El juramento del highlander Capítulo 17 #4
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Capítulo 17 #4

Entre los aplausos y vítores de los guerreros, Sophia buscó el rostro de Lìra.

La joven del clan aliado palideció un instante; sus ojos delataron una profunda contrariedad, pues siempre había creído que ella sería la elegida para desposar al futuro líder.

Sin embargo, Lìra forzó una sonrisa fingida y alzó su copa, disimulando su orgullo herido con la destreza de quien conoce las normas de la diplomacia entre clanes.

MacLaery, seguido del resto de clanes amigos, dio la enhorabuena a Donald y, mientras levantaban sus bebidas, algo distrajo a Calum, se giró despacio y sus ojos chocaron con los de Aidan, a quien no había visto en todo el día, ni en las competiciones ni en la cacería.

Este lo observaba desde la penumbra de un arco de piedra, con una sonrisa ambigua y cargada de un interés demasiado afilado.

Calum no bajó los ojos; al contrario, le sostuvo la mirada con una fijeza amenazante, un aviso silencioso de advertencia que hizo que el ambiente entre los dos hombres se volviera denso y peligroso.

Aidan se aproximó con lentitud, arrastrando los pasos con una parsimonia calculada que buscaba provocar. Se detuvo a escasos centímetros de Calum, quien se había alejado de la muchacha para que no pudiese oír su conversación ni fijarse en él, no quería que ella lo recordara.

—¿Así que te casas? ¿Con la joven forastera... o debería decir la «fugitiva»? —soltó Aidan en un susurro cargado de veneno.

El impacto de sus palabras fue inmediato.

La paciencia de Calum, ya al límite por el cansancio y la presencia del hombre, se quebró.

Antes de que Aidan pudiera dar un paso atrás, Calum lo agarró por las solapas del jubón con una fuerza brutal, estampándolo contra el pilar de piedra más cercano.

El sonido del impacto fue seco. Los dedos de Calum se cerraron en la tela como garras de acero y sus ojos verdes chispearon con una furia ciega, la mandíbula tan apretada que los músculos del cuello se le tensaron como cuerdas.

—¡No vuelvas a hablar así de mi futura esposa!

—siseó Calum, con una voz que era un rugido bajo y sordo, directo a su rostro—.

¡Vuelve a insultarla, vuelve a sugerir lo que no debes, y te juro por los huesos de mis antepasados que te degollaré aquí mismo!

¡No me importará el juramento, ni tu clan ni las leyes de hospitalidad! ¿Me has oído?

Aidan alzó las manos en un gesto de aparente rendición, aunque la burla no desapareció del todo de sus ojos, a pesar de que el aire le faltaba en los pulmones por la presión.

—¡Está bien, tranquilo! —consiguió decir, tragando saliva con dificultad—. Baja las manos... Solo constato una realidad. No te enfades conmigo por decir la verdad: sabes que la están buscando, y no tardarán en dar con ella.

Calum lo sostuvo un segundo más contra la piedra, queriendo aplastar su arrogancia, antes de soltarlo de un empujón que hizo tambalear a Aidan. Se enderezó, recuperando una postura imponente, y lo miró desde arriba con absoluto desprecio.

—¡Pues si la buscan, tendrán que pasar primero por encima de mi cadáver!

—replicó Calum, con una frialdad cortante—.

Y no solo el mío. Mañana, todos los clanes de estas tierras uniremos nuestras espadas bajo un mismo juramento.

Quien venga a por ella tendrá que enfrentarse a un ejército entero.

No creo que se atrevan a cruzar nuestras fronteras; pero si lo hacen, te aseguro que no me temblará el pulso para arrancarles la cabeza a ellos...

y a cualquiera que les haya servido de confidente.

Aidan se recolocó la ropa, asimilando la advertencia. La mirada de Calum seguía siendo una promesa de muerte que dejó helado el aire entre ambos.

—Hay algo extraño en ella, he cruzado mi mirada con tu prometida y no me ha reconocido.

—¡No te acerques a ella! ¿Me has oído?

Aidan observó cómo el guerrero se marchaba. Al menos sus sospechas eran ciertas, pensó.

Calum se alejó de Aidan. Se aproximó a Ariadna y le tendió la mano con una reverencia formal. El baile había comenzado.

—¿Me concederías este baile, mi prometida? —preguntó, con un brillo tierno en los ojos.

Ariadna aceptó, dejándose guiar hacia el centro del círculo formado alrededor de la gran fogata principal.

A su lado, las parejas giraban y avanzaban al compás de la música, pero para ellos dos el ritmo frenético de la música y la danza se transformó en un espacio de absoluta intimidad.

Calum la tomó por la cintura con firmeza pero sin brusquedad, adaptando sus pasos de guerrero a la delicadeza de los movimientos de ella.

—Lo estás haciendo muy bien —le susurró al oído, mientras daban un giro que hizo volar la falda del vestido de lana.

—Es fácil si me guías tú —respondió ella, clavando la mirada en el verde intenso de sus ojos, sintiendo que el corazón le latía con fuerza en el pecho.

—Ojalá este viaje no fuera tan peligroso, Ariadna —murmuró él, con una voz ronca que apenas compasaba el murmullo de las gaitas.

