El juramento del highlander Capítulo 18
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Capítulo 18

E l rumor constante y amortiguado del agua fluyendo contra las rocas era el escondite perfecto.

Aidan Crowley aguardaba de pie junto a la linde del río, oculto entre los árboles.

Se había alejado lo suficiente de las antorchas y del bullicio del banquete para asegurarse de que nadie pudiera verlos.

El frío de la noche calaba los huesos, pero a él solo le importaba la ambición.

A los pocos minutos, el crujido sutil de unas ramas anunció su llegada.

Una silueta femenina, embozada en una capa oscura, emergió de la penumbra con paso apresurado.

No hubo necesidad de palabras de saludo; en cuanto estuvieron a un palmo de distancia, ambos se buscaron en un beso ardiente, cargado de una complicidad tan apasionada como retorcida.

Al separarse, Aidan no la soltó. Con dedos hábiles, le tomó la mano derecha, fijando su atención en la alianza de plata que ella lucía, coronada por un brillante azabache escocés que centelleaba bajo la pálida luz de la luna.

Sostuvo esa mano con firmeza, acariciando el metal con el pulgar.

—Estabas en lo cierto, Aidan. Tenías toda la razón —susurró ella, con una sonrisa de triunfo oculta en la penumbra.

—Siempre lo estoy, querida —replicó Crowley con una sonrisa ladeada, arrastrando las palabras con su habitual tono de suficiencia—.

Te lo dije. Por fin la suerte juega a nuestro favor.

Muy pronto podremos huir de aquí con los bolsillos llenos, y de paso acabaremos de una vez por todas con Calum Fraser y la arrogancia de su clan.

La mujer entornó los ojos, asimilando las implicaciones de sus palabras. El odio hacia los Fraser vibraba en su voz.

—¿Cuándo partirás? —inquirió, aferrándose al jubón de Aidan.

—Mañana mismo, justo después de que se selle el maldito juramento de lealtad. Hilton me aguarda en el límite del valle y no es hombre al que le guste esperar. Tiene poca paciencia.

—¿Cuál es el plan exacto entonces? No podemos cometer errores ahora que Donald Fraser ha anunciado esa estúpida boda —dijo ella, con una mezcla de impaciencia y frialdad calculada.

Aidan soltó una risa queda, un sonido sordo que se camufló con el discurrir del agua.

—Esperaremos a que se celebre la boda. Dejaremos que Calum crea que ha ganado, que está a salvo y que tiene una esposa que proteger. Será entonces, cuando bajen la guardia en mitad de las celebraciones, que llevaremos a cabo el ataque definitivo, guiados por las tropas de Hilton.

La mujer asintió despacio, sopesando cada movimiento. Sin embargo, una duda pareció asaltarla.

—¿Y qué hay del arzobispo de York? —preguntó en un susurro afilado—. Ella es su pieza más valiosa...

—Hilton se encargará de despachar un mensajero directo a York para avisar al arzobispo de que la fugitiva ha sido localizada en territorio Fraser —la interrumpió Aidan, apretando su mano con una codicia desbordante—.

Eso avivará el fuego. El inglés enviará a sus hombres a reclamarla, y mientras los Fraser se desangran defendiendo a la mujer, nosotros cobraremos nuestra recompensa y desapareceremos hacia la frontera.

Nos espera una vida nueva lejos de estas tierras.

La perspectiva del oro y de la caída de Calum encendió una chispa de adoración en los ojos de la dama. Se inclinó hacia él y volvieron a besarse, sellando un pacto de sangre y traición con una frialdad absoluta.

Al romper el contacto, ella se recolocó la capucha para ocultar sus facciones y, sin mirar atrás, se escabulló con rapidez por un sendero oculto que ascendía hacia la parte trasera del castillo.

Aidan se quedó estático unos minutos más en la orilla, escuchando el río.

En su rostro se dibujaba una expresión de triunfo; ya saboreaba la victoria y el declive del heredero de los Fraser.

Satisfecho, se dio la vuelta y se dirigió hacia la fortaleza por un camino opuesto, asegurándose de que nadie pudiera asociar sus pasos con los de su cómplice.