El juramento del highlander Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

Atravesaron el rastrillo del castillo y se dirigieron hacia las afueras, donde el valle se abría en una inmensidad de verdes profundos y sombras alargadas.

El paisaje de las laderas de las Highlands se alzaba como gigantes bajo un cielo de nubes bajas.

El olor a tierra mojada y brezo inundaba el aire, y el sonido del río fluyendo con fuerza en la distancia era lo único que llenaba el vacío entre ellos.

Se detuvieron en un risco que dominaba el desfiladero, un lugar donde solo el viento podía escucharlos.

Calum se quedó de espaldas, observando el horizonte con los puños apretados. Fergus, siempre el más directo, rompió el silencio. Su voz, aunque firme, denotaba la preocupación de un hermano.

—¿Qué sucede, Calum? ¡Estás fuera de ti! Ni siquiera en la guerra te vi con esta mirada.

Ewan, más observador y analítico, dio un paso al frente, cruzándose de brazos.

—Es por ella, ¿verdad? ¿Quién es esa joven?

Calum soltó un suspiro largo que pareció arrancar un peso de sus pulmones, y después se giró.

—La encontré en las cascadas —comenzó a decir, su voz ahora un susurro ronco—. Justo antes de subir a la cueva de fray Paul. Pero no estaba sola. Aidan Crowley estaba allí con sus hombres. Quería capturarla como si fuera un animal de caza.

Fergus escupió en el suelo al oír ese nombre, mientras que la expresión de Ewan se ensombreció.

—¿Crowley? Ese carnicero no se mueve si no hay oro de por medio —dijo Ewan.

—¡Exacto! La busca el arzobispo de York —reveló Calum, y el nombre del prelado cayó entre ellos como una maldición—. Ha puesto una recompensa sobre su cabeza. La encontré medio moribunda poco después, cuando regresaba al castillo.

—¿El arzobispo? —Fergus sintió un escalofrío—. Calum, meterse con el arzobispo y con Crowley es buscar una soga para el cuello. Si se enteran de que está en el castillo Fraser vendrán a por nosotros. ¿Vale la pena el riesgo por una desconocida?

Calum ignoró la pregunta, su mente estaba en otro lugar, en una herida que nunca llegó a cicatrizar. Miró a sus amigos a los ojos, con una intensidad que los obligó a guardar silencio.

—¿Recordáis lo que os conté sobre Màiri?

—preguntó de pronto Calum, deteniendo sus manos sobre la manta seca.

Sus ojos, fijos en el fluir del río, se volvieron distantes—.

¿Recordáis aquellas palabras que me dijo justo antes de la tormenta y de...

de morir? ¿Aquello que yo desprecié en su momento y a lo que no le di la menor importancia?

Fergus y Ewan asintieron en silencio, y sus rostros palidecieron al unísono. Aquel recuerdo era un tabú doloroso, una herida abierta en el pasado de Calum que rara vez se atrevía a tocar.

—«Susurro de voces» —musitó Ewan, rescatando la frase exacta de su memoria con un tono de reverencia—. Dijiste que se quejaba de un eco continuo que no la dejaba descansar.

—Esa joven... Ariadna... —continuó Calum, y su voz tembló por primera vez en toda la mañana—.

No para de repetir unas palabras en latín que me quitan el sueño.

Al escucharla, es como si regresara al pasado; me recuerda demasiado a Màiri y a ese maldito susurro de voces.

Lo repite una y otra vez, con la misma angustia, con la misma voz cargada de terror absoluto que tenía ella antes del final.

Calum se pasó una mano por el rostro, estaba afectado por el peso de la culpa.

—Me aterra pensar que la historia se repita —confesó, mirando a sus amigos—. Me tortura la idea de que esta joven también desee acabar con su vida, atrapada en la misma oscuridad, y que yo vuelva a ser incapaz de salvarla.

El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por el murmullo del agua helada.

Fergus y Ewan miraron de reojo hacia el castillo, que se alzaba sobre la roca como un guardián de piedra ajeno a las tragedias humanas.

Lo que antes era una simple preocupación por la seguridad del clan ante la llegada de una extraña se había transformado en algo mucho más íntimo y sombrío: el regreso de un fantasma del pasado que amenazaba la cordura de su líder.

