El juramento del highlander Capítulo 7
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Capítulo 7

A riadna avanzaba con dificultad entre los senderos de las Highlands, incapaz de apartar de sus pensamientos al guerrero que la había salvado junto a la cascada.

Una y otra vez recordaba sus ojos verdes, su voz grave, la forma en que había cubierto sus hombros con aquella piel para protegerla del frío.

Nadie había hecho algo así por ella, ni siquiera su padre, al que siempre lo veía absorto en su negocio y preocupaciones.

Y después estaba la daga... Sus dedos se cerraron con fuerza alrededor del arma escondida bajo la piel húmeda que llevaba sobre los hombros.

No dejaba de pensar en las medias lunas grabadas en la empuñadura y las palabras de la anciana.

Eran idénticas a las del extraño colgante que llevaba oculto bajo su vestido.

Aquello no podía ser una casualidad, pensó.

Un escalofrío recorrió su espalda, tenía demasiadas preguntas y ninguna respuesta.

Sabía que el arzobispo de York, Peter, había dado orden de captura contra ella.

Estaba convencida de que los soldados de lord Hilton ya habían entrado en las Tierras Altas para encontrarla.

Y ella... ella estaba sola. El recuerdo de su padre apareció de nuevo en su mente como una herida abierta, aún podía verlo en la plaza.

El dolor le atravesó el pecho con tanta fuerza que tuvo que detenerse unos segundos apoyándose contra el tronco cubierto de musgo de un viejo pino.

La anciana... El mensaje... La misión... Nada tenía sentido.

¿Por qué Jacob le había ocultado aquel secreto durante tantos años?

¿Por qué todos parecían dispuestos a matar por él?

Pero había algo que sí sabía, todo estaba relacionado con la muerte de su progenitor, y si para cumplir su última voluntad tenía que atravesar tierras malditas y adentrarse en un lugar del que todos hablaban con miedo...

lo haría, era lo único que le quedaba de él.

El bosque se volvió más espeso a medida que avanzaba.

Altos abetos negros ocultaban casi toda la luz del cielo, y la niebla descendía con lentitud entre los árboles como un espíritu silencioso.

El suelo embarrado dificultaba cada paso y pequeñas ramas arañaban sus manos y su rostro.

El frío era insoportable. Sus ropas seguían mojadas tras la caída en la cascada, y la piel de animal que Calum le había entregado también se había calado por el contacto con el vestido empapado.

Sentía la humedad penetrándole hasta los huesos.

Comenzó a temblar. El cansancio pesaba cada vez más sobre sus piernas.

Cuando empezó a anochecer comprendió que estaba perdida.

Miró alrededor intentando reconocer el sendero, pero todos los árboles parecían iguales.

La oscuridad comenzaba a envolver el bosque y el viento traía extraños sonidos entre las ramas.

Entonces comenzó la tos, primero leve, después más fuerte.

Ariadna se dobló sobre sí misma mientras el pecho le ardía con dolor.

Sentía la garganta seca y la respiración cada vez más pesada.

Sabía que debía encontrar refugio, pero no había nada, ni una cabaña, ni una hoguera... ni rastro de vida humana.

Aquella noche se refugió bajo las raíces retorcidas de un enorme árbol caído.

Se envolvió como pudo en la piel, encogiendo el cuerpo para conservar algo de calor.

No tenía comida ni fuerzas. El hambre le retorcía el estómago mientras el frío la hacía tiritar sin control.

El sudor helado cubría su frente pese a la baja temperatura, y pronto comenzó a sentir cómo la fiebre se apoderaba poco a poco de ella.

No podía encender una hoguera, el humo delataría su posición, así que permaneció sola en la oscuridad, escuchando el ulular del viento entre los árboles mientras abrazaba el colgante oculto bajo su ropa.

Y lloró en silencio, lloró por su padre, por el miedo, por la soledad.

No entendía por qué el mundo entero parecía perseguirla.

***

El sonido del bosque la despertó. Estaba amaneciendo, apenas podía ponerse en pie, la fiebre había empeorado.

Le dolía todo el cuerpo y la tos le desgarraba el pecho.

Caminó tambaleándose entre los árboles, mareada, incapaz de pensar con claridad.

Todo giraba a su alrededor y el sonido de sus propios pasos le parecía lejano.

El sudor le ardía sobre la piel. A ratos tenía frío, a ratos sentía que se quemaba.

Sus labios comenzaron a volverse pálidos y sus manos temblaban sin control.

—Solo un poco más... —susurró con voz rota.

Pero las fuerzas la abandonaban. Tropezó varias veces antes de alcanzar un pequeño sendero de piedra entre las colinas, entonces todo comenzó a oscurecerse. El aire dejó de entrar con normalidad en sus pulmones, sus piernas cedieron y Ariadna cayó sobre la hierba mojada.

***

Calum descendía de la montaña cabalgando hacia el castillo de los Fraser. Las palabras de fray Paul seguían resonando en su cabeza, la traición, la amenaza sobre su familia, el matrimonio, Màiri... Todo aquello le oprimía el pecho como una armadura demasiado pesada.

Su caballo avanzaba entre los caminos cubiertos de niebla cuando algo llamó su atención junto al sendero.

Frunció el ceño, había un cuerpo tendido entre la hierba.

Calum desmontó con rapidez. Durante un instante pensó que se trataba de un cadáver.

