Capítulo 20
—C lavis caeli, porta inferni —repetía la fúnebre voz en eco.
En medio de la penumbra, Ariadna apretaba el colgante de media luna entre sus manos cuando, de repente, este comenzó a teñirse de sangre.
Horrorizada, lo arrojó al suelo, pero una voz profunda y fantasmal resonó en la oscuridad: «Busca la Roca del Arrepentimiento en el Lago de las Sombras.
Es un lugar donde el agua es negra como el cristal y el brezo nace tan blanco como la nieve.
Ese colgante abre la puerta al Trono de las Sombras, y el arzobispo de York lo codicia para arrodillar al mundo ante él.
Debes llevarlo a la grieta donde nace el fuego de la tierra y dejar que las llamas lo devoren. Solo así serás libre».
Ariadna se despertó con brusquedad, con la respiración agitada y un sudor frío empapándole la piel.
No había sido una pesadilla cualquiera; la nitidez de las palabras y la opresión en el pecho le advertían que aquello encerraba una verdad oculta.
«Esto no ha sido solo un sueño», pensó, con el corazón desbocado.
Tenía que averiguar el significado de esas visiones y el auténtico origen de la media luna que colgaba de su cuello.
Movida por un impulso protector, llevó la mano hacia el amuleto y lo ocultó bajo la tela de su camisón.
De pronto, un sonido nítido interrumpió sus temores: la risa franca de Calum resonaba en el patio de armas, filtrándose por la ventana de la habitación.
Quedaban apenas unos días para la boda. Tras el tenso día del juramento, Calum había partido con rapidez y en absoluto silencio junto a Fergus y Ewan.
Ni Sophia ni sus padres habían querido revelarle el destino de aquella marcha, envolviendo su ausencia en un halo de misterio que la había mantenido en vilo, recordando la extraña y distante actitud que él había mostrado en el gran salón.
Al escuchar de nuevo su voz, el corazón de Ariadna dio un vuelco.
Lo había echado muchísimo de menos. A pesar de que Sophia y Margaret no la habían dejado sola ni un instante —entreteniendo las horas con las visitas de la costurera, que daba los últimos retoques al vestido de novia—, la ausencia de Calum había dejado un vacío enorme. Pero, por fin, estaba de vuelta.
Se levantó de la cama y se asomó a la ventana.
Una sonrisa radiante dibujó su rostro al verlo allí abajo.
Calum se encontraba en el centro del patio, desprovisto de la pesada armadura, vistiendo solo una camisa de lino ligero y el kilt de su clan.
Blandía su pesada espada con una agilidad asombrosa, bloqueando los golpes de entrenamiento de sus hombres, corrigiendo sus posturas entre bromas y risas de sus camaradas.
Verlo en su elemento, despojado de la rigidez señorial y mostrando esa faceta cálida y enérgica con sus guerreros, fascinaba a Ariadna.
Entonces, movido por una fuerza inexplicable, como si pudiera sentir el peso de su mirada, Calum interrumpió un mandoble y dirigió los ojos directamente hacia la ventana del piso superior.
Sus ojos se encontraron en el aire. Calum sintió que el cansancio de los últimos días se evaporaba al verla.
Habían sido jornadas duras. El viaje junto a sus dos hombres de confianza para dar caza al traidor de Aidan había resultado infructuoso; no quedaba ni un solo rastro de él en los senderos colindantes.
Al regresar, su padre se había mostrado muy preocupado cuando Calum le confesó la escena del pasadizo y la misteriosa alianza de azabache, pero a la fugitiva parecía habérsela tragado la tierra.
Sin embargo, durante todo ese tiempo de cabalgatas bajo la lluvia y vigilias frustradas, en su mente solo había habitado ella.
Deseaba con desespero volver a abrazarla, estrecharla contra su pecho y besar su boca.
Ansiaba verse reflejado en la pureza de sus ojos, acariciar la suavidad de su mejilla y contemplar el tierno rubor que la timidez de su inocencia pintaba en su rostro.
La había echado mucho de menos. ¿Era aquello amor?
Sí. Ya no tenía sentido seguir negándolo ni escudándose en su vieja coraza: estaba enamorado de la mujer que había irrumpido en su vida para cambiarla para siempre.
Sin apartar los ojos de los de Ariadna, Calum esbozó una sonrisa auténtica, alzó la mano y le hizo un claro gesto con los dedos, invitándola a bajar para reunirse con él.
Ariadna no se demoró ni un segundo. Se aseó y se vistió a toda prisa, dejando su cabello libre y sin recoger.
