Capítulo 11 #2
—¿Sin ti? —Fergus lo miró incrédulo—. ¿Y quién nos va a dar una paliza ahora?
—¡Hoy sobreviviréis! —respondió Calum sin apartar la vista.
Ewan sonrió.
—¡Esto es nuevo! ¡El gran Calum Fraser, rendido por una mujer!
—¡No estoy rendido! —murmuró él.
—Pues yo no lo aseguraría tan rápido —se burló Ewan.
—¡Tonterías! ¡Ni siquiera la conozco!
—Ya... Pero es muy bonita y de eso sí que te has dado cuenta; solo hay que fijarse en cómo la miras. —Se rio Fergus.
Tomó una tela de lino y se secó el rostro, aunque el gesto no logró ocultar la tensión en su mirada.
Cogió su plaid , que estaba tirado en la hierba verde, y echó a andar, dejando atrás las risas y los comentarios curiosos de los soldados, que ya comenzaban a susurrar entre ellos.
A medida que se acercaba a Ariadna, la dureza habitual de su rostro de guerrero fue desvaneciéndose poco a poco, como si algo dentro de él cediera sin pedirle permiso.
En su lugar apareció una mezcla de asombro y preocupación.
—¡Ariadna... no deberías estar aquí sola! ¿Cómo te encuentras?
Se detuvo frente a ella, tan cerca que la joven pudo sentir el calor que desprendía su cuerpo tras el ejercicio. De pronto se sintió pequeña, como si la sombra de aquel hombre pudiera envolverla por completo.
—Estoy bien. Necesitaba ver... —susurró ella—. Necesitaba saber si el mundo era real o si solo era parte de mis sueños febriles. No podía soportar un día más encerrada.
Calum la observó con una intensidad serena que la hizo ruborizarse. Alzó la mano como si fuera a tocarla, pero se detuvo al percibir la leve vacilación en los ojos de ella.
—¡Ja, ja, ja! ¡Es real! —le aseguró—. Todo esto es real.
Una sonrisa se dibujó en sus labios, y aquello desarmó a Ariadna.
No era la del guerrero ni la del hombre contenido de la víspera; era distinta, más abierta, más luminosa, como si por un instante hubiera dejado caer todas sus defensas.
Su rostro, sin la rigidez con que ella lo recordaba, revelaba a alguien más transparente, casi vulnerable, y ese descubrimiento la hizo estremecer sin entender por qué.
—¡Estas tierras son tuyas tanto como mías! —añadió él, sin apartar la vista de sus ojos grandes y rasgados—. Detrás de la arboleda está el río, y más allá de esas cumbres, el camino que lleva al mar. Todo lo que ves me pertenece..., y lo mío será tuyo muy pronto.
Ariadna sintió un leve vuelco en el pecho, mezclado con una culpabilidad silenciosa ante la ternura posesiva de aquellas palabras.
—Calum... todo es tan bonito... —confesó—. No recuerdo haber visto nunca nada igual. ¿Es posible que haya olvidado, incluso, la belleza del mundo?
—La recordarás —respondió él con firmeza—. Y si no vuelve sola, te la devolveré yo, una a una, como si te la estuviera nombrando de nuevo.
Se acercó un poco más y apoyó una mano firme sobre su hombro. El contacto la hizo temblar.
—Pero nunca permitiré que olvides esto —añadió con suavidad—: que estás a salvo.
Ajeno a las miradas de sus hombres, Calum le ofreció el brazo.
—¡Ven! Caminemos un poco. Quiero enseñarte el valle antes de que las nubes escondan al sol.
Ariadna aceptó el gesto sintiendo la tensión contenida bajo la manga. Caminó a su lado intentando convencer a su corazón de que aquel contacto era seguro.
—¿Está muy lejos el mar? —preguntó de pronto.
—No. Está cerca.
—Me gustaría que me llevaras ahora.
La respuesta golpeó a Calum con un recuerdo antiguo. Su mirada se ensombreció apenas un instante; desde la muerte de Màiri no había vuelto a aquel lugar. Ariadna lo notó al instante: la rigidez en su mandíbula, la forma en que su respiración se volvió más contenida.
—Si no quieres... no hace falta —añadió ella, bajando la voz—. No quiero que te veas obligado a llevarme.
Calum la miró. Durante un momento pareció librar una batalla silenciosa consigo mismo. Luego, como si hubiera tomado una decisión, asintió.
—¡Vamos! —dijo al fin—. ¡Te llevaré al mar!
El camino hacia la costa descendía entre colinas suaves cubiertas de brezo y hierba alta.
El viento olía a sal incluso antes de verlo, como si el mar se anunciara mucho antes de aparecer.
Ariadna caminaba observándolo todo con curiosidad infantil: las flores pequeñas que se abrían entre las piedras, el vuelo bajo de las aves, el murmullo del agua escondida en los arroyos.
Calum, a su lado, hablaba poco, pero cada tanto la miraba de reojo, como si aún no terminara de creer que ella estuviera allí.
Un repentino y fuerte viento se levantó de la nada, enredando los cabellos de Ariadna hasta cubrirle el rostro por completo.
Calum no pudo evitar sonreír al verla así, atrapada por la sorpresa de aquel inesperado golpe de aire.
—Aquí el viento cambia de humor —murmuró él, rompiendo el silencio mientras avanzaban—. A veces es suave... casi amable. Y otras, sopla con tanta fuerza que parece querer arrancarte del suelo deseando vencerte.
