El juramento del highlander Capítulo 14
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Capítulo 14

E l valle parecía haber cobrado vida, estaba repleto de aldeanos que abarrotaban los prados.

Por todas partes se alzaban colosales hogueras cuyas lenguas de fuego restallaban con fuerza, lanzando ráfagas de chispas hacia el cielo nocturno.

El aire se impregnaba del humo dulce de la madera de pino y el brezo seco que ardía en las piras, pero, sobre todo, estaba inundado por el sonido de las risas.

Eran carcajadas estruendosas de un pueblo que celebraba el reencuentro; risotadas que se mezclaban con el compás alegre de las gaitas mientras la gente bailaba con los rostros iluminados por el calor del fuego.

Al paso de Sophia y Ariadna, el gentío reducía el ritmo para observarlas con viva curiosidad.

Muchos, contagiados por la celebración, se aproximaban a Ariadna con respeto y calidez, extendiendo las manos para darle una sincera bienvenida al clan.

Unos pasos por detrás, Margaret contemplaba la escena con una sonrisa divertida dibujada en el rostro.

Le entusiasmaba ver cómo su hija se había encariñado de aquella manera, y en tan poco tiempo, con la forastera.

Y una vieja y sabia intuición le decía en el pecho que la joven era la mujer perfecta para su hijo.

Margaret respiró hondo sintiendo una felicidad que creía olvidada; habían sido años de profunda tristeza y constante preocupación por el destino de Calum, pero ahora, con la llegada de la joven, sentía que la paz regresaba por fin a su hogar.

Las risas volverían a habitar bajo su techo.

Ariadna, ajena a los pensamientos de la matriarca, recorría la multitud con la mirada.

Buscaba a Calum. Lo divisó a lo lejos, recortado contra el resplandor de una de las hogueras más grandes, caminando junto a sus hombres de confianza.

A su lado, el viejo Donald Fraser avanzó entre la gente para colocarse junto a su esposa, compartiendo con Margaret una mirada cómplice.

Calum avanzaba con paso firme y las jóvenes del valle no tardaban en girarse a su paso, compartiendo tímidos murmullos y risitas entre dientes.

Ariadna lo observó desde la distancia y, por primera vez, admitió para sí misma lo imponente y apuesto que lucía bajo el parpadeo dorado del fuego, que esculpía sus facciones.

Vio cómo los soldados del clan lo saludaban alzando sus jarras de cerveza y cómo él respondía con una risa franca y noble, compartiendo confidencias con sus guerreros con la naturalidad de un líder querido.

En ese instante, como si sintiera el peso físico de sus ojos, Calum giró la cabeza.

Por encima del bullicio de la gente, sus ojos se encontraron.

El tiempo pareció ralentizarse. Calum le sostuvo la mirada, estático, y la fijeza de sus iris verdes barrió cualquier rastro de la diversión de hacía un segundo; luego, con una lentitud casi deliberada, le dedicó una sonrisa de medio lado.

A Ariadna le dio un vuelco el corazón, un impacto tan nítido que le robó el aliento por completo.

Sintió un calor súbito que nada tenía que ver con las llamas cercanas, una mezcla de timidez y una atracción desconcertante que la dejó indefensa.

No lograba comprender qué le estaba ocurriendo, era una forastera; y él, un guerrero de las Highlands, pero la intensidad de ese contacto visual la sacudía hasta la médula.

Por su parte, a Calum se le congeló la sonrisa en los labios.

La punzada que sintió en el estómago lo descolocó por completo; estaba acostumbrado a la atención de las mujeres del valle, pero los ojos de Ariadna tenían un magnetismo desconocido que lo fijaba al suelo.

Sintió una súbita necesidad de acercarse, de protegerla, un impulso posesivo y tierno que desafiaba toda lógica.

Ninguno de los dos hallaba una explicación racional para ese lazo invisible que, en cuestión de un latido, acababa de tensarse entre ellos en mitad de la noche.

Ariadna no tuvo tiempo de reaccionar. Sophia la tomó de las manos con entusiasmo, arrastrándola hacia el círculo de baile que giraba alrededor de la gran pira junto al resto de los aldeanos.

Mientras tanto, Calum, sordo a las risas y bromas de sus hombres, se quedó estático, incapaz de apartar los ojos de ella.

Sentía un vuelco extraño en el estómago, una agitación desconocida que no lograba comprender.

Fergus le dio un codazo cómplice en las costillas, sacándolo de golpe de su ensimismamiento.

—¿Se puede saber qué te pasa con esa joven? —le espetó en un susurro cargado de picardía, arqueando una ceja—. ¿Te has enamorado de ella, escocés?

Calum apartó la vista de Ariadna con brusquedad, tensando la mandíbula mientras sentía cómo la sangre se le encendía en las mejillas.

