Capítulo 13
E l ambiente cambió en cuanto cruzaron el umbral del castillo. La actividad en el patio de armas era frenética: sirvientes transportando barriles, soldados afilando armas y doncellas cargando canastos de mimbre. De entre el bullicio, Sophia apareció corriendo hacia ellos con el rostro iluminado.
—¡Calum! —exclamó la muchacha, abriéndose paso a toda prisa.
Rodeó el cuello de su hermano con un abrazo fuerte y, de inmediato, se giró hacia Ariadna para estrecharla con la misma calidez—.
¡Menos mal que regresáis! Los aldeanos ya están abajo, en el valle, preparando las hogueras para la fiesta de la cosecha de esta noche. Tenéis que cambiaros.
Ariadna, todavía un poco abrumada por las revelaciones del camino, miró a Calum y luego a la muchacha, asimilando a duras penas la efusividad de la bienvenida.
—¿La fiesta de la cosecha? —preguntó la joven, tragando saliva e intentando que su voz sonara normal, aunque el corazón todavía le latía con fuerza por el momento que había compartido con Calum.
—¿No se lo has dicho? —preguntó Sophia, clavando una mirada de fingida indignación en su hermano.
—No, la verdad es que no me acordaba... —admitió Calum, rascándose la nuca con gesto cansado.
—¡¿Que no te acordabas?! ¡Pero si ayer te lo repetí tres veces antes de que te marcharas! —reprochó Sophia, dándole un leve golpe en el brazo.
Ariadna forzó una sonrisa. El cansancio la dominaba y se cruzó de brazos en un intento desesperado por disimular el temblor de sus manos, pero el gesto no pasó desapercibido para Calum.
—¿Te encuentras bien? —preguntó él, dándose la vuelta.
Se aproximó a ella y le puso las manos sobre los hombros, estudiándola de cerca para evaluarla.
—Sí, sí... Estoy bien, de verdad —insistió ella, intentando sostenerle la mirada.
Sophia suavizó la expresión, captando el cansancio en los ojos de la joven. Se acercó un paso más y le tomó las manos, que estaban muy frías.
—¡Oh, estás helada!
Calum, que ya tenía la mente puesta en la reunión con su padre, observó el intercambio. Ver la naturalidad de su hermana contrastar con la rigidez de Ariadna le encogió un poco el pecho. Suavizó el gesto por un instante para dirigirse a la joven.
—Es la celebración más importante del año para nuestro pueblo —le explicó—. Damos gracias por los alimentos almacenados, se comparte la cerveza, se baila alrededor del fuego...
—¡Es una noche mágica! —añadió Sophia con los ojos brillantes de entusiasmo—. Todo el mundo se viste con sus mejores ropas. Hay música hasta el amanecer. ¡Te va a encantar, Ariadna! De hecho, los aldeanos están ansiosos por conocerte formalmente.
—¿Por... conocerme a mí? —respondió la joven, abriendo los ojos de par en par.
El pánico amenazó con reflejarse en su rostro.
Calum interceptó el temor de la muchacha e intercambió una mirada cómplice con ella, recordando el pacto de fingir su compromiso que acababan de sellar en el bosque.
Con un asentimiento imperceptible, le transmitió una muda petición de calma.
Luego le dio a su hermana una suave palmadita en la espalda, para desviar la atención.
—¡Disfrutad de los preparativos! —dijo él, recuperando su tono serio y profesional—. Yo debo ir a hablar con mi padre de inmediato. Hay asuntos del clan que no pueden esperar.
Sin dar más explicaciones, Calum se dio la vuelta y se encaminó a grandes zancadas hacia el gran salón del castillo. Sophia lo vio marcharse con un leve suspiro, acostumbrada al carácter taciturno y distante de su hermano, y luego tomó a Ariadna del brazo con total confianza.
—Ya conoces a Calum, siempre cargando con el peso del mundo sobre los hombros —comentó Sophia con una sonrisa reconfortante, guiándola hacia las escaleras de la torre—.
¡Olvídate de él por ahora! Ven conmigo, te acompañaré a tu habitación.
