Capítulo 8
D esde aquella noche, el ritmo del castillo Fraser se había vuelto denso, como si el aire mismo se hubiera transformado en plomo.
Afuera, la vida seguía su curso mecánico: el chocar del acero en los patios, el bullicio de las cocinas y el relincho de los caballos.
Pero para Calum el mundo entero se había reducido a cuatro paredes de piedra y el sonido errático de una respiración que se apagaba.
Ariadna no mejoraba. La fiebre la mantenía náufraga en un océano de delirio.
A veces sus párpados temblaban, revelando unos ojos que no veían el presente, sino que escudriñaban sombras invisibles.
Calum entró en la habitación, sus botas apenas haciendo ruido sobre los juncos del suelo.
Se acercó a la cama y se dejó caer en la silla de madera, sintiendo un peso en el pecho que no lograba identificar.
No era solo el deber de un señor, era algo primario, una necesidad dolorosa de anclarla a este mundo.
—No te atrevas a dejarme —susurró él, con la voz rota por el cansancio—. Todavía no.
Ella no respondió. En lugar de palabras, su mano —una extremidad pálida que parecía esculpida en alabastro— emergió de entre las sábanas, buscando a ciegas algo a lo que aferrarse en mitad de su pesadilla.
Calum, impulsado por un instinto que no pudo frenar, la envolvió entre las suyas.
El contraste fue un golpe directo a sus sentidos, una colisión entre dos mundos que nunca debieron tocarse.
Sentir la piel de Ariadna fue como sostener un pájaro herido.
Era delicada, casi traslúcida, con venas azules que latían con una urgencia aterradora.
Calum bajó la vista hacia sus propias manos: curtidas, llenas de cicatrices viejas, con los nudillos endurecidos por el frío de las Tierras Altas y el mango de la espada.
Se sintió tosco, casi destructivo; temió que si apretaba un poco más de la cuenta, esos huesos finos se quebrarían bajo su peso.
A pesar de la fiebre que la consumía, hubo un segundo en que su piel se sintió heladora al primer contacto, antes de que el calor del delirio lo inundara todo.
Esa frialdad le recorrió el brazo como una premonición.
Calum solo sabía su nombre, no conocía el color de su risa, ni sus miedos ni el hogar que había dejado atrás.
Solo recordaba el instante fugaz en que sus ojos se cruzaron por primera vez: una mirada que, aunque breve, se le había quedado clavada en el pecho como una astilla.
Ahora, al sentir la suavidad casi irreal de su mano descansando en su palma callosa, una inquietud dolorosa lo invadió.
No era solo lástima, era la comprensión de que esa joven desconocida representaba todo lo que la muerte le había arrebatado: la ternura, la fragilidad y la posibilidad de proteger algo que no fuera un muro de piedra.
Se descubrió reteniendo el aliento, contando los latidos que golpeaban contra su pulgar, rogando en silencio que la vida no se le escapara entre los dedos como arena fina.
En ese momento, el fuego de la chimenea chisporroteó, fue entonces cuando el murmullo comenzó.
— Clavis... caeli... —siseó Ariadna. Sus labios estaban agrietados—. Porta... inferni...
Calum se tensó. La primera vez, creyó que era el latín de algún rezo olvidado.
La segunda, un escalofrío le recorrió la columna.
De repente, la habitación desapareció, ya no estaba en el castillo Fraser; estaba de vuelta en la tormenta, años atrás.
Veía a Màiri con el rostro desencajado y los ojos nublados por un terror que él, en su arrogancia juvenil, había llamado «superstición».
No es que esas palabras las hubiese oído de Màiri, sino que le recordaron al susurro de voces que ella escuchaba, le devolvió un recuerdo que él se empeñaba en olvidar.
Palabras que sonaban de la misma manera sin ser las mismas.
Rememoró la última conversación con ella:
—¡Calum, escúchame! —le había rogado Màiri aquella última noche, aferrándose a su jubón con dedos temblorosos—. Lo he oído de nuevo... las voces en el viento. Dicen siempre lo mismo. ¿Qué significa, Calum? ¿Por qué me siguen?
Él solo le había besado la frente, restándole importancia. La madre de Màiri había enloquecido muy joven y terminó suicidándose, y Calum temía por su amada, ya que no era la primera vez que le decía que oía voces.
—Solo son obsesiones, amor mío. Duerme. Mañana la tormenta habrá pasado.
Y después esa tormenta que se la llevó para siempre, pensó Calum.
—No, no... —El susurro de Ariadna rasgó el silencio de la estancia, devolviendo a Calum al presente con la violencia de un golpe físico.
Soltó la mano de la joven como si esta quemara y se puso de pie de un salto, derribando la pesada silla de roble.
El estrépito resonó en las paredes de piedra, pero para él, el sonido del fuego era aún más fuerte: un rugido ensordecedor.
El espacio se le cerraba encima. El pensar en Màiri le había traído las sombras del pasado.
Necesitaba aire. En ese instante la puerta se abrió.
