Capítulo 19
A riadna amaneció con una sonrisa que todavía le dibujaba los labios, un reflejo dulce de la noche anterior que se desvaneció de golpe cuando la pesada puerta de madera se abrió de par en par.
Sophia irrumpió en la habitación sin llamar, exhalando un torbellino de energía matutina.
Se detuvo en seco al observar a la joven; la vio reluciente, con los ojos abiertos y un brillo inusual en la mirada.
—¿Dónde te metiste anoche? —preguntó Sophia, cruzándose de brazos con una ceja alzada—. Desapareciste de la fiesta y, curiosamente, tampoco volví a ver a mi hermano por ningún lado.
Ariadna sintió cómo un calor súbito le encendía las mejillas y se ruborizó por completo, desviando la mirada hacia las sábanas.
—Estaba... cansada. El bullicio me abrumó un poco y decidí retirarme a respirar aire fresco —improvisó, intentando sonar convincente.
Sophia la examinó con una sonrisa pícara, sabiendo que no le estaba diciendo toda la verdad, pero decidió darle tregua. Su mirada descendió por la camisola de Ariadna y sus ojos se abrieron con sorpresa.
—¿¡Todavía no te has vestido!? —exclamó, tomándola de las manos para hacerla levantar—. En breve tendrá lugar el juramento en el gran salón.
Ariadna se vistió con rapidez. Sophia, con manos hábiles y veloces, la sentó frente al espejo para peinar su largo cabello, entrelazando los mechones en una elaborada trenza que caía con elegancia sobre su espalda, despejándole el rostro.
Juntas bajaron las escaleras de piedra hacia el gran salón, un espacio imponente de techos altos sostenidos por vigas de roble ennegrecidas por el humo.
Las paredes de piedra desnuda estaban engalanadas con los estandartes de los clanes aliados, y el ambiente estaba cargado de solemnidad.
Decenas de hombres corpulentos, ataviados con sus respectivos tartanes, murmuraban en corrillos, haciendo resonar sus pesadas espadas y dagas al moverse.
Al entrar en la sala, el tumulto pareció desvanecerse para Calum.
Sus ojos verdes cruzaron el salón y se fijaron en Ariadna.
Al verla tan hermosa y serena, el guerrero sintió un vuelco violento en el corazón; la verdad era que no había pegado ojo en toda la noche, dando vueltas en su jergón mientras el recuerdo de sus labios en el bosque le quemaba la memoria.
A su lado, Fergus notó la fijeza de su mirada y le dio un codazo amistoso en las costillas.
—¡Ahora no me negarás que esa joven te ha robado el corazón, amigo! —susurró Fergus con una sonrisa cómplice.
Calum apartó los ojos a duras penas, tragando saliva.
—Creo que... podría enamorarme de ella —admitió en un murmullo cargado de honestidad.
—¿«Creo»? —Ewan, que estaba a solo un paso y escuchaba la conversación, soltó una risa ahogada en silencio, divirtiéndose a costa de su líder—. Yo creo que ya estás perdido por ella, Calum. Deja de luchar contra lo evidente.
La expresión del heredero se ensombreció y bajó la voz, compartiendo el peso que le oprimía el pecho.
—Pienso que si me enamoro de ella... de alguna manera traiciono la memoria de Màiri.
Fergus adoptó un semblante serio y le posó una mano firme en el hombro, obligándolo a escucharlo con atención.
—Màiri te amaba, Calum, y ella hubiera querido que fueses feliz hace mucho tiempo.
Siempre tendrá un lugar sagrado en tu memoria, pero tú sigues vivo.
No puedes enterrarte en vida con los que ya no están.
Es hora de dejar a tu corazón libre; libre para que vuelva a amar, a sentir y a latir por alguien más.
—¡Te lo mereces! —intervino Ewan con voz suave pero firme—. Ya has sufrido bastante por las guerras y las pérdidas. El pasado no va a cambiar, pero el futuro está ahí. Ahora es el momento de que seas feliz, ya te toca.
Calum asintió despacio, sintiendo cómo las palabras de sus hombres más leales aliviaban un rastro de la culpa que lo atormentaba.
Al otro lado del salón, Sophia se abrió paso entre la multitud para colocarse al lado de su madre.
Margaret les dedicó una sonrisa cálida a ambas, transmitiéndoles serenidad en medio de la expectación general.
Justo en ese momento, Ariadna notó una presencia sutil a su lado.
Al girarse, se encontró con Emi. La joven le infundía una profunda lástima; a pesar de ser la hermana de Lìra, Ariadna intuía que la altiva escocesa no la trataba con ningún respeto, relegándola siempre a su sombra.
Emi le ofreció una sonrisa tímida y un tanto avergonzada.
—Quería pedirte disculpas por el comportamiento que tuvo ayer mi hermana —dijo en voz baja, asegurándose de que nadie la oyera—. No estuvo bien lo que hizo.
