Capítulo 16
A penas amanecía cuando el grupo se reunió en el patio de armas del castillo.
Montados ya a caballo, Donald, Margaret y Sophia aguardaban junto a Ariadna, mientras Fergus y Ewan revisaban los últimos herrajes de las monturas.
Si querían alcanzar la fortaleza de los MacLaery antes de que cayera la noche, debían partir sin demora, pero faltaba Calum.
Ariadna apenas había conciliado el sueño; la noche había sido un auténtico tormento.
Una pesadilla recurrente la había despertado entre sudores fríos: una anciana de rostro borroso le tapaba la boca con fuerza mientras, a pocos metros, ella misma se veía obligada a contemplar cómo alguien ardía en mitad de la oscuridad.
La pérdida de su memoria seguía siendo una losa, y la incapacidad de ligar ese horror a un recuerdo real la perturbaba.
A ese desasosiego se sumaba la desconcertante reacción de Calum el día anterior, cuando se había alejado de ella de forma tan abrupta.
Sin darse cuenta, todo lo concerniente al guerrero empezaba a importarle demasiado.
Intentaba racionalizarlo, convencerse de que apenas lo conocía, pero en el fondo sabía que algo irreversible había cambiado en su interior.
Él la hacía sentir viva, arrancándola de la bruma de su amnesia.
No sabía todavía si aquello que nacía en su pecho eran sentimientos reales o la pura intensidad de la incertidumbre, pero la atracción era innegable; cada vez que Calum se acercaba, el corazón parecía que le iba a estallar, un latido fuerte que ya no podía ignorar.
En ese momento, Ariadna sintió el peso de la mirada de Sophia sobre ella.
—¿Te pasa algo?
—No... ¿Por qué lo preguntas?
—Estás demasiado callada. ¿Es por mi hermano y cómo reaccionó ayer?
Ariadna guardó silencio, incapaz de encontrar una respuesta esquiva.
Por suerte, la llegada de Calum la salvó de tener que contestar, aunque la visión del guerrero no trajo consigo ningún alivio.
Tenía unas ojeras profundas marcadas en el rostro; era evidente que la noche había sido tan implacable con él como lo había sido con ella.
Al verlo llegar, Donald le dedicó una mirada severa de reojo, evaluando con rigor si estaba en condiciones para el viaje, mientras Margaret contenía un suspiro lleno de preocupación.
Sophia, aprovechando la distracción, se inclinó sobre la montura de Ariadna y le susurró al oído con una mezcla de picardía y misterio:
—Apareció por su habitación a altas horas de la madrugada. Se pasó casi toda la noche fuera.
—¿Dónde? —inquirió Ariadna, incapaz de frenar la curiosidad que la asaltó.
—Nadie lo sabe —respondió Sophia en el mismo tono confidente—. A veces simplemente coge su caballo y desaparece del castillo.
Calum apenas se atrevió a mirar a Ariadna.
Sentía los ojos de todo el grupo clavados en él, pero era de ella de quien huía con desesperación.
Sin saberlo, Ariadna había sido la causante de que hubiese pasado casi toda la noche cabalgando valle abajo, buscando el aire frío del río para aplacar sus pensamientos.
Su propia habitación se le había antojado una cárcel.
¿Qué le estaba ocurriendo con esa mujer?
No lograba sacársela de la cabeza. Un dolor agudo y punzante le oprimía el pecho cada vez que rememoraba el roce de sus manos, la suavidad de su piel.
Deseaba con desesperación abrazarla, estrecharla contra su pecho y, sobre todo, besarla.
Creía que ninguna mujer volvería a despertar semejantes sentimientos en él, pero Ariadna le estaba ganando una batalla que él ni siquiera sabía cómo combatir.
Fergus y Ewan observaron a su líder de reojo; lo conocían lo suficiente como para saber que, cuando Calum se encontraba en ese estado de hosquedad, lo más prudente era mantener las distancias y no dirigirle la palabra.
Quien no estaba dispuesto a callarse era su padre.
Donald observaba a su hijo con evidente molestia: no solo habían tenido que esperarlo, sino que su aspecto demacrado no era el propio de un guerrero antes de una travesía.
—¿Por qué te has demorado tanto? —le recriminó Donald con voz de trueno—. ¿Acaso no fui claro al decir que partiríamos antes de que el sol despuntara?
—Bueno —replicó Calum, con voz ronca y sin mirarlo—, todavía no ha salido.
—¡Con más razón debiste haber sido el primero en estar aquí!
El guerrero clavó la mirada en su padre.
No tenía fuerzas ni ganas de enfrentarse a él, al menos no esa mañana.
Optó por el silencio. Sin responderle, se limitó a montar en su caballo con un movimiento ágil.
Donald contuvo un suspiro de frustración, sabiendo que no conseguiría nada más de él, y dio la orden de partida.
Iniciaron la marcha formando una hilera silenciosa que avanzaba al ritmo de los cascos sobre la tierra.