Tenemos que buscarte un vestido adecuado para esta noche y secar ese cabello, o te resfriarás antes de que empiece el primer baile.
Mientras subían los gastados peldaños de piedra, Sophia no dejó de parlotear, rompiendo el hielo que atenazaba a Ariadna.
—Tengo el vestido perfecto para ti. Es de un color verde que hará resaltar tus ojos. Mi costurera insistía en que me lo quedara, pero a mí me queda fatal, parezco un repollo —bromeó la muchacha, soltando una risotada—. Dime, ¿en tus tierras también celebráis el fin de la cosecha con hogueras?
Ariadna sintió un nudo en la garganta. La amnesia era un muro en blanco.
—Yo... no lo recuerdo muy bien, Sophia.
Esta se detuvo a mitad de la escalera y la miró con profunda empatía. Le apretó el brazo con dulzura.
—Calum te ayudará a recordar.
Ariadna se dejó llevar, estaba agradecida por la reconfortante energía de Sophia. Mientras entraban a los aposentos, el ambiente tenso del viaje de regreso empezó a disiparse, reemplazado por la promesa de una noche de tregua entre la música y las luces de las hogueras.
***
Al empujar las pesadas puertas de roble del gran salón, la atmósfera se volvió densa y opresiva.
Calum respiró en profundidad, sintiendo el peso de la piedra sobre su cabeza.
Sentado al fondo, cerca de la gran chimenea donde apenas ardían unos troncos que proyectaban sombras alargadas, se encontraba su padre.
A su lado, erguidos como estatuas de piedra, estaban Fergus y Ewan.
Fergus limpiaba con parsimonia una daga corta con un paño engrasado, mientras Ewan, con los brazos cruzados sobre el pecho, mantenía la mano derecha apoyada en el pomo de su espada, vigilando la entrada con ojos de halcón.
Donald Fraser alzó la vista. Tenía un pergamino arrugado sobre la mesa de roble, iluminado apenas por el parpadeo de una vela gastada.
—Llegas a tiempo, hijo —dijo el anciano con una voz grave que arrastraba el cansancio de mil batallas—. En cuanto acabe la fiesta de la cosecha debemos partir hacia el castillo de los MacLaery para el juramento. No hay tiempo que perder.
—¿Qué ocurre, padre? Veo la guardia redoblada en las almenas —respondió Calum, avanzando con paso firme hacia la mesa.
Fergus dejó de limpiar la daga y miró de reojo a Calum, guardando el arma en su vaina. Ewan dio un paso al frente, entornando los ojos.
—Hemos interceptado a un mensajero que iba hacia el norte —explicó Donald, dando un golpe seco con un nudillo sobre el pergamino—.
¡El maldito prefirió tragarse el veneno que llevaba escondido en un anillo antes de hablar cuando mis hombres lo rodearon!
Murió siguiendo instrucciones estrictas de no dejarse capturar vivo.
Pero logramos quitarle esto. El mensaje nos alarmó a todos.
Donald desdobló el papel con manos temblorosas pero firmes y leyó en voz alta, con una gravedad que helaba la sangre:
—«Acudiré con mis mejores soldados al lugar del juramento.
La quiero viva, necesito algo que ella tiene y muerta no sirve para encontrar eso que lleva consigo.
Después cumpliré la promesa que te dio el arzobispo de York: el oro, las tierras y la muerte de los hombres que me has indicado. Lord Hilton».
Al terminar de leer, el silencio en la sala se volvió cortante, casi sólido. Fergus y Ewan intercambiaron una mirada sombría. Calum asimiló las palabras, sintiendo cómo una amenaza invisible pero letal se cernía sobre la mujer que acababa de dejar en el patio.
Donald clavó en su hijo sus ojos severos y cansados, inclinándose hacia delante sobre la mesa de madera.
—Dime una cosa, Calum —sentenció el viejo, bajando la voz hasta convertirla en un susurro ronco—. Esa mujer que has traído... ¿es ella? ¿Es Ariadna la joven a la que se refieren?
