Capítulo 16 #2
El mundo se volvió una confusión de tierra, cielo y giros violentos ladera abajo.
En medio del caos de la caída, Calum no intentó buscar apoyo; su único pensamiento fue protegerla.
Estiró los brazos, la atrajo contra su pecho y la envolvió en un abrazo firme, interponiendo su propio cuerpo contra los golpes del terreno y las piedras sueltas.
Cuando por fin el movimiento se detuvo al pie de la colina, el silencio regresó de golpe, roto solo por el eco de sus respiraciones agitadas.
Calum reaccionó de inmediato, apoyó el peso de su cuerpo sobre un antebrazo, hundiéndolo en la tierra húmeda para evitar aplastarla.
Tenía el corazón desbocado, latiéndole en la garganta, y el miedo aún crispando sus facciones mientras recorría el rostro de Ariadna con la mirada, buscando cualquier rastro de dolor.
—¿Estás bien? ¿Te has hecho daño? —consiguió articular, con la voz rota por el esfuerzo.
La respuesta de Ariadna lo tomó por sorpresa.
Tras unos segundos de estupor, una carcajada limpia y cristalina escapó de sus labios.
La tensión acumulada se evaporó en esa risa que contagió el ambiente.
Al verla reír así, la preocupación de Calum se disolvió en una sonrisa divertida.
Se quedó allí, suspendido sobre ella, contemplándola mientras el mundo exterior parecía desvanecerse por completo.
Entre los desordenados mechones de su cabello castaño se habían enredado pequeñas flores de brezo blanco y briznas de paja de la colina.
Calum pensó que nunca la había visto tan hermosa, tan radiante en mitad de aquel desastre.
En ese instante, un impulso imprevisto, una corriente cálida y avasalladora le recorrió las venas con la fuerza de un torrente.
Sentía un deseo irrefrenable de acortar la distancia, de borrar el espacio entre sus labios.
Despacio, Ariadna dejó de reír, atrapada por la repentina e intensa fijeza de su mirada.
Clavó sus ojos en los de él, sosteniéndole el pulso en un silencio que de pronto se volvió denso, casi magnético, cargado de una expectación que hacía vibrar el aire a su alrededor.
Con una lentitud deliberada, Calum alzó la mano libre.
Con la yema de los dedos, rozando apenas los mechones de su pelo, comenzó a retirarle los pétalos blancos y la paja.
Su tacto fue una caricia suave, un ruego silencioso que no necesitaba palabras.
Ariadna no se apartó; al contrario, buscando ese contacto, subió su propia mano y la posó sobre la de él, presionándola con suavidad contra su mejilla y sellando el último resquicio de distancia.
Ese sutil permiso derribó las últimas defensas de Calum.
Contuvo el aliento, incapaz de frenar por más tiempo lo que dictaba su instinto.
Su mirada bajó un milisegundo hacia los labios de ella, deseándolos con urgencia, antes de inclinarse por completo.
Y entonces la besó... Al principio fue un roce tentativo, casi temeroso de romper el hechizo, pero la respuesta implícita de Ariadna transformó el encuentro en algo torrencial.
El corazón de ella dio un vuelco salvaje, latiendo con tanta fuerza y velocidad contra sus costillas que sintió que el pecho le iba a estallar; era una explosión de alivio, miedo y una fascinación absoluta que la dejó sin aliento, entregándose por completo a la calidez de su boca.
Calum, arrastrado por la marea de sus propios sentidos, advirtió una necesidad imperiosa y arrolladora de estrecharla contra sí.
Quiso envolverla en sus brazos, romper cualquier barrera textil y sentir la textura real de su piel bajo sus manos, fundirse con su calor para convencerse de que ella estaba allí, real y viva entre el brezo.
El beso se profundizó, volviéndose pausado pero voraz; una comunión perfecta donde el sabor a tierra húmeda, la adrenalina de la pendiente y la absoluta ternura se mezclaron, suspendiendo el tiempo entre ambos.
De repente, la realidad cayó sobre él como un jarro de agua fría. Calum se separó con brusquedad rompiendo el contacto. Se incorporó un poco, asustado de su propia audacia, mientras el aire regresaba de golpe a sus pulmones.
—Perdóname... No debí... No debí besarte —tartamudeó, apartando la mirada con brusquedad.
Calum se pasó una mano por el rostro, estaba muy abrumado, mientras la rigidez volvía a apoderarse de sus hombros.
—Lo siento... No sé por qué lo he hecho. No tengo excusa...
Las palabras flotaron en el aire, torpes, apresuradas y frías.
Intentaba disculparse, pero la verdad era que cualquier justificación resultaba ridícula en ese instante.
Ambos se quedaron allí, sentados entre la hierba pisoteada, con las respiraciones aún alteradas y los labios encendidos por el roce reciente.
Calum no sabía cómo gestionarlo, pero en el fondo los dos eran conscientes de que, tras ese beso, nada volvería a ser igual entre ellos.
La indiferencia había quedado enterrada para siempre en ese gesto.
Ariadna tragó saliva, sintiendo el peso del rechazo implícito en sus disculpas, aunque su propio corazón seguía latiendo a contratiempo.
—Yo tampoco debí corresponderte... —acertó a decir con torpeza, abrazándose las rodillas para ocultar el temblor de sus manos.
Calum guardó un tenso silencio clavando la vista en un punto indefinido del horizonte antes de soltar un suspiro cargado de frustración.
—Es mejor que olvidemos lo ocurrido cuanto antes —sentenció con una frialdad que parecía más una coraza para protegerse a sí mismo que un reproche hacia ella.
—Sí, claro. Tienes razón —respondió Ariadna con un hilo de voz, aunque por dentro sabía que jamás podría borrar de su memoria la calidez de sus labios.
Sin añadir una sola palabra, Calum se incorporó de un salto.
Se sacudió la paja de los pantalones y, evitando por completo mirarla a los ojos, le ofreció una mano para ayudarla a levantarse.
Ariadna dudó un segundo, pero terminó aceptando el agarre.
Sus dedos volvieron a chispear al contacto con la piel del guerrero, pero él la soltó en cuanto ella recuperó el equilibrio, rompiendo el vínculo de inmediato, recogió las flores de brezo blanco dispersas, que formaban parte del ramo que la joven había hecho, y se lo dio.
El camino de regreso hacia donde aguardaban los caballos fue una tortura de pasos lentos y silencios densos.
Caminaban separados por una distancia prudencial, como dos extraños que compartían un secreto demasiado pesado.
En cuanto alcanzaron al resto del grupo, Ariadna apresuró el paso para refugiarse al lado de Sophia, quien la observaba con el ceño fruncido y un interés más que evidente; no le habían pasado desapercibidas la rigidez de su hermano sobre el caballo ni las mejillas encendidas de Ariadna.
—¡Vaya! —susurró Sophia, inclinándose hacia ella mientras acariciaba las riendas de su montura—. ¿Os ha atacado un enjambre de abejas o es que la colina os ha cambiado el humor a los dos? Hay una tensión en ambos que se podría cortar con una espada.
Ariadna intentó forzar una sonrisa natural, esquivando la aguda mirada de la muchacha.
—Solo ha sido que se me cayó el ramo ladera abajo y ambos corrimos para recuperarlo...
—Ya... —replicó Sophia con una sonrisa escéptica mirando de reojo a Calum.