El juramento del highlander Capítulo 17 #2
56%

Capítulo 17 #2

Fue en ese preciso instante cuando Ariadna cruzó el umbral hacia el patio.

Al dar un paso hacia allí parpadeó un poco, encandilada por la cruda luz del mediodía y un tanto aturdida por el bullicio que terminaba de espabilarla del letargo de la noche.

Llevaba el cabello recogido de forma sencilla, apenas sujeto en la nuca para despejarle la cara.

Se quedó quieta unos segundos, sintiéndose pequeña y desorientada en mitad de aquel ajetreo de siervos, cazadores y humo.

Sin embargo, Margaret no tardó en reparar en su presencia.

Desde su puesto junto a los grandes telares, la matriarca le dedicó una sonrisa cálida y alzó una mano, haciéndole una seña cariñosa para que se refugiara con ellas.

Ariadna exhaló un suspiro de alivio. Agradecida por encontrar un cobijo seguro en medio de tanta agitación, cruzó el patio con paso apresurado y se unió al círculo de mujeres.

De inmediato, Sophia le hizo un hueco a su lado en el banco de madera y, casi sin romper el ritmo de la charla, le pusieron en la falda una cesta de mimbre.

Su tarea era sencilla pero constante: desgranar espigas de cebada y limpiar la tierra de las hortalizas que irían directas a los calderos.

Aunque Ariadna se esforzaba al máximo por sumergirse en la cadencia de la conversación, asentía a los comentarios de las ancianas y forzaba una sonrisa ante las ocurrencias y risas de Sophia, su mente estaba en otra parte.

Sus manos trabajaban con inercia propia porque, de manera inevitable, cada pocos minutos su mirada se desviaba de reojo hacia la linde del bosque.

Allí, donde los pinos se volvían oscuros y densos, era justo el punto por donde los guerreros, y Calum al frente de ellos, aparecerían.

La joven notó el peso de una mirada fija en ella.

Al levantar la vista, vio aproximarse a una muchacha muy hermosa, de cabello rubio y ojos gélidos, seguida de cerca por otra de porte más tímido.

Ambas se detuvieron frente a ella, rompiendo de golpe el pacífico círculo de las mujeres.

—¡Así que tú debes de ser la famosa protegida del clan Fraser! —soltó Lìra, midiéndola de arriba abajo con una sonrisa que no auguraba nada bueno.

Sophia, que no había perdido detalle de la escena, intervino de inmediato. Se colocó con sutileza entre ambas, adoptando una postura protectora pero formal para hacer las presentaciones.

—Ariadna, ellas son Lìra y Emi MacLaery, hijas de nuestros anfitriones. Lìra, Emi, ella es Ariadna.

Margaret, que observaba con atención desde su asiento, intervino con voz serena y firme para dejar clara la posición de la joven.

—¡Y es una más de nuestra familia! —añadió, dedicándole a Ariadna una sonrisa cálida que pretendía infundirle ánimos.

—Ariadna... —repitió Lìra, saboreando el nombre como si buscara un defecto en él—. Un nombre inusual para estas tierras. No suena a ningún clan que yo conozca. ¿De dónde dices que es tu familia?

A la joven la incomodaba la atención desmedida de ambas mujeres, en especial del escrutinio frío de Lìra. Sintió un nudo en el estómago, consciente de que no tenía una respuesta real que darle.

—Yo... no estoy muy segura —respondió, intentando mantener la voz firme a pesar de la opresión en el pecho—. Tuve un contratiempo en el camino y mis recuerdos son algo confusos.

La muchacha MacLaery arqueó una ceja, fingiendo una compasión que sonó del todo artificial.

—¿Confusos? ¡Qué conveniente! —comentó con un deje de ironía, cruzándose de brazos—. Un viaje largo hasta aquí con el heredero de los Fraser, y ahora una memoria selectiva. Desde luego, has sabido buscarte buenos protectores. Calum no suele perder el tiempo con extraños...

—¡Lìra, creo que estás siendo un poco impertinente con nuestra protegida! —la cortó Margaret con un tono severo que denotaba su creciente molestia.

Emi, notando la hostilidad de su hermanastra, tiró de la manga de Lìra con el rostro encendido por la vergüenza.

—Hermana, por favor, no seas descortés... Son nuestros invitados y padre se molestará mucho contigo si te excedes —susurró con timidez, antes de dedicarle a Ariadna una mirada rápida llena de disculpa—. ¡Bienvenida a nuestro hogar, Ariadna!

—Gracias —correspondió la joven, aliviada por encontrar un destello de amabilidad en mitad de aquel interrogatorio.

Lìra apartó el brazo del agarre de su hermana con un gesto seco, sin desviar los ojos de su objetivo.

—Solo tengo curiosidad, Emi. Mañana nuestros clanes sellarán un juramento sagrado de sangre y lealtad. Es natural que queramos saber quién se sitúa a nuestra mesa y quién acapara las atenciones del futuro líder.

Sophia dio un paso al frente, entornando los ojos con una frialdad que rivalizaba con la de Lìra.

