El juramento del highlander Capítulo 17
53%

Capítulo 17

C alum recorría el vibrante asentamiento con la mirada, buscando sin éxito entre la multitud.

Había divisado a su madre y a su hermana conversando animadamente con Lìra, Emi —la hermanastra de esta— y otras mujeres del clan, pero la silueta que ansiaba encontrar no aparecía por ninguna parte.

¿Dónde demonios se había metido Ariadna?

Era cierto que el viaje había sido extenuante y que habían cruzado las puertas de la fortaleza de los MacLaery a altas horas de la noche, pero el sol ya coronaba el cielo y seguía sin haber ni rastro de ella.

Una de las doncellas le había comentado temprano que la joven continuaba en sus aposentos, sumida en un sueño profundo, y que no había querido despertarla.

Sin embargo, con el mediodía encima, Calum no podía evitar preguntarse si de verdad seguía durmiendo o si lo estaba esquivando tras la evidente tensión que había dejado el beso en el camino.

Sus pensamientos se interrumpieron cuando vio a Lìra apartarse del grupo de las mujeres y avanzar hacia él, esquivando con gracia el ajetreo del patio.

—¡Hola, Calum!—dijo ella al llegar a su altura, dedicándole una sonrisa cargada de calculada dulzura.

Lìra siempre se había movido a su alrededor con ese aire de coquetería. Desde que eran adolescentes, el guerrero había sido consciente de que ella albergaba la firme ambición de casarse con él y convertirse en la futura señora de las tierras del clan Fraser.

—¡Hola, Lìra! —respondió él cortés, pero manteniendo una distancia prudencial.

—Tu madre ya me ha adelantado algo —comentó ella, entornando los ojos con picardía—. Dice que tu padre quiere anunciar algo muy importante para el clan durante el banquete del anochecer. ¿Tiene que ver con alianzas entre clanes?

—¡Así es! —se limitó a contestar Calum, esquivó responder con claridad.

Lìra frunció el ceño notando de inmediato la fijeza de sus ojos en los pasillos superiores del castillo.

—¿Estás en otra parte, Calum? ¿A quién buscas con tanto ahínco? ¡Apenas estás prestándome atención!

Él contuvo un suspiro de frustración, sabiendo que disimular ante ella no serviría de nada.

—Disculpa. Busco a la joven que ha venido con nosotros.

La expresión de Lìra cambió en un parpadeo, tornándose rígida y teñida de una clara disconformidad.

—Ah... la invitada misteriosa —soltó con un deje de desdén—. Pues no tengo el placer de conocerla todavía. ¿Dónde está?

—Aún no ha bajado. No creo que se haya levantado todavía.

—¿Una mujer perezosa a estas horas? —Lìra soltó una risita carente de gracia, cruzándose de brazos—. Eso no encaja mucho con las costumbres de estas tierras, donde el trabajo empieza antes del alba. ¿Es escocesa? ¿De qué clan proviene?

Calum no tenía la menor intención de dar detalles sobre el origen o la amnesia de Ariadna a alguien tan astuto como Lìra. Cortó la línea de preguntas con una frialdad tajante.

—Ya la conocerás cuando decida bajar. No hay prisa.

—Eso espero... —replicó ella, molesta por el hermetismo del guerrero. Desvió la mirada hacia los establos, forzando un cambio de humor—. En fin, estoy deseando que empiece la cacería. El patio ya está listo.

En ese momento, una silueta tímida se aproximó con pasos vacilantes.

Era Emi, apenas dos años menor, poseía una belleza delicada y serena que rivalizaba con la de su hermana; sin embargo, Emi siempre pasaba desapercibida, eclipsada por su propia timidez y por la arrolladora presencia de Lìra.

Vivía a la sombra de ella siguiendo sus pasos como una extensión sin voz, acatando órdenes sin oponer resistencia y ocultando su propia personalidad tras una capa de sumisión.

A Calum siempre le había entristecido la situación de la muchacha, consciente del constante sentimiento de inferioridad en el que Lìra la mantenía recluida.

Emi se detuvo a una distancia prudencial, con las manos entrelazadas sobre el brial y la mirada clavada en el suelo del patio.

—Señor —murmuró, haciendo una reverencia tan sutil que casi pareció una disculpa por interrumpir. Luego, se volvió hacia su hermanastra con timidez—. Lìra..., nuestra madre dice que debes reunirte con las mujeres de inmediato. La cacería está a punto de comenzar.

Lìra midió a Emi con una mirada fría, estaba molesta por la interrupción en un momento en el que aún digería el desplante de Calum.

