El juramento del highlander Capítulo 9
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Capítulo 9

E l regreso a la consciencia no fue un destello, sino un ascenso lento y doloroso a través de capas de oscuridad densa.

Cuando Ariadna logró despegar los párpados, el mundo se le presentó como un rompecabezas de sombras, todo era desconocido para ella.

Lo primero que golpeó sus sentidos fue el techo de vigas de madera oscura, cuya superficie rugosa apenas era iluminada por el resplandor anaranjado que bailaba en las paredes.

La habitación era de piedra desnuda, fría y sólida, interrumpida por pesados tapices que colgaban de los muros para detener las corrientes de aire.

A su izquierda, una chimenea de piedra tallada albergaba un fuego moribundo que lanzaba chispas con un crepitar rítmico, el único sonido que rompía el silencio de la estancia.

Ariadna sintió el peso de las mantas de lana gruesa sobre su cuerpo y la suavidad del lino del camisón, pero nada en aquel lugar le resultaba familiar, todo era extraño, imponente y cargado de una historia que su mente, ahora vacía, no lograba alcanzar.

Intentó buscar un recuerdo, una imagen, un rostro que le resultara familiar, pero no había nada.

Su mente era un lienzo en blanco, no sabía de dónde venía, quiénes eran sus padres o por qué su cuerpo se sentía como si hubiera sido arrojado contra las rocas.

Solo una palabra resonaba en el vacío de su memoria, como un ancla en mitad de la tempestad: Ariadna.

Un súbito terror la invadió. ¿Quién era ella?

Pero antes de que el pánico la asfixiara, un peso en su pecho la distrajo.

Con dedos temblorosos, llevó su mano al cuello del camisón de lino que vestía, allí, bajo la tela, sus dedos tropezaron con el metal frío de un colgante, era una media luna.

En cuanto sus yemas tocaron el relieve del amuleto, una descarga de instinto puro la recorrió: «Nadie debe verlo.

Nunca», esa frase sí la recordaba . Lo apretó contra su piel, ocultándolo con celo, sintiendo que ese pequeño objeto era el único fragmento de verdad que le quedaba de un pasado que no recordaba.

Fue entonces cuando notó que su otra mano no estaba libre.

Giró la cabeza con lentitud sobre la almohada y lo vio.

Un hombre permanecía sentado en una silla de roble junto a su lecho, con el cuerpo vencido por el agotamiento y la cabeza inclinada.

Sus manos, grandes y marcadas por cicatrices, envolvían la suya con una delicadeza que contrastaba con su apariencia imponente.

Ariadna lo observó con una curiosidad que le detuvo el aliento.

Tenía las facciones duras, talladas por el viento y el combate, pero el sueño le había otorgado una tregua, suavizando la línea de su mandíbula y el ceño fruncido.

Era un hombre de un atractivo imponente, una extraña fascinación magnética tiró de ella hacia él.

Incluso en su estado de fragilidad, se sintió arropada por la fuerza que él desprendía.

Sin pensarlo, impulsada por una extraña gratitud y una atracción que no sabía de dónde nacía, extendió sus dedos libres hacia él.

Quería saber si era real. Deseaba rozar esa mejilla sombreada por la barba de varios días, pero en cuanto la punta de sus dedos acarició la piel de Calum, él abrió los ojos.

Fue como si un rayo cruzara la habitación.

Él se incorporó de inmediato, con los músculos tensos y la mano buscando por instinto el pomo de su daga, escudriñando las sombras en busca de amenazas antes de que su mente terminara de despertar.

Pero entonces, se fijó en ella. Al verla con los ojos abiertos, la armadura de frialdad y mando que Calum llevaba como una segunda piel se desmoronó por completo.

Sintió un vuelco violento en el pecho, una mezcla de alivio asfixiante y un terror que apenas comenzaba a disiparse.

Había pasado tantas horas contando sus respiraciones erráticas, temiendo que cada silencio fuera el último, que verla de nuevo en el mundo de los vivos le resultó casi milagroso.

Una luz de esperanza, pura y desesperada, iluminó su mirada; era la sensación de quien ha estado buscando una salida en la oscuridad y al final ve un destello.

Sin embargo, tras esa alegría, también se filtró una culpabilidad punzante: la de saber que la estaba despertando en un mundo de mentiras y peligros.

Ariadna no supo interpretar aquella tormenta de emociones que cruzaba el rostro del desconocido.

Desde su posición en el lecho, lo veía como una figura imponente: era un hombre alto, de hombros anchos y una musculatura poderosa que se adivinaba bajo la camisa de lino, revelando una fuerza física acostumbrada al rigor de las tierras del norte.

Sin embargo, lo que terminó de cautivarla fue su mirada.

Se encontró perdida en unos ojos de un verde profundo y magnético que la observaban con una fijeza abrumadora.

Era una mirada transparente, sin artificios, que la recorría con una mezcla de devoción y alivio tan intensa que le hizo dar un vuelco al corazón.

Para Ariadna, aquel hombre no era un extraño, sino un faro en mitad de su amnesia; alguien que la miraba como si su despertar fuera, en verdad, lo único que lo mantenía vivo.