—¡Sabes perfectamente que no puedo enamorarme de ninguna mujer! —respondió con una frialdad impostada, intentando recuperar su máscara de líder imperturbable.

—¡Sí que puedes! Al corazón no se lo gobierna con órdenes de batalla —intervino Ewan, soltando una risotada franca mientras le daba un trago a su jarra de cerveza.

Los ojos de Calum se ensombrecieron y el gesto de su rostro se volvió severo, marcado por un dolor antiguo que se negaba a sanar.

—¡Juré no volver a amar a nadie después de ella! —sentenció, y su voz sonó tan áspera como las rocas de las Highlands. El recuerdo de su pérdida pasada cayó sobre él como una losa, recordándole por qué había alzado esos muros alrededor de su alma.

—Pues yo creo que esta muchacha va a ser la excepción a todas tus reglas —replicó Fergus. Suavizó el tono, pero sostuvo la mirada con una seriedad que Calum no pudo ignorar—. He visto cómo la miras y, sinceramente, no me pareció que estuvieras fingiendo.

—Quiero protegerla del peligro que la acecha, y también es mi salvación para evitar una boda que no deseo.

—Pero si te casas con ella... a quien vas a hacer infeliz es a esa joven —intervino Ewan.

—Ella ha aceptado mis condiciones. Es un simple acuerdo de intereses.

Fergus y Ewan intercambiaron una mirada antes de que una sonrisa cómplice se dibujara en sus rostros.

—Pues yo creo... —sentenció Fergus— que ella tampoco es tan indiferente a tu presencia.

Calum guardó silencio, fingiendo desinterés mientras daba la espalda a sus amigos para ignorar sus comentarios.

Sin embargo, por dentro, la tormenta ya se había desatado.

Una certeza aplastante y casi terrorífica le oprimía el pecho: lo que le ocurría con Ariadna era algo muy extraño, una fuerza que escapaba a su control.

Por mucho que invocara sus viejos juramentos y sus cicatrices, sus ojos se resistían a obedecerle; maldiciéndose en silencio, se descubrió buscando de nuevo la silueta de la joven entre el resplandor de las hogueras, incapaz de apartar la mirada de ella.

De pronto Sophia apareció detrás de Ariadna, alzando una tira de lino blanco.

—¡Es la tradición del valle! —exclamó la muchacha con picardía, vendándole los ojos antes de que pudiera negarse—. Tienes que encontrar a ciegas a tu pareja de baile.

—¿A mi pareja? ¡Sophia, espera! ¡Pero si me voy a casar con tu hermano!

—¡Ja, ja, ja! Lo sé. Pero tu pareja de baile no tiene por qué ser él.

Rio con ganas mientras le daba varias vueltas para desorientarla.

Entre risas compartidas, la joven se apartó dejándola en mitad de la pista.

A su alrededor, varias muchachas en su misma situación buscaban a tientas entre la multitud; un juego habitual para aquellas que estaban a punto de desposarse.

Ariadna quedó a oscuras, guiada por el calor de la hoguera y el rumor de la música.

Al ver el juego, Calum no lo dudó. Se abrió paso entre los aldeanos con determinación, decidido a ser él quien se cruzara en su camino.

Se plantó frente a ella, inmóvil, esperando.

Ariadna avanzó con las manos extendidas, tanteando el aire, hasta que sus dedos tropezaron con la aspereza del cuero y el calor de un pecho firme.

Supo al instante de quién se trataba. Calum, con extrema lentitud, alzó las manos, desató el nudo del lino y retiró la tela de sus ojos.

Cuando la venda cayó, el mundo alrededor pareció desvanecerse.

El estruendo de la música, los vítores del clan y el crujido de las maderas ardiendo se apagaron por completo.

Solo quedaron ellos dos, atrapados en un magnetismo silencioso, como si el tiempo se hubiera detenido y bailaran a solas, envueltos por el calor de las llamas bajo el infinito manto de estrellas.

A unos metros, la multitud los observaba en silencio. Donald y Margaret se miraron de reojo, con una quietud pacífica en el rostro. En ese preciso instante, ambos supieron, sin necesidad de pronunciar una sola palabra, que aquella joven era la única capaz de devolverle la felicidad a su hijo.

El bullicio de la fiesta, las risas de los invitados y la música parecieron desvanecerse en el segundo en que Calum dio un paso al frente y la reclamó como su pareja.

Al rodearla con sus brazos, el tiempo se ralentizó.

Su mano se posó con firmeza en la cintura de Ariadna, mientras la otra buscaba la suya; el leve roce de sus dedos contra la piel de la joven envió un chispazo eléctrico que los recorrió a ambos.

No necesitaban la melodía que se escuchaba en el valle.

Al comenzar a moverse, se guiaron por un compás invisible, una música propia dictada solo por el ritmo de sus corazones.

