El juramento del highlander Capítulo 17 #5
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Capítulo 17 #5

Se separó despacio, regalándole una última mirada, pero antes de que la distancia se volviera real, Ariadna, movida por un impulso incontrolable, lo rodeó con sus brazos y lo estrechó contra sí.

Posó la mejilla sobre su hombro. Hacía apenas unas semanas ese hombre no significaba nada para ella; era un extraño en su mundo.

Sin embargo, ahora, a medida que se adentraba en sus silencios y descubría su verdadera esencia, todo había cambiado.

Bajo la armadura del guerrero, había hallado a un hombre honesto, lleno de bondad, pero que también cargaba con heridas del pasado que necesitaban sanar.

Fue esa mezcla de fuerza y vulnerabilidad lo que terminó por derribar sus defensas, haciéndola comprender, con una certeza que le recorrió el cuerpo, que se estaba enamorando de él.

Al sentir el cuerpo de Ariadna contra el suyo, un fuego abrasador e inesperado se encendió en el interior de Calum.

Ese abrazo, desinteresado y tierno, terminó por derribar el último dique de su resistencia; el deseo irrefrenable de fundirse con ella, de reclamar sus labios y de no callar más lo que empezaba a dictar su corazón se volvió una fuerza imposible de contener.

Con esa urgencia latiéndole en las venas, él envolvió la mano de Ariadna con la suya, guiándola con una firmeza suave pero decidida lejos del bullicio de la fiesta.

La condujo hacia la linde del bosque cercano, donde el eco de la música y las voces se amortiguaban hasta convertirse en un murmullo lejano.

Allí, bajo el palio de las ramas, se detuvieron junto al tronco rugoso de un viejo roble milenario.

Con una lentitud deliberada, Calum la ayudó a apoyarse de espaldas contra la corteza, protegiéndola a la vez con su propio cuerpo para aislarla por completo del resto del mundo.

El guerrero alzó ambas manos y acunó las mejillas de la joven; la calidez de sus palmas contrastó de inmediato con la brisa fresca de la noche.

Sus pulgares acariciaron sus pómulos con una finura insólita en un hombre de armas, mientras sus ojos verdes descendían para recorrer su boca, delineándola en el silencio.

Cediendo por fin al impulso, sus labios buscaron primero su mejilla en un roce trémulo, para luego descender con suavidad por la curva de su cuello.

Cada caricia de su boca contra la piel expuesta hacía que Ariadna suspirara de puro deseo, aferrándose a sus hombros mientras el mundo exterior desaparecía.

Cuando Calum regresó a su rostro, el beso comenzó como un tanteo sutil, un roce tentativo que buscaba el permiso que los ojos entornados de Ariadna ya le habían concedido.

Entonces sus labios se entrelazaron con una entrega absoluta.

Al sentir la calidez y la humedad de su boca, un fuego abrasador devoró las últimas reservas de Calum; la atrajo más hacia él, necesitando el calor de su cuerpo para calmar el suyo.

Ariadna sintió que el corazón le subía a la garganta.

Una ola de calor intenso se extendió por su pecho mientras se aferraba a los brazos de él, dejándose arrastrar por la marea de sensaciones, consciente de que ese beso no era solo un pacto secreto, sino la comunión abierta de dos almas que decidían dejar atrás el pasado para sanar juntas.

Cuando se separaron apenas unos milímetros, jadeantes, la respiración de ambos se mezclaba en el aire de la noche, sellando una promesa que ya no necesitaba palabras.

Calum supo en ese instante que tenía que detenerse.

Aquel encuentro le había demostrado que la joven que sostenía entre sus brazos significaba mucho más de lo que jamás se atrevió a imaginar; su inocencia, su bondad y su autenticidad habían desarmado por completo su armadura de líder.

La miró con una ternura infinita y sonrió.

Deslizó su mano para entrelazar sus dedos con los de ella y elevó el dorso de su mano para depositar un beso suave en sus nudillos.

—Deberíamos irnos... —dijo, con la voz ligeramente ronca.

—¿Ya...? —murmuró Ariadna con los ojos brillantes, deseando en secreto que él la siguiera besando.

Calum sonrió ante la adorable inocencia de su respuesta, aunque el esfuerzo por contenerse le tensó la mandíbula.

—¡Sí, ya! Si vuelvo a besarte ahora... me será imposible dejarte ir esta noche... —dijo mientras acariciaba su mejilla.

Ariadna lo observó en silencio, con una mezcla de ingenuidad y timidez, asimilando el peso de sus palabras.

Calum, sin embargo, era muy consciente del deseo latente que sus besos habían encendido en ambos; sabía que prolongar su estancia en la intimidad de aquel refugio sería una imprudencia.

El eco de sus propios impulsos le advertía que estaba al límite de sus fuerzas y que contener el anhelo de unirse con ella requería de toda la disciplina que poseía como guerrero.

Por respeto a ella y a la delicada situación que los rodeaba, debía ser el ancla que los devolviera a la realidad antes de que la pasión borrara cualquier rastro de cordura.