Calum se aproximó al lecho con una mezcla de reverencia y urgencia. Tomó su mano entre las suyas, sintiendo aún el rastro del sudor febril, y la observó con una intensidad que parecía querer leer los secretos ocultos tras sus pupilas.

—¿Cómo te encuentras? —preguntó.

Ariadna no supo qué responder. Sentía miedo.

—¿Dónde... estoy? —susurró ella, y el sonido de su propia voz le resultó ajeno, como el eco de una desconocida—. ¿Quién eres? No... no puedo recordar nada.

Calum se tensó. El aire en la habitación pareció volverse más pesado.

—¿Cómo que no recuerdas nada? —inquirió él, con el ceño fruncido—. ¿No sabes lo que te sucedió?

La joven lo miró con los ojos muy abiertos, empañados por una confusión desgarradora. Negó con la cabeza, una pequeña sacudida de desamparo.

—No... no sé quién soy... no recuerdo nada de mi pasado... ni lo que me pasó ni por qué estoy aquí, en esta habitación.

Calum guardó silencio un segundo, escudriñando ese vacío absoluto en sus ojos.

En ese abismo de memoria vio una oportunidad peligrosa, una grieta por la que podía colarse el destino para salvarla del arzobispo de York y de la sombra que la perseguía.

Sus dedos apretaron los de ella con una firmeza que pretendía ser un ancla.

—Estás en el castillo Fraser, en tu hogar —dijo él, y su voz bajó de tono, volviéndose profunda y envolvente como una manta de piel en pleno invierno—.

No temas, Ariadna. Has estado muy enferma; hubo momentos en que creí que te perdía.

Es normal que la fiebre haya nublado tu mente, pero yo estoy aquí para recordarte quién eres.

Al oír ese «creí que te perdía», Ariadna sintió una punzada eléctrica en el centro del pecho.

No era dolor, sino una calidez súbita y abrumadora.

En su vacío de recuerdos, aquellas palabras fueron la primera verdad a la que asirse; alguien la valoraba tanto como para temer su muerte.

Se sintió protegida por la sombra de aquel hombre, y por un instante, el miedo a lo desconocido cedió ante la profundidad de su mirada.

—¡Voy a llamar al galeno, quiero que te vea de inmediato! —dijo Calum, haciendo amago de soltarla.

—Espera... —lo detuvo ella. Su voz era apenas un hilo de aire, pero sus dedos buscaron retenerlo con una debilidad desesperada—. ¿Quién soy yo para ti?

Calum no vaciló. Sostuvo su mirada con una convicción férrea que ocultaba el peso de la traición que estaba a punto de cometer.

—Eres mi prometida. Mi futura esposa. Estábamos a punto de casarnos cuando el frío y la humedad te enfermaron.

Ariadna sintió que el corazón le daba un vuelco.

Aquel guerrero imponente, de espaldas anchas y mirada transparente, era su futuro esposo.

El alivio de recibir una identidad, aunque fuera una impuesta, fue más poderoso que cualquier instinto de sospecha.

Se aferró a la palabra «esposa» como si fuera un escudo.

Calum, por su parte, sintió un pinchazo de amargura en la boca al pronunciar la mentira.

Verla tan indefensa, confiando en sus dichos, le revolvió las entrañas.

Sin embargo, algo más profundo —una atracción magnética y oscura, una conexión que parecía venir de otra vida— lo empujaba hacia ella.

No era solo el deseo de protegerla; era la sensación de que, al sostener su mano, algo en su propio corazón herido empezaba a cerrarse.

—¿Tu esposa? —repitió ella, buscando refugio en la calidez de la palabra.

—Pronto lo serás —sentenció él, sellando el pacto con una caricia breve en su mejilla—. Y mientras yo respire, nadie te hará daño.

Calum salió de la habitación con el rostro endurecido.

En el pasillo, el doctor lo esperaba junto a Margaret y Sophia, quienes aguardaban en un silencio tenso.

El médico entró en la estancia. El guerrero caminaba de un lado a otro, con los nervios a flor de piel, hasta que el galeno salió tras revisar a la joven.

—El peligro inmediato ha pasado, mi señor —anunció el médico, limpiándose las manos—. Es normal que su mente esté en blanco. Ha estado a las puertas de la muerte. Los recuerdos pueden regresar en un torrente o no volver jamás. Es el misterio de la mente humana.

El doctor observó a Calum con una mezcla de respeto y severidad profesional.

—Mis instrucciones son claras, milord: necesita luz y aire puro. En cuanto sus piernas logren sostenerla, llévela al exterior. El aire de las Highlands obrará en sus pulmones lo que mis ungüentos y pócimas no han podido alcanzar.

Calum asintió con un gesto distraído, su mente estaba ya de vuelta en la habitación. Se giró hacia su madre y su hermana, que contenían el aliento mientras daban silenciosas gracias al cielo.

—Madre, Sophia... —Las detuvo con un brazo firme antes de que cruzaran el umbral—. Antes de que habléis con ella, debéis saber una cosa: no recuerda absolutamente nada. No quiero que la atosiguéis con preguntas; su mente está frágil y no debe sentirse angustiada. Sabed actuar en consecuencia.

