El juramento del highlander Capítulo 10
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Capítulo 10

C alum se detuvo frente a las pesadas puertas de roble de la biblioteca, dejando escapar un suspiro que delataba su agotamiento.

Había evitado este encuentro durante días, escudándose en la vigilancia de la salud de Ariadna, pero ahora que ella estaba fuera de peligro, el muro de excusas se había derrumbado.

La biblioteca del castillo Fraser era una estancia de techos altos.

La luz de la tarde se filtraba con debilidad por las estrechas ventanas.

Su padre, el antiguo laird, lo esperaba de pie junto a la chimenea.

Calum lo observó un instante antes de hablar.

Amaba a su progenitor, pero sentía una fricción constante en el pecho; le irritaba que su padre aún se moviera con la arrogancia de quien sostiene el mando, cuando el peso del acero, la gestión de las tierras y la vida de cada habitante del castillo recaían ahora sobre los hombros de Calum.

—¡Por fin te dignas a verme, hijo! —dijo el viejo Fraser, su voz resonando con la autoridad de un trueno lejano.

—Padre —respondió Calum, inclinando la cabeza lo justo para mantener el respeto sin ceder su posición.

Se acercó al fuego, sintiendo la mirada inquisitiva del anciano evaluando cada uno de sus movimientos. El silencio se prolongó cargado de verdades a medias y de la tensión propia de dos hombres que se parecen demasiado.

—¡No me dijiste que tenías una prometida! —tronó Donald Fraser, entornando los ojos bajo unas cejas pobladas y canosas—. Me he enterado por los susurros de los sirvientes antes que por la boca de mi propio heredero.

Calum sostuvo la mirada de su padre, imperturbable. En la biblioteca, el único sonido era el chasquido de la leña consumiéndose.

—¡Fue usted quien puso las reglas, padre! —replicó Calum—. Dijo que si traía a una mujer para desposar quedaría libre de la obligación de casarme con Lìra. He cumplido con su condición para asegurar mi libertad... y la estabilidad del clan.

—¡Así es, y mantengo mi palabra! —asintió el viejo laird, dando un paso al frente hasta quedar a escasos centímetros de su hijo—. Pero un Fraser no se une a cualquiera por un simple arrebato de despecho. Así que mírame a los ojos, como el líder que ahora guía a estos hombres, y dime: ¿la amas?

Calum sintió un nudo amargo en la garganta. La imagen de Ariadna acudió a su mente: su piel fría como el mármol, el misterio que la rodeaba y el peligro que emanaba de su sola presencia. Recordó la extraña electricidad que le recorría los dedos al rozarla, una atracción que no podía explicar.

—¡No! —lo dijo con gran firmeza.

—¿Entonces...? ¿Qué diferencia hay entre casarte con esa joven y con Lìra MacLaery?

—Sé que con Lìra seré un desgraciado, no soporto a esa mujer. Pero con Ariadna... creo que podría amarla.

—¿¡Creo!?

—Sí, así es. Usted me ha obligado a tomar esta decisión. Si tengo que casarme para evitar que dejen de jurar lealtad a nuestro clan, lo haré. ¡Pero no con una MacLaery!

Donald clavó sus pupilas en las de su hijo. El viejo Fraser tenía la certeza de que este tenía razón, Lìra era una muchacha caprichosa y con mucho carácter; ambos serían unos desgraciados tarde o temprano, y no habría paz ni felicidad en el hogar que formasen.

—¿Quién es ella? ¿De qué linaje proviene?

—No lo sé —confesó Calum, entrelazando la verdad con la ficción—. La encontré en el bosque, bajo el rugido de las cascadas. No tiene familia; procede de York. Está sola en el mundo, padre.

—¿De York? ¿Inglesa? ¡Por el amor de Dios, Calum!

—En el trato solo entraba encontrar a una mujer, antes del juramento, para casarme con ella. Usted no dijo nada de que no podía ser inglesa.

—¡Está bien!

Donald Fraser guardó un silencio pesado, sopesando la confesión. Suspiró y puso una mano callosa sobre el hombro de su hijo.

—Si ella es tu elección, la aceptaré. Pero el tiempo es un lujo que no tenemos. En tres semanas viajaremos a la fiesta del juramento en el castillo MacLaery. Allí anunciaré vuestro compromiso ante todos los clanes.

Calum tensó la mandíbula. Ese castillo era territorio expuesto, un nido de intrigas.

—¡Nuestros enemigos no descansan! —continuó su padre con gravedad—. Necesitamos que esa boda sea inminente para fortalecer nuestra posición.

—Lo sé. En la fiesta anunciaremos que el enlace será inmediato. No daré tiempo a que nadie cuestione su origen o mis intenciones.

En ese momento, la rigidez entre ambos se disolvió. Donald apretó el hombro de Calum, un gesto de aprobación que rara vez otorgaba. Fue un instante de tregua, de reconocimiento mutuo.

La puerta se abrió con un leve quejido y Margaret entró en la biblioteca. Se detuvo al verlos juntos frente al fuego, sin sombras de reproche en sus rostros. Una sonrisa cálida iluminó sus facciones y se acercó para tomar la mano de su esposo mientras buscaba la mirada de su hijo.

—Hacía mucho que no veía esta habitación tan en paz —murmuró ella con dulzura—. Me alegra ver que el entendimiento reina de nuevo entre los hombres de mi casa.

En el fondo de su corazón, Margaret estaba convencida de que Ariadna era una bendición enviada por Dios. Creía que ella era el ancla que Calum necesitaba para sanar su alma atormentada.

—Hijo, acabo de estar con tu prometida —dijo Margaret con los ojos brillantes—. Es una joven encantadora, tiene una luz especial; estoy convencida de que es la mujer idónea para ti. Sophia está entusiasmada, ya se ha convertido en su guardiana personal.

Donald y su hijo intercambiaron una mirada de complicidad.

—¡Espero conocerla pronto! —sentenció el hombre, mirando las llamas.

—Se recuperará rápido, estoy segura —añadió Margaret.

—Padre —intervino Calum, recuperando el tono serio—, ella no recuerda su pasado. La fiebre fue devastadora. Espero que todos seáis conscientes de ello; no debe ser asediada con preguntas.

—¿Ha perdido la memoria? —preguntó el laird, extrañado.

—Sí —asintió Margaret con tristeza—, pero esperemos que el aire de las Highlands y el cariño de esta familia pronto se la devuelvan.