Capítulo 15
L a mujer permanecía agazapada en el interior del carruaje. La ventana del habitáculo estaba cubierta por una tupida cortinilla de. La dama no deseaba, bajo ningún concepto, que el hombre que estaba a punto de reunirse con Aidan descubriera su verdadera identidad.
El capitán Aidan Crowley caminaba de un lado a otro, devorado por la impaciencia ante el evidente retraso del inglés.
En su mente resonaban las palabras de la primera misiva; las instrucciones habían sido muy precisas.
Este partiría hacia las Tierras Altas, rumbo a los dominios del clan MacLaery.
El punto de encuentro era en el que se hallaban, un paraje inhóspito, azotado por el viento y de una belleza sobrecogedora.
A lo lejos se alzaba la imponente fortaleza de piedra de los MacLaery, vigilando el horizonte desde un risco escarpado rodeado de brezales marchitos e hilos de agua helada.
Sin embargo, el lugar en el que Crowley y la mujer esperaban era en una franja de tierra de nadie: un territorio neutral, un límite invisible que no pertenecía ni a su propio clan, los Crowley, ni a los MacLaery.
Un lugar imparcial. Lord Hilton le había indicado que se reunirían allí justo cuando la luna entrara en cuarto creciente.
Aunque el capitán siempre intuyó que habría una segunda misiva, esta jamás llegó, así que Aidan decidió arriesgarse y acudir a la cita.
Una mano delicada apartó un poco la cortinilla de lana. Aidan desvió la mirada hacia ella y se fijó en el anillo que adornaba uno de sus dedos: una joya de plata envejecida que engarzaba una piedra de jet escocés, un azabache extraído de las profundidades de las Highlands, negro y brillante.
—Aidan —susurró una voz suave desde el interior.
El cochero, envuelto en una pesada capa, permanecía inmóvil en el pescante, manteniendo el carruaje a una distancia prudencial del punto exacto donde el capitán esperaba a lord Hilton. Al escucharla, el capitán se aproximó de inmediato.
—Sí —respondió él, rompiendo la distancia y posando su mano cálida sobre la de ella.
—¿Estás seguro de que vendrá? —preguntó la mujer, con un hilo de preocupación en la voz.
—Sí, le conviene. Quieren a esa joven y yo sé dónde encontrarla.
—¡Pero los Fraser son un clan poderoso! —advirtió ella—. No permitirán que nadie le ponga una mano encima si está bajo su protección.
—Pues para eso te necesitaré a ti. Tu posición nos abrirá las puertas.
—No sé si podré hacerlo, Aidan... Es un juego demasiado peligroso.
Él apretó sus dedos con suavidad pero con firmeza.
—¿Me amas?
—¡Sabes que sí! Más que a mi propia vida.
—Entonces lo harás por los dos. Nuestro futuro depende de esto.
El tenso silencio que siguió fue quebrado por el eco sordo de varios cascos golpeando la tierra húmeda.
El ruido de los caballos anunció la llegada de Hilton, apareció entre la bruma, flanqueado tan solo por dos soldados de aspecto severo.
El inglés poseía un rostro de facciones afiladas y una sonrisa torva, perversa, que denotaba la crueldad de quien está acostumbrado a mandar sin recibir réplicas.
Detuvo su caballo frente a Aidan y lo miró con desdén.
—¿Recibiste mi segunda misiva? —preguntó Hilton, sin preámbulos.
—¡No, no llegó nada! —respondió Crowley, manteniendo la compostura—. ¡Pero aquí me tiene!
Hilton entornó los ojos, insatisfecho, y de inmediato desvió su mirada calculadora hacia el carruaje que aguardaba a unos metros.
—¿Quién está ahí dentro? —inquirió, señalando con el látigo de montar.
—La mujer que nos ayudará a saber si la esconden los Fraser.
—¡No quiero que nada salga mal, escocés! ¿Estás completamente seguro de que la muchacha está con ellos?
—Seguro no, milord... Pero lo intuyo. Todas las pistas apuntan a los Fraser. La dejé con el líder del clan, Calum Fraser.
—Espero que tus intuiciones sean certeras —siseó el inglés con frialdad—. Si esa joven está entre ellos, dímelo sin demora para avisar al arzobispo de York. Pero si me estás haciendo perder el tiempo...
Movido por la desconfianza, Hilton espoleó con suavidad a su caballo aproximándose con determinación al carruaje para ver quién se ocultaba tras las cortinillas.
—¡No! —Lo detuvo Aidan, dando un paso al frente y colocándose entre el jinete y la puerta del carro—. La única condición que ella puso para ayudarnos es que nadie conozca su identidad. Si ve su rostro el trato se deshace ahora mismo.
Hilton detuvo al animal a escasos centímetros de Aidan. Lo miró desde lo alto, midiendo sus fuerzas, con una mueca de fastidio.
—¡Está bien! —cedió el inglés, tirando de las riendas—. Me importan poco los caprichos de vuestras mujeres, siempre y cuando cumpla su cometido.
Hilton se echó hacia delante sobre la silla de montar, bajando la voz para que solo Aidan pudiera escucharlo.
—Pero dime una cosa... —insistió, inclinándose sobre el pomo de su montura—. Si esa mujer es tan influyente como dices, ¿por qué arriesga el cuello por una causa inglesa? ¿Qué gana ella, exactamente, con la caída de los Fraser?
Aidan sintió una gota de sudor frío recorrer su nuca. Permaneció inmóvil, consciente de que la mujer escuchaba cada palabra desde la penumbra del carruaje.
—Tiene sus propios motivos, milord —respondió el capitán, intentando mantener la voz firme.
Hilton soltó una carcajada seca, cortante y carente de la más mínima alegría.
—¿Sus propios motivos? —repitió con desdén—. ¿Y cuáles son?
—¡No creo que sean de su interés!
La respuesta no provino de Aidan. La voz, serena pero impregnada de una fría autoridad, brotó desde el interior del carruaje.
—Tiene mi palabra de que, si los Fraser protegen a la joven, usted lo sabrá —continuó ella, sin mostrar un solo rasgo a través de la cortinilla—. Lo ayudaré hasta que la tenga en su poder. No necesita saber nada más.
Aidan tragó saliva conteniendo el aliento. Hilton clavó su mirada calculadora en la madera del carruaje como si intentara atravesarla con los ojos. Tras unos agónicos segundos de un silencio sepulcral, el inglés rompió la tensión.
—¡Está bien! Esperaré en los alrededores hasta recibir noticias vuestras.
Aidan asintió, aunque sabía que lord Hilton no se fiaba de su palabra.
El inglés dudaba de que todo fuera a resultar tan sencillo; presentía una trampa en cada sombra de las Highlands.
No obstante, el cebo era demasiado tentador, y la codicia lo obligó a ceder.
Daría el margen acordado, pero mantendría la mano puesta en el pomo de su espada.