Capítulo 11 #4
—Me alegro —respondió ella, con la cara lavada por la brisa y una risa traviesa.
Ariadna soltó otra carcajada al ver que Calum tenía los pantalones completamente pegados a las piernas, mientras que ella, con un quiebro de última hora, se había librado de mojarse el resto del vestido.
Al ver su mirada de triunfo y lo hermosa que se veía desbordando tanta vida, Calum no pudo contenerse más.
Con un movimiento ágil y rápido, la tomó por la cintura y la izó sobre su hombro.
—¡Calum! ¡No! ¡Bájame! —gritó ella entre risas ruidosas, pataleando mientras él caminaba con paso firme hacia donde el agua era más profunda.
Él no se detuvo hasta que el agua le cubrió la cintura.
Entonces, la deslizó con suavidad hacia abajo, pero no la soltó; la sostuvo con firmeza entre sus brazos.
En esa profundidad, los pies de Ariadna no tocaban el fondo, pero los de él sí, manteniéndola a flote con seguridad.
Con la palma de la mano, Calum retiró con delicadeza el agua y los mechones de pelo mojado que se le pegaban a la cara a Ariadna.
Ella, jadeando y con las mejillas encendidas, dejó de reír poco a poco.
—Eres un tramposo... —susurró ella, aunque sus manos se apoyaban con confianza en los hombros de él.
—Dije que sería más dramático la próxima vez —replicó él en un susurro, con la voz más grave.
Se quedaron ambos en silencio. El vaivén del agua, pausado y constante, los mecía con una cadencia casi hipnótica, obligándolos a acompasar sus movimientos y manteniéndolos unidos en un rincón del mundo que parecía pertenecerles solo a ellos.
Sus miradas se fijaron la una en la otra, atrapadas en un magnetismo nuevo, desconocido y poderoso.
Ninguno de los dos se atrevía a pestañear, temerosos de romper el hilo invisible que acababa de enredarse entre sus almas.
En ese espacio íntimo, rodeados por la inmensidad sobrecogedora del océano, el tiempo pareció dilatarse.
Ambos sintieron el latido inconfundible de un amor que empezaba a crecer en ellos.
Para Calum, mantenerla entre sus brazos no era solo sostener su peso; era sentir cómo se agrietaba la rigidez que le había acorazado el pecho durante años.
El calor de Ariadna, tan próximo, contrastaba con el agua helada y actuaba como un bálsamo directo sobre su culpa.
Por primera vez, el recuerdo de la pérdida no dolió como una herida abierta, sino como una cicatriz antigua.
Sintió miedo, un pánico atroz a volver a querer, pero la certeza de la paz que ella le transmitía era mucho mayor que su temor.
Supo, en ese segundo de absoluta entrega, que estaba entrando en un peligroso juego al que se había negado a participar: no quería ni volvería a amar a una mujer, pero...
¿acaso podía frenar un sentimiento que no podía gobernar ni controlar? , se dijo a sí mismo.
Ariadna sintió que el vacío de su memoria ya no importaba tanto.
Su pasado seguía oculto en las sombras, pero su presente cobraba un significado abrumador en los ojos de Calum.
Al mirar la vulnerabilidad expuesta en las facciones de él, una necesidad imperiosa de protegerlo, de ser su puerto seguro, la inundó por completo.
Ya no se sentía una impostora, el latido de su propio corazón, acelerado contra el pecho de Calum, le dictaba una verdad que su mente no necesitaba recordar: ¿pertenecía allí, en los brazos del hombre que empezaba a mirar no como a un extraño, sino como a su destino? , pensó.
Calum rompió el hechizo con reticencia, clavando los ojos en el cielo que empezaba a cubrirse de algunas nubes.
—Creo que deberíamos irnos antes de que el sol se oculte bajo las nubes —dijo, con una nota de preocupación—. Acabas de salir de una enfermedad y ahora estás empapada. No debería haber permitido esto... Si empeoras... Has estado muy grave, Ariadna.
Ella le puso una mano en la mejilla, obligándolo a mirarla, interrumpiendo su incipiente culpa.
—Calum, no empeoraré —le aseguró con firmeza y dulzura—. ¡Quiero vivir, y esto es vida! Además, mira el día, es cálido y el sol aún calienta.
Él clavó las pupilas en el negro de sus ojos y encontró en ellos esa chispa de vida que él creía haber dejado atrás.
El rostro de Ariadna era un remanso de paz, un refugio alejado de la culpabilidad, la rabia y el rencor que a él lo consumían.
Ella sonreía, había algo que sabía con absoluta certeza: al lado de ese hombre se sentía a salvo.
Él le transmitía una serenidad profunda que intuía haber estado buscando desde hacía mucho tiempo.
Calum la contempló, estaba desarmado por su vitalidad.
Una vez que salieron del agua y el sol de la tarde comenzó a secarles la piel, él cogió el plaid que había dejado sobre la arena seca, para envolverla con delicadeza.
Al rodearla y rozar sus hombros para protegerla del frío, a Calum se le encogió el pecho; tocar su piel húmeda y vulnerable le despertó un profundo instinto de protección, un temor a romper la fragilidad de ese momento perfecto.