El juramento del highlander Capítulo 11 #3
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Capítulo 11 #3

Calum la observaba desde unos pasos atrás.

Con un suspiro cargado de cansancio, él se dejó caer sobre la arena, sentándose con las piernas estiradas.

La observaba con una mezcla de divertida ternura por su espontaneidad, pero también con los hombros hundidos, abatido por el peso de los malos recuerdos que ese lugar le evocaba.

Ariadna lo miró entonces. Al notar su postura, su sonrisa se volvió más suave, desprovista de burla y cargada de comprensión.

Avanzó hacia él con paso ligero y se sentó a su lado.

Flexionó las piernas, rodeando sus rodillas con las manos en un gesto íntimo de resguardo, mientras Calum apoyaba sus palmas hacia atrás sobre la arena, sosteniendo el peso de su cuerpo y de sus propios pensamientos.

—¿Por qué lo evitas? —preguntó ella con delicadeza.

El silencio se hizo más pesado, amortiguado apenas por el rumor de las olas.

—¿El qué?

—Enfrentarte a tus miedos.

Calum se tensó, sorprendido por la agudeza de sus palabras.

—No lo evito —respondió él al fin, clavando los ojos en sus propias manos—. Es solo... un lugar que me recuerda cosas que no he sabido perdonar.

Una sombra de profunda tristeza oscureció su rostro; sus facciones se tensaron.

Ariadna bajó la vista un instante, respetando el dolor ajeno, antes de volver a mirarlo con firmeza, buscando sus ojos.

Calum, sin embargo, mantuvo la mirada fija en el horizonte marino, donde las olas morían.

No sabía si contárselo. Había blindado su corazón, evitando hablar de sus sentimientos y de la ira interior que lo corroía desde que sucedió aquello...

, pero con ella todo era diferente. Sus barreras se desmoronaban.

—Mi prometida... murió aquí hace años —confesó con un hilo de voz.

Ariadna sintió un vuelco en el corazón. Una profunda pena por él la invadió, un deseo imperioso de consolarlo, pero guardó silencio y lo dejó hablar, comprendiendo que el dolor necesitaba espacio.

—Hubo una tormenta —continuó él, y Ariadna pudo ver cómo sus ojos se humedecían, brillando con una tristeza desgarradora—. Ella se encontraba en este lugar..., el viento, el mar... No se sabe qué ocurrió realmente, pero el mar la devolvió muerta.

Al ver el brillo de las lágrimas contenidas en la mirada de Calum, una oleada de ternura inmensa inundó a Ariadna. Deseó borrar toda su culpa. Guardaron silencio unos segundos, dejando que el duelo flotara entre los dos.

—Entonces no es el lugar lo que duele —dijo ella con una calma reconfortante—. Eres tú quien sigue sangrando por dentro.

Calum la miró impactado, como si esas palabras hubieran atravesado una defensa invisible que había tardado años en construir.

—No sé cómo se deja de sentir eso —confesó. Con el dorso de la mano, se limpió con torpeza una lágrima que resbalaba por su mejilla. En otro tiempo se habría escondido, pero en ese momento no le importó que ella lo viera vulnerable.

Ariadna se giró hacia él, acortando la distancia sin prisa.

Le dedicó una sonrisa dulce, tan llena de calidez y comprensión humana que Calum sintió un vuelco; ver la inmensa humanidad de la joven lo conmovió hasta la médula.

Entonces, ella extendió una mano y le cogió la suya.

Al sentir el roce de sus dedos, una corriente cálida sacudió a Calum, un chispazo de vida que encendió algo que creía muerto en su interior.

—Perdonarse no es olvidar —dijo ella—. Es aprender a respirar sin castigo.

El viento sopló entre ambos, volviéndose más suave de pronto, como si se rindiera ante sus palabras.

—Se me viene una frase a la mente... no sé quién me la dijo ni por qué la recuerdo ahora —añadió ella, frunciendo el ceño, como si su memoria intentara abrirse paso a la fuerza entre el olvido de su propio pasado—.

«Dios no carga al hombre con lo que no puede sanar...

, pero le enseña a caminar aunque aún duela».

Calum la miró en silencio. En su pecho se libraba una batalla de emociones: asombro, gratitud y una creciente devoción por la mujer que tenía al lado.

Por un instante, el mundo pareció detenerse.

No era solo lo que decía, sino cómo lo decía.

La cercanía, la calma absoluta de su presencia, la forma en que su voz parecía encajar con precisión en las grietas rotas de su alma, sin forzar nada, sanando solo con existir.

Sintió un impulso inesperado, casi doloroso por su intensidad: el deseo imperioso de abrazarla, de estrecharla contra su pecho y no dejar que el viento la separara de él jamás. Pero se contuvo.

—¡Dios me la arrebató! —dijo Calum, con un último rastro de amargura.

Ariadna, intuyendo el sufrimiento que dictaban esas palabras, le apretó la mano con suavidad y le respondió:

—Él no te la arrebató, Calum. El mar se lleva lo que es de la tierra, pero Dios te ha dejado a ti aquí para que vuelvas a vivir, no para que te ahogues con los recuerdos.

Ambos quedaron en silencio, asimilando el peso de la verdad. Rompiendo la solemnidad del momento, Ariadna se levantó decidida y avanzó de nuevo hacia la orilla, dejando que el agua espumosa le mojara los tobillos.

—¡Está helada! —exclamó, con los ojos brillantes.

—¡No puedes enfriarte, Ariadna! ¡Has estado muy enferma!

—¡Estoy totalmente recuperada! —Rio.

Ella se giró con una risa breve cuando una ola traicionera la sorprendió, y retrocedió deprisa, casi perdiendo el equilibrio sobre la arena mojada.

—¡Ven! ¡Cuidado...! —gritó Calum.

No pudo evitar una sonrisa, la primera sonrisa auténtica en mucho tiempo.

—¡Te lo dije! Sabía lo que pasaría —dijo él.

—No lo hiciste con suficiente énfasis. ¡Ja, ja, ja!

—La próxima vez seré más dramático —prometió él, poniéndose en pie.

Ella rio otra vez y, sin pensarlo, avanzó hacia donde estaba el guerrero y lo tomó de la mano, tirando de él hacia el agua con picardía.

—¡Entonces ven conmigo!

Calum se dejó llevar por ella. Su cuerpo se movía casi por instinto, deseando contagiarse de su alegría. Se colocó muy próximo a la joven, tan cerca que podía oler la sal en su piel. Sentía el corazón desbocado, no por el frío, sino por la absoluta rendición que experimentaba al estar a su lado.

—¡Avancemos! —dijo Ariadna, tirando de su mano para introducirse más adentro en el agua.

Pero Calum, que conocía bien los caprichos del mar, vio venir la siguiente serie de olas y supo que pronto acabarían empapados si no retrocedían.

—¡Ariadna...! —intentó advertirle con una nota de diversión en la voz.

Demasiado tarde, la ola rompió con fuerza y los alcanzó a los dos.

Calum reaccionó rápido, pero el agua ya los había empapado hasta las rodillas.

Sin embargo, en lugar de quejarse, Ariadna soltó una carcajada genuina, libre y vibrante que resonó sobre el rumor del océano.

Calum la miraba fingiendo resignación, como si acabara de perder una batalla imposible de ganar contra el entusiasmo de la joven.

—Esto no estaba en mi plan —murmuró él, con los ojos llenos de luz.