—¡Ariadna se sienta a nuestra mesa porque mi padre y mi hermano así lo han dispuesto, Lìra! Y en las Tierras Altas, la palabra de un Fraser es más que suficiente para garantizar el honor de cualquiera. ¿No estás de acuerdo?

El ambiente entre las jóvenes se volvió denso, una guerra silenciosa de miradas que dejó claro que la presencia de Ariadna en el castillo no iba a pasar desapercibida para nadie. Al fin Lìra dio media vuelta con gesto altivo y se alejó arrastrando a Emi consigo.

La muchacha por fin pudo soltar el aire que retenía en los pulmones. Margaret, en un tierno gesto de apoyo, acarició el brazo de la joven y le sonrió con dulzura para tranquilizarla, pero Sophia no tardó en inclinar de nuevo la cabeza hacia ella.

—¡Está muerta de celos! —aseguró en un susurro cómplice—. Siempre albergó la firme esperanza de casarse con Calum, y ahora que te ve a ti, te considera una amenaza directa. Ya verás cuando mi padre anuncie vuestro compromiso esta noche; no pienso perderme por nada del mundo la cara que va a poner.

—¡Sophia! —la regañó Margaret, frunciendo el ceño—. ¿No te das cuenta de que tus comentarios no ayudan a que esté tranquila en este lugar? ¡Bastante presión tiene ya!

Ariadna esbozó una pequeña sonrisa agradecida por la complicidad de la menor de los Fraser.

Sin embargo, la verdad era que aquello la había dejado muy tensa.

En el fondo de su corazón, empezó a desear con fuerzas que la cacería terminara y apareciese Calum; se daba cuenta de que, cuando él estaba cerca, se sentía protegida como para enfrentarse a todo y a todos.

El día avanzó entre el rumor de las conversaciones femeninas y el trabajo incansable, hasta que el eco de los cuernos de caza anunció el regreso de los hombres.

El patio de armas se convirtió en un torbellino de vítores cuando Calum y los guerreros cruzaron las puertas de la fortaleza, arrastrando sobre un armazón de madera un jabalí enorme, de pelaje hirsuto y colmillos afilados.

Los hombres venían sudorosos, con las botas manchadas de barro y los rostros encendidos por la adrenalina de la persecución.

Calum desmontó con agilidad y entregó las riendas de su caballo a uno de los muchachos del establo.

Al sacudirse el polvo del camino, sus ojos, casi por instinto, buscaron un punto concreto entre la multitud de mujeres.

Ariadna estaba allí, sosteniendo aún la cesta de mimbre.

Cuando sus miradas se cruzaron, el bullicio del patio pareció desvanecerse para ambos.

Fue un instante efímero, pero cargado de electricidad; los ojos oscuros de Calum arrastraban la fatiga de una noche en vela y la intensidad de la caza, mientras que la mirada de Ariadna contenía una mezcla de alivio y muda expectación.

Ninguno de los dos sonrió, pero la tensión que los unía se estiró como una cuerda invisible antes de que él tuviera que volverse para atender los vítores de los distintos clanes participantes.

Pronto, los siervos se llevaron la pieza hacia las cocinas exteriores para limpiarla y prepararla.

Las inmensas hogueras del patio de armas se encendieron, alzando lenguas de fuego dorado que desafiaban la penumbra del valle y teñían de rojo las viejas murallas de piedra de los MacLaery.

El aire se llenó del aroma a carne asada, resina quemada y cerveza de brezo.

Calum cumplía con su deber de líder, moviéndose entre los hombres del clan y los jefes de las familias aliadas, compartiendo jarras y planeando los juramentos del día siguiente.

Sin embargo, su atención estaba dividida; vigilaba a Ariadna de reojo.

Por eso, cuando la vio apartarse del barullo y deslizarse hacia la penumbra del valle, él no tardó en excusarse y seguir sus pasos.

Ariadna se había refugiado en una elevación del terreno, sentada sobre una gran roca que dominaba el valle; desde allí, el ruido del banquete llegaba amortiguado.

El crujido de una bota sobre la hierba la obligó a girar la cabeza.

Al ver la silueta alta y robusta de Calum recortada contra la luz lejana de las antorchas, el corazón le dio un vuelco.

Sintió una calidez súbita que nada tenía que ver con el clima escocés; una mezcla de timidez tras el beso de la colina y un profundo y reconfortante alivio por tenerlo cerca.

—¿Por qué estás aquí sola? —preguntó Calum, deteniéndose a unos pasos antes de avanzar con cautela—. ¿Te ocurre algo? ¿Has recordado tu pasado?

Ariadna desvió los ojos hacia el firmamento, intentando calmar el ritmo de su respiración.

—No, nada de eso. Me gusta contemplar las estrellas.

Calum esbozó una media sonrisa y se sentó a su lado en la roca, manteniendo una distancia prudencial, aunque lo suficiente cerca como para que ella percibiera su proximidad.

—¿Sola? —inquirió con suavidad.

—Bueno... creo que la soledad ordena los pensamientos —admitió ella, entrelazando los dedos sobre el regazo.

Tras un segundo de duda, Calum le dedicó una mirada de soslayo.

— ¿Prefieres que me vaya?

—No —respondió ella de inmediato, con una firmeza que lo sorprendió—. ¡Quédate conmigo!