Margaret entró en la habitación, se detuvo al ver la silla volcada y el rostro desencajado de su hijo.
Ella lo conocía mejor que nadie; notaba su inquietud, esa vibración tensa en sus hombros que solo aparecía antes de la batalla.
Aunque no había querido presionarlo sobre el origen de la muchacha, su instinto le decía que algo oscuro se gestaba.
No lograba comprender cómo Calum profesaba tal devoción por alguien que jamás habían visto en sus tierras.
—Hijo —dijo ella con suavidad, acercándose hasta que pudo poner una mano sobre su pecho, tratando de calmar el galope de su corazón—. ¿Qué te ocurre? ¿Quién es esta joven?
Calum bajó la mirada hacia la mano de su madre, sintiendo su calor a través del jubón, pero su cuerpo seguía rígido como el acero.
—¿Qué quieres saber, madre? —preguntó con voz ronca.
—¡La verdad! —respondió Margaret con firmeza—. ¿Quién es ella? ¿Qué le ha sucedido para que la traigas en este estado?
—¡Es mi futura esposa, ya os lo dije! —insistió él, aunque la mentira le amargaba la lengua. Era la única forma de protegerla, de justificar su presencia en el castillo.
—Pero, Calum, no tiene sentido...
—¡Madre, ahora no! —la cortó él, con un tono que no admitía réplica. No podía dar explicaciones cuando él mismo habitaba en un mar de incógnitas.
—Hijo, comprende que la familia esté preocupada —insistió ella, bajando el tono, apelando a su sensatez—. Una desconocida en el hogar del heredero no es algo que pase desapercibido.
—Lo entiendo —respondió él, suavizando un poco el gesto, mas sin retroceder—. Pero ahora no puedo. Dame tiempo. Solo necesito que ella se recupere.
Margaret asintió. Conocía la terquedad de la sangre Fraser; presionar a Calum era como golpear una roca con las manos desnudas. Solo lograría lastimarse ella misma.
—Tu padre ya sabe que has regresado y que no has venido solo —añadió ella con un deje de advertencia—. Quiere verte. Se reunirá contigo después de la comida.
Calum cerró los ojos un instante, sintiendo el cansancio acumulado en los huesos.
—¡No tengo ánimos para atender a sus interrogatorios!
—¡Calum, es tu padre! Él solo busca lo mejor para ti, pero sabes bien cuánta presión hay sobre sus hombros. El futuro del clan depende de tus decisiones, y este... «capricho», si es que lo es, tiene un precio.
—Lo sé, madre. Lo sé mejor que nadie.
—Anda, vete con tus hombres —le sugirió ella, dándole un apretón cariñoso en el hombro—.
No has descansado nada. Te escuché caminar hacia esta habitación varias veces durante la noche.
Necesitas despejar la mente. —Margaret miró de reojo a la joven en la cama—. Al menos... ¿podrás decirme su nombre?
Calum se detuvo en el umbral, con una mano apoyada en el marco de la puerta.
—Ariadna, ese es su nombre.
Salió de la cámara sin mirar atrás. Sus pasos retumbaron en los pasillos fríos como martillazos sobre un yunque, marcando un ritmo de guerra.
Mientras descendía hacia el patio de armas, apretó la mandíbula hasta que el dolor le subió por la sien.
No era miedo lo que sentía; era la furia impotente de quien presiente que la historia, maldita y cíclica, ha regresado para reclamar otra víctima de entre sus brazos.
En el patio, el entrenamiento se detuvo en seco. Los jóvenes soldados bajaron sus espadas de madera, intimidados por el aura oscura que emanaba de su señor. Fergus y Ewan, sus hombres de confianza, intercambiaron una mirada de alarma.
—¡Calum! —exclamó Fergus, envainando su acero y acercándose con paso rápido—. Tienes el rostro de quien ha visto a la misma muerte. ¿Qué ocurre? ¿Ha empeorado la muchacha?
Ewan se mantuvo un paso atrás, observando los ojos de Calum, que brillaban con una intensidad peligrosa.
—¿Es la fiebre, Calum? —preguntó Ewan en voz baja—. ¿O es algo más?
Calum tardó un segundo en responder, luchando por contener el temblor que amenazaba con traicionar la firmeza de sus manos. Su voz salió seca, cortante como el viento que baja de las cumbres en pleno invierno.
—¡Venid conmigo! —ordenó, y la severidad de su tono no dejó espacio a la réplica.
—¿A dónde? —Quiso saber Fergus, limpiándose el sudor de la frente con el antebrazo—. El entrenamiento no ha terminado y los muchachos aún están...
—¡He dicho que vengáis! —rugió Calum, dándose la vuelta con una violencia que hizo que los soldados más jóvenes retrocedieran un paso.
No hubo más preguntas. Fergus y Ewan intercambiaron una mirada cargada de aprensión.
Conocían a Calum desde la infancia; sabían que cuando su temperamento estallaba de aquella forma no era por simple mal humor, sino porque algo le estaba devorando las entrañas.
Dejaron las armas y lo siguieron en silencio.