Capítulo 17 #3
El silencio volvió a instalarse entre ellos, pero ya no era incómodo. Calum la observó de perfil con interés. La luz de la luna iluminaba las facciones de la joven, desvelando en sus ojos una sombra de fatiga que lo preocupó.
—Intuyo que te pasa algo más, Ariadna. Sé que no has descansado bien.
Ella bajó la cabeza, dudando entre guardarse sus temores o sincerarse ante el hombre que ponía su mundo del revés. Al final, la necesidad de desahogarse venció a la prudencia.
—Es una pesadilla... —confesó con un hilo de voz—. Últimamente me despierta de madrugada y luego me resulta imposible volver a conciliar el sueño.
—Entiendo —dijo él, ladeando el cuerpo hacia ella, mostrando una atención absoluta—. ¿Cómo es esa pesadilla?
—Una anciana de rostro borroso me tapa la boca con fuerza...
—Ariadna se abrazó a sí misma, recordando el horror del sueño—.
Me sujeta para que no grite mientras, a pocos metros, me veo obligada a presenciar cómo alguien muere bajo las llamas, atrapado en la oscuridad.
No logro distinguir quién es la persona que se quema, pero me produce una tristeza tan inmensa que me arde el pecho. Tampoco sé quién es esa mujer.
—Quizá sea un fragmento de tu memoria —sugirió Calum con tono grave—, algo real que ocurrió en tu pasado y que tu mente intenta procesar.
—No lo sé, y eso es lo que más me atormenta. Este vacío... me hace sentir como una extraña en mi propio cuerpo. No saber quién soy me debilita.
Un escalofrío violento recorrió el cuerpo de Ariadna. El viento soplaba con fuerza. Al notar su temblor, Calum tomó el pesado plaid de lana de su clan y, con delicadeza, lo colocó sobre los hombros de la joven. El tejido aún conservaba el calor corporal del guerrero.
—Gracias —susurró ella, hundiéndose en la prenda, embriagada por su cercanía.
Calum la miró con ternura y clavó la vista en la inmensidad del cielo.
—De pequeño, cuando mi padre me entrenaba para ser el futuro líder, yo tenía muchas pesadillas —recordó con una sonrisa nostálgica—.
Despertaba gritando, asustado por las batallas que aún no había librado.
Mi madre subía a mi habitación, me envolvía en su manta y siempre me decía lo mismo: «Calum, si alguna vez el mundo se vuelve demasiado oscuro o algo atormenta tu alma, sal y mira al cielo.
Dios ha colgado las estrellas para recordarnos que ninguna noche es eterna.
Siéntate, calla el miedo y espera; porque, o bien Él te hablará a través del viento, o bien te llenará el corazón con una paz que los hombres no pueden comprender».
Ariadna sonrió, conmovida por la mística que envolvía la memoria de la madre de Calum. Se giró hacia él, descubriendo una faceta vulnerable en el guerrero que rara vez mostraba al mundo.
—Tu madre es una mujer muy sabia —murmuró ella, buscando sus ojos—. ¡Ojalá pudiera tener un recuerdo así!; algo que me devolviera la paz cuando el mundo se desmorona.
Calum extendió una mano y, venciendo la distancia física que se habían impuesto tras el beso, rozó con suavidad los dedos de Ariadna, que estaban sobre una piedra. Su tacto era firme, una presencia de fuego contra el frío de la noche.
—No necesitas un recuerdo para estar a salvo, Ariadna —dijo él, mirándola con una intensidad que le encendió las mejillas—. Mientras recuperas tu memoria, puedes usar mi fuerza. Deja que mis vivencias te cuiden si las tuyas te fallan. No estás sola en mitad de esto.
Ariadna sintió que las últimas defensas de su corazón se derretían. Despacio, giró la mano para entrelazar sus dedos con los de él, aceptando ese pacto silencioso bajo el firmamento.
—¿Acaso tus recuerdos pueden llenar el vacío de los míos? —preguntó la joven con un hilo de voz.
—No —admitió él, apretando el agarre con delicadeza—, pero harán que no te sientas vacía. Los míos formarán parte de ti hasta que los tuyos decidan regresar.
Ariadna sonrió, reconfortada por la calidez del gesto.
—Está bien. Cuéntame más sobre tu infancia. Tu padre... ¿siempre ha sido tan rígido contigo?
Calum se sorprendió de que ella lo hubiera notado tan rápido. Desvió la mirada hacia las luces lejanas del patio antes de responder.
—Sí. Desde que tuve fuerza para sostener una espada de madera me exigió comportarme como un líder. Se olvidó de que yo solo era un niño que necesitaba aprender a su propio ritmo, no un soldado maduro desde la cuna. Cada error mío era una debilidad para el clan.
A Ariadna se le encogió el corazón al imaginar al pequeño cargando con el peso de un legado tan implacable. Sintió una inmensa ternura hacia el hombre en el que se había convertido a pesar de esa severidad.
—Fue él el que quería que te casases, ¿verdad?
—Así es.