Donald abría el camino, seguido de cerca por Margaret, Sophia y Ariadna.
En la retaguardia, Fergus y Ewan flanqueaban a Calum, manteniéndolo en medio de ambos, casi como una barrera invisible para asegurar una distancia prudencial con las jóvenes.
No tardaron en notar la rigidez en los hombros de su amigo; la tensión que desprendía era casi palpable.
—¡Parece que has estado peleando con fantasmas toda la noche, Calum! —comentó Fergus en voz baja, espoleando a su caballo para ponerse a su altura.
—¡No hay fantasmas! —respondió él con voz ronca, manteniendo la vista fija al frente—. Sencillamente no podía conciliar el sueño, eso es todo.
—¿Eso es todo? ¡No me vengas con esas! ¡Es por ella!, ¿verdad? —intervino Ewan desde el otro lado, sumándose a la provocación con una sonrisa de medio lado.
—¡No! —replicó Calum con una rotundidad tan tajante que delató lo mucho que se esforzaba por creerse su propia mentira.
—A mí no me engañas. Llevas todo el camino con los ojos clavados en la grupa del caballo de Ariadna —apuntó Fergus, suavizando el tono—. A veces la cabeza dicta un camino muy distinto al que el corazón ya ha elegido.
Calum apretó las riendas con tanta fuerza que los nudillos se le tiñeron de blanco, obligando a su montura a enderezar la marcha.
—Mi cabeza está exactamente donde debe: en la seguridad de este viaje y la de mi familia y mi clan. ¡No hay espacio para nada más!
—Ya —replicó Fergus, esbozando una sonrisa cargada de escepticismo—. Sigue repitiéndotelo en voz alta. A ver si consigues creértelo antes de que avistemos las tierras del norte.
A mitad de camino, con las monturas cansadas por los senderos empinados, Donald ordenó un descanso junto a un claro rodeado de colinas. Mientras los hombres revisaban los caballos, Ariadna y Sophia se alejaron un poco hacia la ladera para recoger un ramo de brezo blanco.
—¿Sabes que el brezo blanco es un amuleto de buena suerte? —dijo Sophia.
—Entonces tenemos que hacer un buen ramo —intervino Ariadna mientras mantenía fija su mirada en los movimientos de Calum, que llevaba a los caballos a tomar agua a un riachuelo cercano.
—Deberás tener mucha paciencia con Calum.
—¿Paciencia...?
—Desde que... ella murió, él cambió, y muchas noches vive un tormento.
—¡La debía amar mucho!
—Sí, nunca lo he visto tan enamorado de nadie como lo estaba de ella. —Sophia, en ese momento, se dio cuenta de su metedura de pata, no debía haber dicho eso a la prometida de su hermano—. Perdona..., quería decir que estaba muy enamorado, por supuesto que de ti también lo está.
Ariadna, al ver la preocupación de Sophia por sus palabras, sonrió.
—Tranquila, no te tienes que disculpar, entiendo que el primer amor siempre es muy intenso y hay muchas maneras de amar.
Sophia le sonrió.
—Estoy muy feliz de que te haya encontrado. Mi hermano es un buen hombre. Tiene un gran corazón —dijo la muchacha, cortando un tallo de brezo—, pero a veces se cierra tanto en sí mismo que parece una fortaleza inexpugnable. Nadie puede acceder a él.
—Lo que vivió fue duro —dijo Ariadna, sin apartar los ojos de la silueta lejana del guerrero.
—Sí...
—¿Màiri? —aventuró Ariadna, recordando haber escuchado su nombre.
—Sí —asintió Sophia con tristeza—. No es solo que ella fuera su amor de juventud; es que nunca se ha perdonado no haber estado allí para salvarla. Se exige demasiado a sí mismo, Ariadna. Teme que, si vuelve a abrir su corazón, bajará la guardia y no podrá defender a los que ama.
La joven suspiró, sintiendo una profunda empatía por el peso que Calum cargaba sobre sus hombros. Desvió su mirada hacia donde estaba él y ambas miradas se cruzaron. Había un magnetismo silencioso entre ellos.
—¡Es hora de partir! —anunció Donald desde el campamento.
Sophia comenzó a descender la pequeña colina a paso ligero. Ariadna se dispuso a seguirla, pero al moverse, el ramo de brezo blanco que con tanto esmero había recogido se le resbaló de las manos, dispersándose por la pendiente. Se agachó apresurada para recuperarlo.
Al ver que se retrasaba, Calum se dirigió al resto.
—¡Avanzad!, yo la esperaré y os daremos alcance en seguida.
Calum subió la ladera con paso firme. Al llegar junto a ella, su bota crujió contra una rama marchita.
Ariadna, ensimismada y con los nervios a flor de piel, se sobresaltó al notar su presencia, perdió el equilibrio sobre la hierba húmeda y comenzó a rodar colina abajo.
En un acto reflejo, estiró los brazos y se agarró con desesperación al plaid de Calum, arrastrándolo consigo en la caída.