Margaret y Sophia intercambiaron una mirada de cautela, pero asintieron ante la autoridad de su voz.

—¡Entraré yo primero! —añadió él—. Quiero estar a solas con mi prometida. En cuanto salga, podréis verla.

Ariadna estaba sentada en la cama, apoyada contra los cojines de lana, pareciendo una joven frágil. Al verse de nuevo, sus miradas se entrelazaron y el aire pareció cargarse de una electricidad estática, densa y vibrante.

—¿Ya se ha ido el médico? —preguntó ella, observando cómo él se aproximaba.

—Dice que eres fuerte, mucho más de lo que aparentas —respondió Calum, sentándose en el borde de la cama—. Y que necesitas el sol de nuestras montañas para sanar del todo.

Él extendió la mano y envolvió la de ella.

Al sentir el contacto de esa palma grande y endurecida por la espada, Ariadna sintió un calor súbito subir por su cuello y se ruborizó, y bajó la mirada hacia las sábanas.

Calum la observó en silencio. Le fascinaba el contraste: la piel de ella seguía conservando una frialdad delicada, casi de mármol, y ese contacto frío contra su propio calor corporal le provocaba una sensación extraña, una necesidad instintiva de no soltarla nunca.

—No le temas a nada —le susurró él con voz ronca—. Aquí, bajo mi techo, te cuidaremos y te protegeremos.

—Me siento extraña... —confesó ella, alzando los ojos hacia él—. Me dices que tengo un nombre y un futuro a tu lado, pero mi corazón no siente eso. ¿Cómo era yo antes de esto? ¿Era... era feliz contigo?

A Calum le dolió el pecho. La mentira comenzaba a pesarle como una armadura de hierro, pero sostuvo su mano con más fuerza, perdiéndose en aquellos ojos que, sin él saberlo, empezaban a ser su único mundo.

—Sí —respondió con contundencia—. Y te prometo que volveremos a encontrar esa felicidad, aunque tengamos que construirla desde cero, piedra a piedra.

Ariadna escuchó aquellas palabras con una punzada de culpa.

El tono de él era tan honesto, tan cargado de una devoción que la abrumaba, que se sintió una impostora de su propia vida.

«¿Por qué no siento el eco de ese amor?», se preguntó con angustia.

Su mente aceptaba los hechos, pero su corazón no latía con el ritmo que las palabras de Calum dictaban.

No sentía que lo amara; solo experimentaba una gratitud desesperada mezclada con un miedo atroz.

—¿Y mis padres? —preguntó de pronto, buscando un ancla—. ¿Están vivos? ¿Vendrán a buscarme?

—¡No! —respondió Calum con una firmeza que ocultaba su propia suposición—. Tus padres murieron hace tiempo.

Él recordaba lo que ella le había desvelado en su primer encuentro.

—¿De qué lugar soy entonces?

—De las Tierras Bajas —sentenció con rapidez.

No quiso mencionar York. No quería que nadie, ni siquiera ella, pudiera vincularla con la joven que el arzobispo Peter buscaba con tanta saña.

Sabía que Aidan Crowley la reconocería en cuanto se topase con ella, pero Calum también tenía la certeza de que el mercenario valoraba su vida lo suficiente como para no intentar arrebatarle a su «esposa» sin enfrentar una muerte segura.

—¿De las Tierras Bajas? —repitió ella, saboreando el nombre como algo ajeno—. ¿Tengo más familia?

—No.

—¿Y cómo nos conocimos? —preguntó la joven.

—Bajo el estruendo de una cascada —dijo Calum. No quiso inventar detalles que en realidad no habían sucedido.

Ariadna frunció el ceño, confundida por la rapidez de aquel relato.

—Entonces... ¿nos conocemos desde hace muy poco?

—Sí, apenas un suspiro de tiempo.

Él la miró, el rostro de Ariadna, tan bello, dulce y envuelto en una vulnerabilidad que le partía el alma, lo atraía como un imán.

Le dolía engañarla, ver cómo ella bebía cada una de sus mentiras buscando saber quién era, pero se decía a sí mismo que él descubriría su pasado y por qué el arzobispo de York destrozó su vida.

—Desearía poder recordarlo. Desearía sentir ese amor del que hablas. Desearía... amarte, pero no lo siento.

—Lo sentirás. Me amarás —prometió él, acercándose tanto que ella pudo oler el aroma a cuero y aire libre que él desprendía.

Calum, movido por un impulso, se inclinó para besar su mejilla.

Con lo que no contaba era con que ese inocente y suave roce le despertara un deseo desconcertante por la joven.

Se separó con rapidez, temeroso de lo que estaba sintiendo; intentó convencerse de que solo se debía al largo tiempo que llevaba sin estar cerca de una mujer tan hermosa.

Ariadna, por su parte, notó un vuelco en el corazón ante el contacto.

Bajó la mirada con timidez, ansiosa por ocultar el intenso rubor que encendía sus mejillas.