Ariadna giró el rostro hacia él, intrigada.
—¿Y a ti te ha vencido alguna vez? —preguntó con una leve sonrisa, como si no creyera posible que alguien como él pudiera ceder ante una fuerza invisible.
—¿Vencido?
—Sí. Un viento tan caprichoso bien podría tener la fuerza necesaria para doblegar al gran Calum Fraser.
—¿El gran Calum Fraser? —repitió él, divertido.
—¡El mismo! El hombre que lucha contra sus dos esbirros a la vez porque uno solo le parece poco —bromeó ella con ironía.
Calum soltó una carcajada, sorprendido por su audacia.
—A veces —admitió, sorprendiéndola.
Ella arqueó una ceja.
—¡No te imaginaba perdiendo contra algo que no tiene espada!
—Hay cosas más difíciles de vencer que un hombre armado —respondió él, mirándola de reojo—. El viento, por ejemplo, no puedes enfrentarlo... solo esperar a que decida dejarte en paz.
—Eso suena a derrota —dijo ella, con suavidad.
—No siempre —replicó él tras un instante—. A veces es solo aprender a no pelear contra todo.
Ariadna bajó la vista un momento, pensativa.
—Entonces tú eliges tus batallas con cuidado.
—O eso intento —dijo Calum—. Aunque no siempre acierto.
Ella lo miró de nuevo, más curiosa ahora.
—¿Y esta tierra? ¿La has elegido... o te ha elegido ella a ti?
La pregunta lo hizo callar.
Calum tardó un poco en responder, como si no esperara que alguien le hiciera esa clase de preguntas.
—No lo sé —admitió al fin—. A veces siento que pertenezco a ella... y otras que estoy aquí solo porque no me queda otro lugar.
Ariadna lo observó en silencio, y su expresión se suavizó.
—Entonces el viento no siempre te expulsa —dijo ella—. A veces solo te recuerda que sigues aquí.
Calum la miró con una intensidad tranquila.
—Hablas como si supieras más de lo que recuerdas.
Ella esbozó una sonrisa tenue, algo melancólica.
—Tal vez es lo único que no me han borrado del todo.
El viento, de nuevo, sopló con más fuerza, levantando otra vez mechones de su cabello. Calum alzó una mano sin pensar, apartándole el pelo del rostro antes de darse cuenta del gesto. Se detuvo a medio movimiento, como si dudara si debía haberlo hecho.
—El viento también tiene esa costumbre —dijo, más bajo—. Desordenarlo todo.
Ariadna no retrocedió. Solo lo miró.
—¡Y tú pareces alguien que intenta controlarlo todo! —respondió ella.
—No todo —corrigió él—. Solo lo que importa.
El silencio entre ambos se volvió más denso, pero no incómodo. Era un espacio suspendido en el tiempo, donde las palabras no dichas pesaban tanto como el aire.
—¿Y yo importo? —inquirió ella de pronto, casi en un susurro, sin apartar la mirada.
Calum tardó un segundo en responder.
—¿Por qué lo preguntas?
—No lo sé. Tengo una constante sensación de abandono, como si estuviera perdida, sin rumbo, sin recuerdos... —Hizo una pausa, bajando la voz—. A veces pienso que el dolor de mi pasado pudo ser tan fuerte que mi mente decidió olvidar.
Calum la observó en silencio. Una profunda ternura lo invadió al verla envuelta en ese halo de tristeza.
—Sí, importas —dijo al fin.
Al escuchar aquello, el pecho de Ariadna se contrajo en un vuelco repentino.
No fue una respuesta efusiva, pero la gravedad en la voz de Calum le caló hondo.
Sintió nacer en su interior un calor, una mezcla de alivio y un dulce temor que le aceleró el pulso.
Importaba. Para un alma que a veces se sentía flotar en la incertidumbre, oírlo de su boca fue como encontrar un anclaje invisible en medio de la tormenta en mitad de su amnesia.
Cuando por fin llegaron a la cima de la última colina, el mar apareció de golpe, extendido como un mundo aparte.
Ariadna se quedó sin palabras. El alma se le ensanchó ante la inmensidad, sintiendo una fascinación pura que la desbordaba.
Calum, en cambio, notó que la boca del estómago se le cerraba.
Una angustia punzante, nacida de los fantasmas de su pasado, lo golpeó al reencontrarse con ese paisaje.
Sin embargo, al desviar los ojos hacia Ariadna todo cambió; la observó de soslayo y, al contemplar su rostro sereno, iluminado por una paz tan limpia y ajena al dolor, el rugido de sus propios demonios internos comenzó a amainar.
En la pureza de la mirada de la joven, Calum encontró, por primera vez en años, un sosiego inesperado.
El aire era distinto allí: más salado, más libre, como si tuviera el poder de borrar los pensamientos oscuros con el solo acto de respirarlo.
Bajaron por un sendero empinado hasta la arena y, por primera vez desde que habían salido del castillo, Ariadna se soltó del brazo de Calum.
Se descalzó sin decir nada. El contacto de la arena bajo sus pies desnudos la hizo reír en voz baja; una risa cristalina, casi sorprendida de sí misma, como si redescubriera el placer de las cosas más simples.
Dio un paso, luego otro, y el agua la alcanzó con una caricia helada que la hizo estremecer.
—¡Está fría!—dijo, maravillada por el vaivén constante.