Con un movimiento sutil pero firme, la atrajo hacia sí, acortando la distancia un poco más de lo que dictaba la danza, hasta que pudo sentir el calor de su respiración—.

Ojalá nos hubiéramos conocido en otras circunstancias, lejos de alianzas, de secretos y de guerras entre clanes.

Ella alzó la mirada. El roce de su mano en la cintura y la firmeza de su pecho contra el suyo le dieron una oleada de valentía que nunca creyó poseer.

—No me importa el peligro... si estás cerca —confesó con absoluta honestidad.

Al pronunciar aquellas palabras, un leve rubor tiñó sus mejillas, asustada de su propia audacia, pero sosteniéndole el pulso con la mirada—.

Con este vacío en mi memoria, el mundo me parece un lugar hostil, pero cuando estoy contigo... el miedo desaparece.

Calum se detuvo a mitad de un paso, rompiendo la inercia del baile.

La música siguió sonando a lo lejos, pero para ellos el tiempo se congeló.

El guerrero la contempló con una ternura tan profunda que a Ariadna se le cortó el aliento.

Él acarició el hombro de la joven, sintiendo la suavidad de la lana y la calidez de su piel.

—Creo que podría enamorarme de ti, Ariadna —susurró él, soltando la confesión como si fuera un secreto sagrado que ya no podía retener en el pecho.

A la joven le dio un vuelco el corazón. El impacto de sus palabras fue tan intenso que sintió una especie de vértigo, una maravillosa incredulidad que la obligó a pestañear, temiendo que todo fuera producto de un hermoso sueño.

—¿Qué... qué has dicho? —preguntó en un hilo de voz, necesitando con desesperación escuchar la certeza de sus labios.

Calum desvió la mirada un milisegundo, arrepentido por haber roto la coraza de su prudencia de líder.

—Perdona, no debí... He sido un insensato al hablar de más en mitad de esta situación. No quería abrumarte...

Sin embargo, Ariadna no lo dejó retirarse. Con un gesto rápido y tierno, subió la mano que tenía libre y la posó con suavidad sobre la mejilla de Calum, obligándolo a volver a mirarla. Sus dedos acariciaron la línea de su mandíbula.

—¡Repite lo que has dicho, Calum! Por favor.

El guerrero suspiró, rindiéndose por completo ante la calidez de su tacto. Clavó sus ojos en los de ella con una fijeza que desnudaba su alma, mostrando toda la vulnerabilidad que siempre ocultaba al resto del mundo.

—He dicho que creo que podría enamorarme de ti. Que cada vez que te miro, olvido mis deberes, mi linaje y el pasado. Que solo existes tú. Y creí que no volvería a sentir esto... Creí haberlo olvidado.

Una sonrisa radiante, pura y cristalina iluminó el rostro de Ariadna. La opresión que había sentido durante todo el día en el patio se disolvió por completo, reemplazada por una felicidad que le ensanchó el pecho.

—Creo... —Ariadna sonrió.

—¿De qué ríes...?

—De que yo también creo que podría enamorarme de ti —respondió ella, con los ojos brillando con una intensidad que rivalizaba con la luz del fuego—. De hecho, no me resultaría nada complicado entregarte mi corazón.

Calum alzó una ceja, y una sonrisa ladeada y profundamente cautivadora dibujó sus labios.

—¡¿Ah, no?! —inquirió en un susurro divertido, retándola con la mirada.

—No —repuso Ariadna, sosteniéndole el pulso con una valentía que le encendió las mejillas—. Porque, a pesar de las sombras y de este vacío, hay algo en ti que me atrajo desde el primer día. Algo que me hace sentir a salvo.

—¿Y se puede saber qué es? —insistió él, dando un paso casi imperceptible que eliminó cualquier rastro de distancia entre sus cuerpos.

Ariadna soltó una pequeña risa y negó con la cabeza.

—No quieras saberlo todo antes de tiempo, escocés.

—¿Antes de tiempo? —repitió Calum, con los ojos fijos en el rostro de la joven, fascinado por su juego.

—Si cuando regresemos y nos casemos sigues creyendo que podrías enamorarte de mí... entonces y solo entonces te lo diré.

Calum sonrió dejando escapar una expresión de absoluto alivio y profunda complicidad.

Con delicadeza, tomó la mano de Ariadna y la apretó contra su propio pecho, justo donde su corazón latía con la misma fuerza que el de ella.

Entonces, rompiendo el compás de la espera, Calum se inclinó despacio.

Ariadna contuvo el aliento cuando sintió la calidez de su respiración rozar su piel antes de que él posara su boca en su mejilla, en un beso lento, pausado y tan cerca de la comisura de sus labios que ella se estremeció por completo, sintiendo un escalofrío recorrerle la espalda.

Aunque Calum experimentó un deseo arrollador y una necesidad imperiosa de girar el rostro apenas unos milímetros para besarla de nuevo en la boca con toda la verdad que le colmaba el pecho, se contuvo por puro respeto hacia ella.

Sabía que, en ese preciso instante, el anuncio de su padre seguía fresco en el aire y que decenas de miradas curiosas y agudas de los clanes permanecían enfocadas en ellos.