Capítulo 11
C uando Ariadna abrió los ojos, las primeras luces de la mañana ya se filtraban con timidez a través de las estrechas ventanas.
Se incorporó de golpe en la cama, impulsada por una urgencia que no entendía de esperas.
Hacía días que la fiebre había remitido y que el dolor que le atenazaba los músculos se había disipado por completo; su cuerpo ya no reclamaba descanso, sino espacio.
Necesitaba salir al exterior, respirar el mundo real, sentir que seguía viva.
Sin embargo, Margaret se había tomado las indicaciones del galeno como una ley inquebrantable.
A pesar de los ruegos de la joven, se había negado en redondo a dejarla salir a respirar el aire puro de la mañana hasta que no pasara un tiempo prudencial.
Ariadna sentía que las paredes de la alcoba se le echaban encima; se encontraba fuerte, recuperada y con unas ganas voraces de reconquistar el tiempo perdido, pero el encierro prolongado se había vuelto una tortura insoportable.
Aun así, la mejoría física no lograba acallar la angustia que le atenazaba el pecho: su mente seguía siendo un lienzo en blanco.
No recordaba nada de su pasado, ni de su identidad ni del misterioso suceso que la había llevado al borde de la muerte.
Sabía, por los susurros de Sophia, que Calum había ido a visitarla, pero siempre aprovechando las horas en las que ella se quedaba dormida.
«Mejor así», pensó Ariadna con un deje de alivio y culpa.
No se sentía preparada para enfrentarse de nuevo al joven que, según todos, iba a ser su esposo.
Para ella, Calum no era más que un extraño.
¿Cómo iba a ser capaz de unirse en matrimonio con un hombre por el que no sentía nada y al que no recordaba?
Aquella pregunta punzante no había dejado de rondarle la cabeza desde el día anterior.
La idea de convertirse en la esposa del joven líder del clan la aterraba; para sus ojos, él era un auténtico desconocido.
Pero quizá... podría enamorarse de él, pensó.
Desde el primer día en que despertó en la habitación, Ariadna se percató de un detalle constante: sobre la mesa de madera de roble que custodiaba su cama, descansaba siempre un ramo de flores amarillas, frescas y salpicadas de rocío.
Aquella mañana lo primero que observaron sus ojos fue el ramo de flores silvestres recién cortadas, se aproximó y las olió con intensidad.
Respiró en profundidad. La encantaba ese detalle.
Fue en ese instante cuando recordó la tarde en que Sophia le reveló el secreto de las flores, las que aparecían todas las mañanas en su habitación.
La muchacha se inclinó hacia ella, su voz descendió hasta convertirse en un murmullo, como si estuviera a punto de confesar un secreto sagrado que bajo ninguna circunstancia debía ser desvelado.
—Las trae él —susurró la hermana, clavando sus ojos brillantes en los de Ariadna—. Todas las mañanas, justo antes de que el sol despunte por completo y tiña el cielo de azul, entra sigilosamente en tu habitación y las deja ahí.
La joven parpadeó, sorprendida, desviando por un instante la mirada hacia los pétalos dorados.
—¿Tu hermano? —preguntó en un hilo de voz—. ¿Las coge expresamente para mí?
—Para ti, sí —asintió Sophia con una risita cómplice, acomodándose en el borde de la cama—. Cuando le pregunté por qué lo hacía, se puso muy serio, pero me confesó que tu habitación debía tener el color de la vida. Que no podía permitir que despertaras en la monotonía de estas cuatro paredes.
Ariadna sintió un leve e inesperado vuelco en el corazón. Intentó buscar las palabras adecuadas, pero Sophia continuó hablando, divertida por la reacción de la joven.
—En el fondo es un romántico incorregible, aunque vaya por el mundo con ese aire de hombre imperturbable.
—Rio de buena gana, contagiando el ambiente de calidez—.
Pero no te sientas demasiado especial, ¿eh?
Como sabe perfectamente que a mí también me encantan las flores y que soy capaz de armar un drama, siempre trae un segundo ramo para mí.
Aunque debo admitir que el tuyo tiene las flores más hermosas. —Rio.
Ariadna tocó con suavidad los pétalos, sonrió. Una doncella entró en silencio, dejando una bandeja con pan recién horneado, miel y leche caliente. Sobre un arcón de madera, extendió varios vestidos de lana fina y lino.
—Son de lady Margaret—dijo la muchacha con una reverencia—. Dice que el color verde resaltará su belleza.
Ariadna asintió. Antes de vestirse, dejó que sus dedos recorrieran las telas extendidas sobre la cama.
El tejido era suave y pesado a la vez, una lana fina trabajada con sumo cuidado, mucho más delicada que la que vestirían los campesinos.
Entre los pliegues distinguió también lino de gran calidad y bordados hechos con hilos teñidos con tintes costosos, reservados solo para familias nobles.
Distinguió, incluso, el dibujo tenue de un tartán y el olor limpio de la lana tratada con brezo y aceites.