—No te preocupes, Emi. De verdad, no me debes ninguna disculpa —respondió Ariadna con dulzura, intentando reconfortarla.
—Ella... reaccionó de esa manera tan amarga porque en el fondo siempre pensó que, por alianza y linaje, Calum se casaría con ella.
Le cuesta aceptar que el destino ha tomado otro rumbo —explicó la joven mirando de reojo hacia donde estaba su familia—.
Pero yo me alegro por vosotros. Me encantará acudir a vuestra boda si me lo permites.
Ariadna sonrió conmovida por su sinceridad.
—¡Será un honor tenerte allí! Muchas gracias, Emi.
La joven le devolvió la sonrisa y, con paso rápido, se alejó para situarse de nuevo junto a Lìra. Ariadna la vio marchar con una punzada de pena; su hermana permanecía rígida como una estatua de hielo, con los brazos cruzados y clavando una mirada fría y cargada de resentimiento directo sobre ella.
La inglesa no podía dejar de fijarse en Calum.
Recordaba sus besos, su mirada fija en la suya; sí, pensó, ella sanaría sus heridas.
Sabía que él, al acercarse a Ariadna, había abierto un poco su corazón, lastimado y dañado por un pasado lleno de sufrimientos que aún no lograba perdonarse.
Ella lo curaría con paciencia y amor, porque deseaba entregarle toda su alma al hombre que había descubierto debajo de aquella coraza de dureza y frialdad.
Desde el primer momento en la playa, supo que él era mucho más que la armadura que se empeñaba en mostrar al mundo; debajo existía un hombre de gran bondad y de corazón puro, necesitado de afecto y redención.
Calum tampoco podía apartar los ojos de ella.
Ariadna era su paz. Le sonrió desde la distancia que los separaba, anhelando que supiera que no salía de sus pensamientos y que solo ella era capaz de ocupar un corazón que él mismo se había empeñado en cerrar a cualquier mujer.
Se deshizo por completo cuando la joven le devolvió la sonrisa; fue como un pacto silencioso, una promesa de volver a amar.
Sentía que, aunque los distanciaran unos metros, estaba a solas con ella.
Podía escuchar los fuertes latidos de su propio pecho, centrados en su figura.
¿Cómo había podido estar tan ciego? Dios le estaba ofreciendo una segunda oportunidad para sanar, para volver a amar y ser amado.
Él inclinó la cabeza a modo de reverencia hacia la única mujer que sus ojos veían en aquel lugar, un gesto que Ariadna le devolvió con ternura.
De pronto, el golpe seco de un bastón de madera contra el suelo de piedra hizo que el silencio se apoderara del gran salón, obligando a Calum a centrar su atención en lo que iba a acontecer.
El jefe del clan anfitrión, el viudo Rodolf MacLaery, dio un paso al frente hacia la mesa principal, donde descansaban una pesada Biblia tallada y varios cuencos de plata pulida llenos de agua de manantial.
El ritual del juramento comenzó con toda su antigua solemnidad.
Uno a uno, los líderes de las familias y clanes aliados fueron pasando al frente.
El proceso requería que cada jefe desenvainara su dirk y posara la hoja afilada sobre las Sagradas Escrituras, uniendo así la ley de los hombres con el juicio divino.
—Por la sangre de mis ancestros, por la tierra que nos da el sustento y por el honor de mi nombre, juro lealtad eterna a esta alianza —declaró el primer laird, alzando su copa de plata antes de beber un sorbo para sellar el pacto, siendo imitado por el resto de los presentes con un rugido unísono de aprobación.
Mientras los hombres se sucedían en el estrado, el ambiente se volvía más denso.
En medio de la ceremonia, las miradas de los protagonistas se cruzaron en un triángulo silencioso y tenso: Aidan observaba el proceso con la mandíbula apretada, Calum mantenía su porte firme de líder indiscutible, y Lìra, desde un rincón, contemplaba a Calum tejiendo sus propios pensamientos mientras el destino de las Tierras Altas se firmaba con sangre, acero y promesas ante Dios.
Calum esperaba a que Aidan hiciera el juramento. Cuando llegó su turno, este avanzó con paso firme, aunque a Fraser no se le escapó la rigidez de sus hombros. Crowley desenvainó su daga y la colocó sobre la Biblia, mirando a los líderes reunidos.
—Ante Dios y ante los clanes aquí reunidos —pronunció el capitán del clan Crowley con voz clara y solemne—, juro fidelidad inquebrantable a esta alianza.
Prometo defender nuestras fronteras, proteger a vuestras familias como si fueran la mía y alzar mi espada contra cualquier enemigo común. ¡Mi acero será vuestro escudo!
Los vítores resonaron en las paredes de piedra, pero Calum no se unió a los aplausos. Sabía que mentía; los ojos de Aidan destilaban una falsedad que encendía todas sus alarmas. No se fiaba de él.