—¡Ya sé que va a comenzar, Emi! No hace falta que me lo repitas como si fuera una criada —replicó Lìra con tono altivo dándose la vuelta con desdén—. Podrías haber esperado a que terminara de hablar con Calum.

Emi encogió los hombros asumiendo el reproche sin defenderse.

—Lo lamento... Es solo que insistieron en que viniera a buscarte —susurró con un hilo de voz, dando un paso atrás.

Calum, incapaz de tolerar la prepotencia de Lìra hacia la joven, intervino con voz suave pero firme, dirigiéndose a Emi para infundirle algo de confianza.

—¡No te disculpes, Emi! ¡Has hecho bien en avisar! —le dijo, dedicándole una sonrisa genuina que contrastaba con la rigidez que había mostrado con Lìra—. Tu presteza es de agradecer.

Emi alzó los ojos por un instante, sorprendida por la amabilidad del guerrero, y un leve rubor tiñó sus mejillas antes de volver a bajar la cabeza en un mudo agradecimiento.

Lìra, al notar la atención y el respeto que Calum le brindaba a su hermanastra, soltó un bufido apenas perceptible, agarró a Emi del brazo con brusquedad y la arrastró consigo hacia el grupo de mujeres, ansiosa por alejarse de la linde del bosque y dejar atrás su orgullo herido.

Calum sonrió a la joven Emi y las vio marchar.

Él sabía que Lìra siempre había vivido aquellas celebraciones con una intensidad casi febril, disfrutando del estatus y la atención que recibía en ellas.

La observó un instante en silencio. La joven era muy hermosa: tenía unos grandes ojos azules y una larga cabellera rubia que le caía por la espalda en perfectos tirabuzones dorados.

Sin embargo, para él, Lìra siempre había sido una mujer caprichosa, vanidosa y demasiado dada a las intrigas; virtudes superficiales que no despertaban el más mínimo interés en su corazón.

La actividad reina de la jornada, la que más entusiasmaba a los guerreros de las Tierras Altas, era la gran caza del jabalí.

A Calum nunca le había gustado el frenesí sangriento de esa práctica, pero como líder y heredero, su presencia en la vanguardia era una obligación ineludible ante los ojos de los clanes aliados.

Antes de poner el pie en el estribo y dar la señal de partida, Calum dedicó una última, rápida y minuciosa ojeada, manteniendo hasta el último segundo la esperanza de ver aparecer la silueta de Ariadna; pero el cuerno de caza resonó con fuerza desde las altas murallas quebrando el aire del valle y obligándolo a montar para centrar toda su atención en la partida.

El bosque de los MacLaery despertó con un bramido que no pertenecía a la naturaleza.

La caza no era un simple pasatiempo, era un despliegue ritual de estrategia, fuerza y herencia.

Un nutrido grupo de guerreros, hombres a pie con los rostros curtidos por el frío y armados con pesados bastones, se adentró primero en la densa espesura.

Avanzaban hombro con hombro, formando una línea compacta e implacable que cortaba el follaje.

Su misión era el motor de la jornada: golpeaban con ritmo sus tambores de cuero tensado, compasando los impactos con gritos de guerra que hacían vibrar la madera de los pinos.

El estruendo sordo y constante comenzó a propagarse por todo el valle como un trueno doméstico, la táctica perfecta para quebrar los nervios de los grandes jabalíes y empujarlos a ciegas hacia los claros.

Allí, donde la vegetación se abría, los jinetes y los cazadores principales aguardaban enraizados en sus monturas, con las lanzas cortas firmes en el puño y los ojos entrecerrados, listos para interceptar la embestida de las presas.

Mientras el bosque ocultaba a los hombres y el eco de los tambores se escuchaba lejano, los patios exteriores de la fortaleza bullían con una energía muy distinta.

Las mujeres de los clanes no aguardaban en un rincón pasivo; sobre sus hombros descansaba el alma de la gran fiesta que se avecinaba.

Reunidas bajo los amplios toldos de lona y cerca de las gigantescas hogueras de las cocinas exteriores, formaban un engranaje perfecto de tradición y trabajo.

El aire estaba saturado del olor a leña quemada, grasa y el aroma punzante de las hierbas silvestres que otras jóvenes disponían sobre tablones de madera.

Mientras unas hilaban la lana con movimientos mecánicos y expertos, otras atizaban el fuego bajo los enormes calderos de cobre donde ya borboteaban los primeros caldos, o hundían las manos en sal gorda para curar las piezas de carne.

Aquel rincón del patio se había convertido en el rincón de las mujeres.