Capítulo 12
E l sol empezaba a caer mientras subían hacia el castillo.
El silencio entre los dos resultaba cómodo, pero Ariadna no pudo pasar por alto la rigidez en el andar de Calum; era evidente que algo doloroso le rondaba la cabeza.
Necesitaba entender, no solo por curiosidad, sino porque el sufrimiento de él despertaba algo muy íntimo dentro de ella.
—Calum. —Rompió el silencio con suavidad, ajustándose el plaid alrededor de los hombros—. ¿Cómo era Màiri?
Él tensó la mandíbula, manteniendo la vista fija en el sendero de piedra que ascendía hacia la fortaleza. Sus pasos se volvieron más rígidos.
—No es buen momento, Ariadna. El pasado debe quedarse donde está.
—Pero te está consumiendo —insistió ella, dándole un sutil toque en el brazo para obligarlo a mirarla—. Lo puedo ver en tus ojos. Déjame compartir esa carga, aunque sea un poco.
Calum se detuvo en seco. El aire del norte pareció volverse más denso. Por un instante, la máscara de frialdad amenazó con volver, pero al mirar el rostro limpio y expectante de Ariadna, algo terminó de romperse en su interior. Soltó un suspiro largo, cargado de años de culpa reprimida.
—Ella era mi norte, mi balsa en mitad de la tormenta...
—confesó, y su voz, siempre firme, tembló con sutileza—.
Cuando la perdí, sentí que la rabia y el rencor me arrastraban hacia un pozo del que nunca saldría.
Me culpo cada día por no haber estado allí, por no haberla protegido.
Siento que una parte de mí murió con ella en esa maldita tierra.
Ariadna lo escuchó con el corazón encogido, percibiendo la devastación en cada una de sus palabras.
—¿La amabas mucho? —preguntó en un susurro, casi temiendo la respuesta, pero necesitando escucharla.
Calum la miró con una sinceridad descarnada.
—Con toda mi alma. Era un amor profundo, de esos que te marcan a fuego y cambian el rumbo de tu vida para siempre. Nunca volveré a ser el mismo después de ella.
El silencio regresó entre los dos, roto solo por el silbido del viento que peinaba los brezos.
Ariadna asimiló sus palabras, respetando el peso de aquel luto que no le pertenecía, pero que casi podía palpar.
Calum, incómodo por haberse desnudado emocionalmente de tal manera, enderezó la postura y desvió la mirada.
La rigidez de sus hombros delataba que buscaba con desesperación cambiar de tema.
Sin embargo, fue ella quien rompió la tregua.
—Nosotros... Tú y yo... No me amas a mí de esa manera, ¿verdad? —preguntó Ariadna en un susurro, deteniendo sus pasos en seco.
Calum se paró a los pocos metros. Se giró despacio para mirarla de frente.
El corazón le dio un vuelco; no quería herir a la joven, pero la mentira ya pesaba demasiado en su conciencia.
Su corazón estaba cerrado a amar y ella debía saberlo.
Tenía que ser honesto: no estaba enamorado de ella.
Su supuesta alianza no era más que un pacto silencioso del que ambos salían beneficiados; ella obtenía la protección de un clan fuerte —algo que él había intuido que necesitaba desde el primer segundo en que la vio— y él resolvía su problema.
—No, Ariadna. No te amo... de esa manera —admitió él, dando un paso hacia ella.
Sus ojos reflejaban una disculpa sincera—.
En realidad, te mentí, y te ruego que me perdones.
No fui honesto contigo desde el principio, y no quiero seguir adelante con esta farsa a menos que tú lo desees y aceptes las condiciones.
Ariadna lo observó en silencio, manteniendo la mirada fija en la suya, devorando cada uno de sus gestos para calibrar la verdad en sus palabras.
—Te dije algo que nunca ocurrió —continuó Calum, tragando saliva—.
Nosotros no nos conocíamos ni estábamos enamorados.
Yo iba de camino a las montañas cuando te encontré.
Estabas en peligro; varios hombres pretendían capturarte porque, por algún motivo que desconozco, el arzobispo de York te busca.
Te defendí de ellos, y lo primero que hiciste al reponerte fue preguntarme por el Lago de las Sombras y la Roca del Arrepentimiento.
Te advertí que es un lugar maldito, que nadie sale con vida de allí, pero insististe en ir.
Estabas aterrorizada. Te marchaste, y después, cuando yo regresaba a mi castillo, te encontré medio moribunda.
Ariadna lo escuchaba estupefacta. Aunque su mente seguía en blanco, el relato de aquella huida desesperada le heló la sangre. Calum escudriñaba su rostro, buscando con desesperación en sus facciones alguna chispa de reconocimiento, pero solo encontró desconcierto.
—Entonces... ¿¡todo lo que me dijiste es mentira!?—articuló ella, con la voz temblorosa—. Incluso que mi familia estaba muerta.
—No del todo... Tú me dijiste que el arzobispo había matado a tu padre.
Deduje que estabas sola y que huías de una amenaza terrible.