Algo en aquellas prendas le resultaba muy familiar.
Supo, sin comprender cómo, que algunas de esas telas procedían de los telares de las Highlands y que otras, más refinadas y suaves al tacto, habían llegado en barcos mercantes desde Flandes, célebres por sus paños de lujo.
Aquel conocimiento acudió a su mente de golpe, despertado tan solo por el roce de sus dedos sobre la tela.
Se quedó inmóvil unos instantes, sorprendida por la claridad de aquella certeza.
No recordaba su apellido, ni su hogar ni su pasado...
y, sin embargo, era capaz de reconocer tejidos, tintes y lugares de procedencia como si hubiera convivido toda su vida entre ellos.
¿Tendría aquello relación con la vida que había olvidado? , pensó con inquietud.
Decidida a vestirse cuanto antes, deseó salir.
Necesitaba que el aire del que hablaba el médico despejara las lagunas de su memoria.
Se vistió con cierta torpeza, sintiendo el peso de aquellas prendas de alta cuna sobre su cuerpo, y terminó cubriéndose con una capa ligera.
Antes de salir de la estancia sus ojos se detuvieron unos instantes en el colgante de media luna.
Lo sostuvo entre los dedos, observándolo con inquietud.
¿Qué significado tendría? ¿Por qué, aun sin recordar casi nada de su pasado, sabía con absoluta certeza que nadie debía verlo?
Aquella idea le provocó un escalofrío, se llevó el colgante contra el pecho, apretándolo con fuerza, y terminó ocultándolo bajo la ropa antes de abandonar la habitación.
Caminó hacia el exterior de las murallas y notó cómo los mozos y las doncellas del patio la observaban con curiosidad.
Se dirigió al rastrillo con paso decidido; quería atravesar los muros de aquel lugar.
Al abandonar el castillo, el paisaje la envolvió por completo.
El valle se extendía ante ella en una explosión de vida: el verde de las colinas era tan vibrante que casi dolía, y el cielo, de un azul inmaculado, parecía no tener fin.
Ariadna respiró hondo; el aire olía a tierra húmeda, a libertad... y aquella sensación la reconfortó.
El sonido del acero contra el metal la hizo buscar de dónde provenía aquel estruendo. Se detuvo un instante, intrigada, tratando de averiguarlo. Allí, en una explanada rodeada de brezales, los hombres del clan Fraser entrenaban.
Calum estaba en el centro del campo, sin jubón, con la camisa de lino empapada de sudor y el cabello castaño revuelto por el viento.
Sonreía mientras luchaba contra Fergus y Ewan al mismo tiempo, moviéndose con una ferocidad grácil, casi felina, que dejó a Ariadna sin aliento.
Había en él una fuerza contenida y una seguridad natural en cada giro de la espada, en cada desplazamiento del cuerpo, que lo hacían muy atractivo.
No era solo su destreza: era la manera en que dominaba el combate como si fuese una prolongación de sí mismo.
Ariadna sintió un extraño nudo en el pecho, una mezcla de desconcierto y admiración que no sabía nombrar.
Lo observaba divertirse, tan distinto del hombre serio que había conocido.
Ahora reía, y el sonido de su carcajada se elevaba por encima del choque de las armas, cálido y libre.
Aquella risa lo hacía parecer más humano, más cercano, y sin darse cuenta Ariadna también sonrió, como si el gesto se le hubiera contagiado.
Al verlo así, la joven susurró en voz alta:
—Sí, me podría enamorar de él...
De pronto, como si una fuerza invisible lo hubiera llamado, Calum detuvo su espada a escasos centímetros del escudo de Fergus.
Su respiración aún era agitada, pero sus ojos verdes ya no estaban en el combate, habían encontrado la figura solitaria de Ariadna al borde del campo.
Se quedó inmóvil, el mundo pareció reducirse a ese único punto.
El ruido del entrenamiento se apagó en su mente y solo quedó ella.
El corazón le golpeó el pecho con fuerza, inesperado, casi violento.
No esperaba verla allí, no así, tan quieta, tan fuera de lugar entre el verde del valle y el hierro de los hombres.
¿Qué es lo que le estaba pasando con ella?
, se cuestionó. Desde que perdió a Màiri no había vuelto a sentir interés por ninguna mujer, pero Ariadna... era la excepción.
—¿Qué pasa contigo, Calum? —murmuró Fergus, acercándose con una sonrisa ladeada. Le dio un codazo—. Pareces un hombre que ha visto un fantasma.
Ewan siguió su mirada y arqueó una ceja.
—O algo peor... —añadió con tono burlón—. ¿Te has quedado sin espada o sin juicio?
Fergus soltó una risa.
—Yo diría que sin los dos. —Los dos esbirros rieron.
Calum no respondió, seguía mirándola, como si temiera que desapareciera si parpadeaba.
—¡Seguid sin mí! —dijo al fin, con voz baja y la vista aún fija en ella.