Bajó las escaleras del castillo casi corriendo hasta pisar las piedras del patio de armas.
Al verla aparecer, Calum se quedó sin aliento: lucía hermosa, con una belleza salvaje y natural; su melena azabache y rizada caía en cascada por su espalda, mientras la brisa mecía con suavidad algunos mechones sobre su rostro.
Incapaz de reprimir las ganas acumuladas de tenerla cerca, Calum acortó la distancia que los separaba.
Ariadna lo esperaba algo tímida, consciente de las miradas atentas de Fergus y Ewan.
Los dos guerreros sonreían de medio lado, conmovidos al ver de regreso al amigo entrañable que creían haber perdido para siempre en aquella trágica noche de tormenta del pasado.
Sin importarle el público, Calum la rodeó con sus fuertes brazos, la alzó en vilo y dio una vuelta en el aire con ella pegada a su pecho.
—¡Calum! —exclamó Ariadna, soltando una risotada entre la sorpresa y la alegría.
Pero él no le dio tiempo a hablar, ni siquiera a reaccionar.
La besó con la desesperación de quien ha invocado esos labios en mitad de mil noches de insomnio.
Cuando por fin la devolvió al suelo, acarició su mejilla con el pulgar sin apartar la mirada de sus ojos.
Acto seguido, entrelazó sus dedos con los de ella y la guio con paso firme hacia su caballo.
Con un movimiento ágil la ayudó a subir a la montura.
—¿Adónde me llevas? —preguntó ella, aferrándose a las crines del animal, con el corazón acelerado.
—¡Ya lo verás! —respondió él con un guiño cómplice.
De un salto limpio, Calum se montó tras ella, rodeó su cintura con firmeza para tomar las riendas y espoleó al caballo, lanzándose de inmediato a un galope tendido que los alejó del castillo.
Fergus y Ewan se miraron, riendo con franca felicidad por ver a su líder recuperar la alegría. En ese momento, Sophia asomó la cabeza por el portón, atraída por el alboroto y las carcajadas.
—¿Qué ha pasado? ¿Y mi hermano? —preguntó, mirando el rastro de polvo que dejaba el caballo a lo lejos.
—Bueno..., se acaba de ir —contestó Ewan, cruzándose de brazos con una sonrisa misteriosa.
—¿Adónde?
—Esa pregunta todavía no te la puedo responder, jovencita —replicó Ewan con tono burlón.
Sophia se llevó las manos a las caderas, ofendida.
—¡Ya no soy una niña!
—¡Oh, claro que lo eres! —se mofó Fergus, soltando una carcajada mientras le daba una palmada afectuosa en el hombro.
***
El eco de los cascos se fue apagando a medida que se adentraban en el sendero oculto.
Ariadna sentía el calor de su pecho en la espalda y la seguridad de sus brazos rodeándola para sostener las riendas.
El aire fresco de la mañana traía consigo el aroma dulce de los pinos silvestres y el rocío impregnado en la tierra húmeda, anunciando que se aproximaban a un lugar apartado del resto del mundo.
Los árboles se abrieron para revelar el secreto mejor guardado de Calum.
El refugio era un rincón de una belleza suspendida en el tiempo.
Se trataba de un pequeño claro al borde de un acantilado bajo, desde donde se dominaba un valle sereno bañado por los primeros rayos del sol, que disipaban la bruma matutina con destellos dorados.
En el centro, una vieja estructura de piedra, medio cubierta por hiedra trepadora, se integraba con la naturaleza.
Este había sido su santuario durante años; el sitio donde se escondía cuando el peso de la soledad y de la tristeza se volvía insoportable.
Pero esa mañana, el velo de melancolía que siempre envolvía el lugar parecía disiparse al recibir, por primera vez, una presencia compartida.
Al llegar al centro del claro, Calum detuvo al caballo. Con un movimiento ágil y seguro, bajó de un salto, pisando el suelo firme con ligereza. De inmediato, se giró hacia Ariadna. Alzó los brazos y, tomándola con firmeza y cuidado por la cintura, la ayudó a descender del animal.
En lugar de bajarla de inmediato, Calum la mantuvo un instante suspendida en el aire, sosteniendo todo su peso con una facilidad pasmosa.
En esa acción, el tiempo pareció detenerse.
Ariadna, que había quedado a la altura de sus ojos bajo la límpida luz del amanecer, pudo ver la inmensidad de lo que significaba para él mostrarle aquel espacio.