—Màiri murió en mitad de la tormenta, Calum —dijo Fergus con suavidad, intentando restarle peso a sus hombros—. Fue una desgracia, un accidente del destino que nadie pudo prever. No puedes culparte por ello toda la vida.

—¡No, Fergus! No os sigáis engañando para protegerme —replicó Calum, con una amargura que le desgarraba la garganta—.

Màiri se suicidó porque escuchaba voces y yo no supe entenderla.

Estaba cegado, no quise ver el problema tan grave que ella tenía...

algo heredado de su madre, una carga demasiado pesada para su cabeza.

Me limité a llamarlo «superstición», y mi ignorancia la empujó al abismo.

No voy a cometer el mismo error con Ariadna.

Si comparte ese tormento, esta vez pienso escucharla.

Todos guardaron silencio y Ewan cambió de tema, no quería que su amigo recordara aquel día.

—He oído a tu hermana decir que la joven es tu futura esposa —intervino Ewan, con un tono cargado de escepticismo—. ¿Es otro de tus planes para evitar casarte con quien quiere tu padre o hablas en serio?

—¡Lo haré! —respondió Calum con una firmeza que sorprendió incluso a sus confidentes—.

Ella se cruzó en mi camino por una razón que va más allá de la suerte.

Si la única forma de protegerla dentro de estos muros es dándole mi apellido, que así sea.

Si Aidan y el arzobispo de York saben que es la esposa de un Fraser, se lo pensarán dos veces antes de intentar tocarla.

Un ataque contra ella sería una declaración de guerra contra todo el clan.

Ewan asintió, reconociendo la lógica militar tras la decisión, pero Fergus dio un paso al frente, cruzándose de brazos con una mueca de duda.

—Es una estrategia sólida, amigo, no te lo niego —indicó Fergus—, pero hay algo con lo que no estás contando..., un detalle que pareces haber olvidado en medio de tu urgencia por salvarla.

Calum lo miró con el ceño fruncido.

—¿A qué te refieres?

—A que no has contado con su opinión —soltó Fergus con franqueza—. ¿Y si ella no quiere casarse contigo? No la conoces, Calum. Puede que prefiera enfrentarse al arzobispo Peter antes que quedar atada a un hombre que acaba de conocer en mitad de un delirio.

La pregunta de Fergus quedó suspendida en el aire.

Calum no respondió de inmediato. Apartó la mirada de sus amigos y la fijó en la silueta imponente del castillo, cuyas almenas recortaban el cielo gris como dientes de piedra.

Aquella duda lo golpeó en un lugar donde no tenía armadura.

«¿Y si ella no quiere?», pensó. Hasta ese momento había visto a Ariadna como una misión, como una oportunidad de redención por el fantasma de Màiri, que aún le dictaba órdenes al oído.

Pero las palabras de Fergus lo obligaron a ver, por primera vez, la realidad desnuda: Ariadna no era un peón en su tablero de culpas, sino una mujer con voluntad propia.

Sintió un nudo de frustración en la garganta.

Si despertaba y lo rechazaba, si prefería la incertidumbre del camino al refugio de su nombre, él se quedaría sin escudos para protegerla.

Y lo que era peor, se quedaría solo con aquel hilo invisible que sentía tirar de su pecho hacia ella, un vínculo que no sabía explicar y que, quizá, ella no compartía en absoluto.

—Si despierta y me maldice por lo que he hecho, lo aceptaré —murmuró Calum, más para sí mismo que para los demás—. ¡Pero me casaré con ella!, prefiero que me odie estando viva y segura tras mis muros, a que muera a manos de Crowley o el arzobispo de York.

Se giró hacia el sendero, con el plaid ondeando con furia tras él.

—No busco su amor, Fergus —añadió con una dureza que pretendía ocultar su propio miedo—. Busco su tiempo.

Caminó de regreso al castillo con pasos largos y decididos, pero en su mente seguía grabada la imagen de la mano de Ariadna entre las suyas.

Tan suave y frágil. Se preguntó, con una punzada de amargura, si cuando ella abriera los ojos y descubriera que la había encadenado a su destino, vería en él a su salvador o a otro captor más en una vida de huida.