El resto del mundo se volvió borroso, un fondo confuso de luces y sombras ajeno a ellos.

Ariadna lo miraba atrapada por la intensidad de esos ojos que tantas veces le habían parecido indescifrables, pero que ahora la envolvían con una calidez inesperada.

Sentía el pecho agitado, no por el esfuerzo físico, sino por la abrumadora certeza de que ya no quería estar en ningún otro lugar.

Calum, por su parte, luchaba contra el desmoronamiento de sus propias barreras.

Aquella fachada de frialdad y control que siempre se esmeraba en mantener se disolvía con cada giro suave, con cada respiración compartida.

Voltearon con una delicadeza casi sagrada.

Ninguno de los dos pronunció una sola palabra; el silencio era un refugio perfecto.

En sus labios se dibujó una sonrisa cómplice, un reflejo idéntico del alivio y la felicidad que experimentaban en ese instante.

Entonces, movida por un impulso irrefrenable que desafiaba toda su lógica, Ariadna alzó la mano libre y acarició la mejilla de Calum.

Su piel estaba tibia, y el contraste con la suavidad de sus dedos la hizo estremecer.

Calum, al tomarlo por sorpresa, se tensó.

Nadie lo tocaba así, con tanta ternura desinteresada.

Ese simple gesto abrió una grieta en su armadura, desatando un torrente de emociones que lo inundó por completo: un instinto feroz de protección, una fascinación profunda y un sentimiento nuevo, asustadizo pero innegable, hacia la joven.

Espoleado por esa revelación, detuvo sus pasos en mitad de la pista.

Bajó la mano de ella de su mejilla con lentitud, entrelazando sus dedos con los suyos y acariciando el dorso de sus manos con el pulgar, como si tratara de convencerse de que era real.

—Estás muy bonita esta noche —le dijo, con una voz más baja y ronca de lo habitual, desnudando una parte de su verdad.

Ariadna, sintiendo que las mejillas le ardían, pero decidida a no flaquear ante su mirada, esbozó una sonrisa traviesa.

—Tú tampoco estás mal.

Una auténtica carcajada, breve pero sincera, escapó de los labios de Calum. Le hacía gracia su audacia, esa mezcla de timidez y orgullo que lo desarmó.

—¿Solo no estoy mal? —replicó él, inclinando un poco la cabeza, con un brillo de diversión en los ojos—. Tendré que esforzarme más el próximo baile, para ganarme un cumplido mejor.

—¡No te confíes! —respondió ella, suavizando el tono, aunque sin romper el hechizo que los unía—. Los elogios hay que conquistarlos.

—Considero que este acuerdo ya me está costando más de lo que planeé —bromeó él, reteniéndola un poco más cerca.

El instante mágico, sin embargo, fue interrumpido por una presencia familiar. Fergus se deslizó entre la multitud con paso firme y se colocó justo al lado de Calum. Sin romper del todo el espacio de la pareja, se inclinó hacia su oído y le susurró con tono burlón:

—Amigo, estás perdido.

Casi de inmediato, la complicidad de una segunda risa —la de Ewan, que observaba desde unos pasos más atrás— llegó a sus oídos.

Calum cerró los ojos un segundo, exhalando un suspiro resignado mientras una media sonrisa se dibujaba en su rostro.

Sabía a qué se referían sus amigos. Su supuesta farsa, el «acuerdo de intereses» del que tanto presumía, se había desmoronado ante los ojos de todo el mundo en menos de lo que duraba una danza.

Pero entonces, la culpa lo golpeó con la fuerza de un impacto.

Sintió que ese instante de felicidad era una traición directa a la mujer que había amado con tanta intensidad en el pasado.

El remordimiento congeló sus facciones; algo en su rostro cambió y Ariadna fue testigo directo de esa repentina frialdad.

Sin una pizca de la calidez de hace unos segundos, él le soltó la mano con brusquedad y clavó en ella una mirada sombría y distante.

—No te demores mucho en irte a la cama —sentenció, con una voz que ya no reconocía—. Mañana partiremos temprano hacia el castillo MacLaery para el juramento y... el anuncio de nuestro compromiso y boda.

Ariadna se quedó inmóvil, con la palabra atrapada en la garganta.

La calidez del baile aún vibraba en su piel, volviendo aquel repentino desdén todavía más doloroso e incomprensible.

Buscó en sus ojos alguna explicación, el rastro del hombre que le acababa de sonreír, pero solo encontró una barrera de hielo.

Antes de que pudiera articular pregunta alguna, Calum le dio la espalda.

Con paso firme y apresurado, comenzó a cruzar el patio, dejándola atrás.

Ariadna, sumida en el desconcierto, solo pudo sostenerle la mirada a la distancia, observando en silencio cómo su silueta era devorada por las sombras al adentrarse en el frío del torreón.