—¿Y por qué tanta prisa si no habías encontrado a la mujer adecuada? —inquirió ella—. ¿Por qué es tan vital este juramento?
—Nuestras tierras están amenazadas —explicó Calum, endureciendo el tono—.
Varios clanes rivales se están aliando en secreto con la Corona inglesa para arrebatarnos el territorio a cambio de favores reales.
El juramento de mañana es para unir nuestras fuerzas y establecer una muralla que ningún ejército pueda atravesar.
Mi padre se ve mayor; sabe que los otros jefes no confiarán plenamente en un líder joven si no demuestra estabilidad, si no está casado ni asegura un heredero.
—¿Un heredero? —Ariadna se tensó, consciente de los límites de su acuerdo—. Pero si nosotros nos casamos... no habrá tal heredero...
Calum sonrió de medio lado, una expresión tranquila y protectora.
—¡No, no lo habrá! Tranquila, nuestro trato sigue en pie. Pero los jefes de los clanes no necesitan saberlo ahora. Lo importante es el juramento de lealtad de mañana; debemos asegurar la alianza por el bien de todos.
Ariadna desvió un instante la mirada hacia las hogueras antes de volver a clavar sus ojos en los de él, con una pequeña sonrisa jugando en sus labios.
—Lìra cree que te vas a casar con ella —soltó, con un tono en el que se mezclaban la diversión y una sutil punzada de curiosidad.
A Calum le hizo gracia aquella afirmación. Una sonrisa asomó a su rostro, borrando por un momento la rigidez de su perfil de guerrero.
—Intuyo que ya os han presentado.
—Sí, y he de decir que... —Ariadna lo miró de hito en hito, suavizando el gesto— no creo que esa mujer fuera a hacerte feliz, Calum.
—¡Ja, ja, ja! Yo también lo creo —admitió él en un susurro, sin apartar los ojos de ella, fascinado por la franqueza de sus palabras.
—¿Tu padre llegó a hacer albergar al viejo MacLaery alguna esperanza de que os uniríais en matrimonio?
—No de manera formal —explicó Calum, sopesando sus palabras mientras el viento de la noche agitaba sus cabellos—, pero la profunda amistad que une a ambos clanes es antigua. Lo más probable es que ese pacto se hubiese sellado por el bien de las tierras si yo no hubiese aparecido contigo.
—Entiendo... Por eso tengo la firme certeza de que a Lìra no le gusta en absoluto mi presencia aquí. Me mira como si intentara descifrar un enigma.
Calum acortó la mínima distancia que los separaba. El calor que desprendía su cuerpo era el único refugio contra el frío de la noche, y el ambiente entre ambos se volvió denso, envuelto en una intimidad que parecía dejarlos solos en mitad del valle.
—Lìra es muy astuta —advirtió él, bajando la voz—. Seguro que intuye que tu presencia en nuestro castillo no se debe a que seas una protegida. Sabe que hay algo más.
Ambos se miraron en silencio. Calum seguía sin soltar la mano de la joven; sus dedos, curtidos por el acero y las batallas, trazaban caricias lentas y delicadas sobre la piel de Ariadna.
Le gustaba ese contacto físico, la textura suave de sus manos y la forma en que encajaban a la perfección con las suyas.
Ariadna, por su parte, sentía cada roce como un pequeño chispazo eléctrico que le recorría el brazo.
Lejos de apartarse, entrelazó sus dedos con los de él, deseando con todas sus fuerzas que ese momento no terminara nunca y que él jamás retirase su mano.
—Creo que debemos acercarnos —dijo Calum, poniéndose en pie—. El baile está por comenzar y mi padre quiere anunciar nuestro compromiso y la próxima boda. Su plan es que nos casemos en cuanto regresemos al castillo.
Ariadna sintió un vuelco de ansiedad en el estómago.
—Será complicado... y agobiante. ¿Todos los que están aquí asistirán?
—Lo sé, y sí, asistirán todos —interrumpió él, tomándola de la mano de nuevo y dándole un suave apretón para transmitirle seguridad—. Habrá ojos vigilándonos a cada segundo, pero yo estaré junto a ti. No te soltaré.
Sostuvieron la mirada un instante, un lazo invisible estrechándose entre ambos, antes de descender hacia el banquete.
El patio de armas bullía con la música de las gaitas y el calor de las grandes hogueras.
Calum, sin soltar la mano de Ariadna, se posicionó al lado de su padre.
La joven sintió la mirada de odio de Lìra.
Entonces Donald, observando que su hijo ya estaba con la joven, dio un paso al frente sobre la tarima, alzó su pesada jarra de metal para reclamar la atención de los presentes y, con una voz profunda, acalló el murmullo del patio.
—¡Escuchadme! Hoy, bajo las estrellas de nuestros antepasados y ante la mirada de todos vosotros, me complace anunciar el compromiso formal de mi hijo y heredero Calum con Ariadna.
Esta unión fortalecerá nuestra sangre y nuestro destino.
Los lazos quedan sellados esta noche, y la boda se celebrará con los ritos que nos corresponden en cuanto regresemos a nuestras tierras. ¡Brindad por el futuro del clan Fraser!