Te persigue el mayor villano que hayan visto mis ojos: un clérigo que solo se mueve por avaricia, un hombre que no ascendió por vocación divina, sino con las manos manchadas de sangre.
Ansía el poder y quiere algo de ti. Algo que no descubriremos hasta que logres recordar.
Calum guardó silencio, dejando que el peso de la revelación se asentara. Pasados unos segundos, al ver el desamparo en los ojos de la joven, acortó la distancia que los separaba y posó las manos con suavidad sobre sus hombros.
Al sentir el contacto, Ariadna soltó un largo suspiro.
Contra todo pronóstico, saber que él no la amaba le produjo un alivio inmenso.
Una angustia sorda la había estado carcomiendo por dentro al notar que ella no correspondía a los supuestos sentimientos de su «prometido»; saber que ambos estaban en el mismo punto de indiferencia romántica le quitó un peso de encima.
—Mi padre me amenazó —retomó Calum, mirándola a los ojos—.
Si no encontraba esposa pronto, me obligaría a casarme por conveniencia con la hija de un clan aliado.
Yo no quería, ni podía hacerlo... Entonces te encontré a ti.
Pensé que si nos casábamos los dos saldríamos ganando.
Tú tendrías el apellido y la fuerza de mi clan para protegerte del arzobispo mientras te ayudo a recuperar tu identidad; y yo...
yo evitaría casarme con una mujer a la que nunca querría y a la que terminaría haciendo infeliz.
Hizo una breve pausa, aflojando la presión de sus manos en sus hombros, dándole espacio.
—Pero si tú no deseas esto iré a hablar con mi padre ahora mismo y le diré la verdad. No habrá boda. Aun así, puedes quedarte en el castillo todo el tiempo que necesites. Te doy mi palabra de honor de que, decidas lo que decidas, te protegeré y te ayudaré.
Ariadna apenas pestañeaba. Aspiró el aire fresco de la tarde, abrumada. Era demasiada información para un solo día.
—Está bien... —asintió al fin, asimilando la lógica detrás de sus actos—. Puedo comprender los motivos que te llevaron a este engaño, y te agradezco que hayas tenido el valor de contármelo ahora.
Se calló unos instantes, sopesando el futuro. Contempló el castillo a lo lejos y luego volvió a mirarlo a él.
—De acuerdo, seguiremos adelante con tu plan. Nos casaremos. Pero... si me convierto en tu esposa... no tendremos... —se interrumpió, sintiendo cómo el calor le subía de golpe a las mejillas, incapaz de terminar la frase.
Calum esbozó una sonrisa franca, adivinando enseguida el motivo de su apuro y la timidez que le impedía nombrarlo.
—No tendrás que compartir mi cama, Ariadna. —La tranquilizó con suavidad—. Solo de cara al resto del mundo actuaremos como un matrimonio. En la intimidad de nuestros aposentos seremos libres. No habrá ninguna obligación entre nosotros.
Ariadna asintió, estaba aliviada, y una pequeña sonrisa de complicidad asomó en sus labios. Con el pacto sellado sobre una base de sincera honestidad, ambos reanudaron la marcha hacia la fortaleza.
—Hay algo que me gustaría preguntarte antes de llegar al castillo—dijo él, acelerando el paso—. Cuando estuviste enferma, delirando por la fiebre, no parabas de repetir una frase una y otra vez, como si te obsesionase.
Ariadna lo miró, intrigada.
—¿Qué frase?
— Clavis caeli, porta inferni . ¿Te dice algo? ¿Sabes qué significa?
Al escuchar esas palabras, Ariadna se detuvo en seco.
Un escalofrío helado le recorrió la espina dorsal y el mundo a su alrededor pareció desvanecerse.
En la oscuridad de su mente amnésica, una chispa se encendió, desenterrando un eco del pasado.
El significado de las palabras emergió con total nitidez.
—Llave del cielo, puerta del infierno —pronunció con voz vacía, casi fantasmal.
—¿Recuerdas algo más? —preguntó Calum, dándose la vuelta al notar cómo se le iba el color del rostro.
Ella parpadeó, turbada, buscando en la niebla de su mente.
—No... no logro recordar nada más.
—Seguro que pronto te empiezas a acordar. No te obsesiones con ello, ¿vale?
Ariadna asintió. Siguieron el recorrido en silencio hasta que llegaron a una pradera cubierta de flores de diversos colores.
—Gracias, Calum —susurró Ariadna.
Él la miró, extrañado por el repentino agradecimiento.
—No tienes que darme las gracias por nada.
—Por las flores —aclaró ella, buscando sus ojos—. Por las que dejas en mi mesa todas las mañanas.
Calum sonrió de medio lado, con una ternura que rara vez mostraba.
—¿Te gustan?
—Mucho —asintió Ariadna, devolviéndole la sonrisa.
—Entonces nunca faltarán en tu alcoba. Te lo prometo.
Tras sus palabras, ambos se sostuvieron la mirada, dejando que el silencio hablara por ellos.