Calum sostuvo la mirada de su padre sin pestañear. El salón pareció volverse aún más frío.
—Sí, padre. Es ella. No hay duda —confirmó con voz firme.
Donald dejó escapar un suspiro pesado, apoyando los puños sobre la madera de la mesa. El ambiente en el salón se había vuelto denso.
—¿Quién es lord Hilton? —preguntó Fergus, rompiendo el silencio—. Jamás ha estado por estas tierras, es la primera vez que escucho ese apellido.
—Yo tampoco lo conozco —respondió Donald, clavando sus pupilas severas en las de su hijo—. ¿Qué te ha dicho ella, Calum? ¿Sabes qué es lo que esconde?
—Ese es el problema —respondió su hijo, cruzándose de brazos con el semblante ensombrecido—.
Ella no recuerda nada. Su mente está completamente bloqueada.
No sabe quién es ni por qué la persiguen.
Lo único que sé es que lo que esconde, y lo que quieren de ella, tiene que ver con el Lago de las Sombras y la Roca del Arrepentimiento.
Al mencionar el nombre del lago, un silencio reinó en la estancia. Fergus detuvo por completo cualquier movimiento y Ewan apenas pestañeaba, conteniendo el aliento.
—El Lago de las Sombras... —repitió Fergus, con una mueca donde el escepticismo luchaba contra un temor ancestral—. La vieja leyenda del clan... sus aguas se tragan a los hombres. ¿Por qué querría ir allí? Nadie que haya osado cruzar sus linderos ha regresado jamás. ¡Ese lugar está maldito!
—¡Supersticiones absurdas! —replicó Calum con frialdad—. El lago no está maldito. Ni siquiera sabemos a ciencia cierta si los que partieron hacia allí murieron o si, simplemente, decidieron no regresar.
Donald Fraser permaneció en silencio, acariciándose la barba canosa mientras el peso de los años y la preocupación se grababan en las arrugas de su frente. Contempló el danzar hipnótico del fuego en la chimenea antes de que su voz, apenas un susurro, rompiera la tensión del bando.
—Ella tiene que tener algo de gran valor para ellos.
—¡No puedo forzarla a que recuerde! El galeno insistió en que sería algo temporal, pero no me podía decir si era cuestión de días, semanas o meses. ¡Las leyendas de ese lugar son tonterías! Si ella recuerda algo y tiene que viajar hasta ese lugar, yo mismo la acompañaré.
Donaldo observó a su hijo con interés.
—¡Lo sé, hijo, son tonterías! Pero... ¿qué es lo que busca Ariadna allí? ¿Por qué la persiguen? —No dejaba de hacerse la pregunta.
—¡Lo recordará! —aseguró Calum, sosteniendo la mirada—. Solo necesita tiempo.
—¡Has puesto en peligro a todo tu clan al traer a esa mujer aquí! —bramó el anciano, perdiendo por un instante la compostura.
—¡Esa mujer es mi futura esposa!
Las palabras resonaron con tanta fuerza y firmeza en los muros de piedra que incluso el propio Calum se sorprendió de lo convincente que había sonado.
Donald observó a su hijo buscando cualquier rastro de duda en sus ojos.
Desde la muerte de Màiri, Calum se había convertido en un hombre huraño y distante, cerrado al mundo.
Sin embargo, ahora veía una chispa diferente en él, una determinación que hacía tiempo había desaparecido.
Si su hijo había escogido a esa muchacha, Donald sabía que no era quién para imponerle otra alianza.
—¡Está bien! Si es la mujer elegida por ti, la protegeremos —sentenció Donald, suavizando el tono—.
En el juramento anunciaremos vuestro enlace para que todo el mundo lo sepa y nadie ose tocarla.
El arzobispo de York no tiene poder en nuestras tierras, y sus enviados mucho menos. Aquí estará a salvo.
—Pero los rumores dicen que el arzobispo no se detiene ante nadie ni nada.
Calum lo miró con la mano puesta sobre el pomo de su espada.
—¡Ante nosotros se detendrá! —sentenció.