De inmediato, fue el turno de Calum. Se plantó ante la mesa con la autoridad que le correspondía por derecho y, apoyando su hoja sobre el libro sagrado, declaró:
—Por el honor de mi clan y la memoria de quienes cayeron, sello este pacto. Mi lealtad no se quiebra ni ante la espada ni ante la traición. ¡Quien defienda esta tierra será mi hermano; quien la venda, conocerá mi justicia!
Mientras pronunciaba estas palabras con voz atronadora, Calum mantuvo la vista periférica alerta. Fue entonces cuando lo vio: Aidan se escabullía con disimulo por la columnata lateral de la sala, aprovechando el barullo y la atención fija en el juramento, y cruzaba el umbral hacia el exterior.
Sin dudarlo un segundo, Calum dio por terminado su protocolo y se deslizó entre la multitud.
Se marchó sin ser visto, aprovechando las sombras de los tapices y las columnas; nadie se percató de su ausencia.
Salió de la sala principal al corredor desierto.
Al principio no vio a nadie, pero su agudizado instinto de guerrero le hizo detenerse al escuchar un crujido en la escalinata que descendía hacia los almacenes de alimentos.
Era una escalera estrecha, de piedra húmeda y fría.
Al bajar, descubrió que desembocaba en un pasadizo oculto cuya existencia desconocía por completo.
Guiado por el eco de unos pasos apresurados, avanzó en penumbra hasta que una claridad al fondo le indicó la salida: un túnel que daba justo a la orilla del río. Un punto ciego ideal para escapar, pensó Calum con rabia.
Al salir a la superficie, la escena confirmó sus peores sospechas.
Allí había un caballo ensillado, y Aidan se disponía a montar.
Sin embargo, no estaba solo; junto a él se encontraba una dama cuyo rostro permanecía oculto bajo la densa capucha de una capa.
Calum avanzó a grandes zancadas hacia ellos, con la certeza absoluta de que aquella huida era la prueba irrefutable de una traición.
—¡Aidan! —rugió.
Aidan se giró con brusquedad y lo observó con los ojos inyectados en rabia. La mujer, presa del pánico, se tensó pero no se dio la vuelta. «¿Quién es ella?», se preguntó Calum, alarmado.
—¿Te vas? ¿Así es como juras lealtad? ¿Quién es esa mujer? —espetó Fraser.
Con movimientos rápidos, Calum estiró el brazo y atrapó la mano de la mujer para obligarla a girarse y revelar su identidad.
Al verse acorralado, Aidan lanzó un golpe certero a la cara de Calum para impedir que viera el rostro de su acompañante.
El impacto hizo que Calum tambaleara, momento que la dama aprovechó para soltarse del agarre y echar a correr.
Sin embargo, justo antes de que se desprendiera por completo, la luz de la tarde arrancó un destello de sus dedos: Calum llegó a ver con total nitidez que llevaba una alianza de plata incrustada con un azabache.
Aidan no le dio tiempo a pensar, se abalanzó sobre él y ambos se enzarzaron en una feroz lucha a puñetazos.
El barro de la orilla del río se mezcló con la furia del combate.
Tras un violento intercambio, Aidan logró asestar un golpe definitivo que derribó a Calum al suelo.
Esos breves segundos de ventaja fueron suficientes para que Crowley montara de un salto en su caballo, espoleara al animal y huyera a galope tendido.
—¡Maldito seas! —gritó Calum, reincorporándose con dificultad mientras se limpiaba la sangre del labio.
Se giró con rapidez buscando a la mujer, pero ya no había rastro de ella; se había esfumado entre la maleza.
Sin perder tiempo, Calum regresó corriendo por el mismo camino de vuelta, subió las escaleras de piedra y entró con disimulo en la gran sala del juramento.
El banquete continuaba y nadie, a excepción de Ariadna, pareció notar su ausencia.
Ella lo observaba desde su sitio con una mezcla de preocupación e interrogación en la mirada.
Calum, exhausto y con el corazón desbocado, no le devolvió la sonrisa; sus ojos recorrían la sala de un lado a otro, buscando la ausencia de alguna de las damas presentes.
Para su desconcierto, no faltaba ninguna; todas las mujeres del castillo estaban allí, charlando o contemplando la celebración.
El misterio le heló la sangre: ¿quién demonios era la mujer del azabache? , pensó.
Calum estaba tan absorto en sus pensamientos que no se percató de que Ariadna se había acercado hasta ponerse a su lado. Lo miraba con el rostro contraído por la preocupación.
—¿Qué te ha pasado? —preguntó ella en un susurro, alzando la mano hacia él—. Tienes sangre en el labio.
Él reaccionó al instante; se llevó los dedos a la boca y se limpió el rastro de la pelea con disimulo, intentando restarle gravedad al asunto.
—No es nada, no tiene importancia —respondió, dedicándole una sonrisa forzada que no llegaba a ocultar la tensión de su mirada.
Acto seguido, tomó la mano de la joven entre las suyas, envolviéndola con calidez. Lo último que deseaba en ese momento era que ella se preocupara.