar—. ¿Tu corazón sigue perteneciendo a Màiri?
Durante un instante solo se escuchó el viento golpeando con suavidad el acantilado, entonces Calum sonrió, no con tristeza, sino con una serenidad cálida y absoluta. Giró a Ariadna poco a poco entre sus brazos para poder mirarla de frente y acarició su mejilla con infinita ternura.
—Mi corazón nunca dejará de guardar a Màiri como una parte importante de mi vida —dijo en voz baja—. La amé y siempre recordaré lo que significó para mí. Pero ese amor pertenece al pasado, a una parte de mi vida que terminó con ella.
Sus dedos descendieron despacio hasta entrelazarse con los de Ariadna.
—Lo que siento por ti es diferente. Está vivo.
Late dentro de mí de una forma que jamás creí volver a sentir.
Tú no ocupas el lugar de nadie porque nadie podría reemplazarte.
No eres una sombra ni un recuerdo al que aferrarme.
Eres la mujer que amo ahora... la mujer a la que amo hasta el punto de no imaginar mi vida sin ella.
Los ojos de Ariadna comenzaron a humedecerse y Calum apoyó su frente contra la de ella.
—Durante mucho tiempo confundí mi culpa con amor eterno —continuó él con la voz quebrándose apenas—.
Creía que abrir mi corazón de nuevo era traicionarla.
Me culpaba por no haber podido salvarla y convertí ese dolor en una prisión.
Pensaba que jamás volvería a amar así porque no me permitía hacerlo.