La joven estaba inmóvil, con la piel muy pálida y el cabello oscuro pegado al rostro.

Empezaban a caer copos aislados de nieve que se posaban con suavidad sobre su vestido. Entonces la reconoció.

—¡Dios santo...! —murmuró.

Era la muchacha de la cascada. Calum se arrodilló de inmediato junto a ella, con el corazón golpeándole el pecho con fuerza. Le apartó con cuidado los mechones de cabello húmedo del rostro y, con manos temblorosas, buscó su cuello. Un débil pulso. Respiraba..., pero estaba helada, casi sin vida.

—¡Ariadna! —exclamó, esta vez con la voz quebrada, más alta, más desesperada.

Sacudió con suavidad su hombro, como si pudiera arrancarla de aquella oscuridad con solo llamarla.

—¡Ariadna, mírame..., abre los ojos, por favor! —insistió, inclinándose sobre ella—. ¡Vamos, despierta...!

Pero la joven no respondió.

—¡Maldita sea! —gritó.

Calum se quitó el plaid de los hombros sin pensarlo dos veces y la envolvió con él, como si aquel gesto pudiera arrancarla de la muerte que la acechaba.

Luego la tomó con extremo cuidado entre sus brazos y la subió al caballo, colocándola delante de él y sosteniéndola para evitar que cayera.

La acercó a su propio cuerpo, intentando transmitirle el calor que le faltaba ante el frío helado que la envolvía.

Sin perder un instante espoleó al animal.

El caballo arrancó con fuerza, rompiendo el silencio del bosque y lanzándose a un galope desesperado entre la nieve que comenzaba a caer y el viento cortante de las Highlands.

Atravesaron senderos estrechos entre colinas cubiertas de brezo oscuro, cruzaron arroyos helados que serpenteaban entre las rocas y se internaron en bosques densos.

Más allá, el paisaje se abría en valles inmensos, envueltos en niebla, donde los lagos reflejaban un cielo gris plomizo, pero Calum apenas veía nada de aquello.

Solo la sentía a ella, el cuerpo frágil de Ariadna contra su pecho, el frío que se le escapaba por entre los dedos y la respiración débil que parecía apagarse con cada zancada del caballo.

La abrazaba con fuerza, como si pudiera obligar a su calor a quedarse en ella.

—No te mueras... no te mueras ahora —murmuraba una y otra vez, con la voz tensa, rota por algo que no alcanzaba a comprender del todo.

Su mandíbula estaba apretada, los ojos fijos en el camino, pero su mente era un torbellino.

No entendía por qué aquello lo desgarraba así.

No la conocía... y, sin embargo, había en su interior una certeza extraña, casi violenta, una necesidad inexplicable de mantenerla con vida.

Como si su existencia estuviera unida a la de ella de algún modo que aún no alcanzaba a comprender.

—¡Sé fuerte... aguanta...! —insistía en voz baja, como si sus palabras pudieran sostenerla donde su cuerpo ya no podía.

El viento aullaba alrededor mientras el caballo continuaba su carrera hacia el castillo, y Calum no dejaba de sujetarla, aferrado a ella como si perderla fuera algo que su mente no estaba dispuesta a aceptar.

Las torres del castillo Fraser emergieron por fin entre la niebla al caer la tarde, recortándose contra un cielo plomizo que empezaba a teñirse de sombras.

Varios guardias abrieron las puertas con rapidez al reconocer al heredero, aunque su llegada no tardó en generar un murmullo de desconcierto.

Los mozos de cuadra se detuvieron en seco, interrumpiendo sus tareas, y algunos sirvientes asomaron desde los corredores y las arcadas del patio interior para observar la escena con creciente inquietud.

Calum entró al galope, no como un regreso habitual, sino como una irrupción urgente, tensa, casi desesperada.

Y lo que más llamó la atención no fue su prisa...

, sino la figura que llevaba consigo: delante de él, aferrada a su cuerpo, iba una joven inconsciente, pálida como la nieve, sostenida con cuidado.

Un silencio extraño se extendió por el patio durante un segundo, roto solo por el resoplido del caballo.

En un extremo del patio, Fergus y Ewan, que entrenaban a un grupo de jóvenes soldados con espadas de madera, detuvieron el combate de inmediato. El sonido del metal contra la madera se apagó en seco. Fergus frunció el ceño, apoyando la espada contra el suelo.

—¿Has visto lo mismo que yo? —preguntó en voz baja.

Ewan entrecerró los ojos mientras observaba al heredero desmontar sin soltar a la muchacha.

—¿Qué está sucediendo...? —respondió, cruzando una mirada con él—. ¿Qué demonios trae consigo?

Ambos se miraron con desconcierto, mientras los aprendices bajaban las armas, incapaces de ocultar su curiosidad. El murmullo creció en el patio.

Ante el alboroto, las puertas del torreón se abrieron. Primero apareció Sophia, que salió corriendo hacia su hermano con el rostro marcado por la preocupación.

—¡Calum! ¿Qué ha ocurrido? —exclamó.

Detrás de ella, lady Margaret avanzó con paso firme pero rápido, su sola presencia imponía silencio a los sirvientes más cercanos.

Sus ojos se fijaron de inmediato en la joven inconsciente, y su expresión cambió al instante, pasando de la sorpresa a la alarma contenida.

El patio entero quedó suspendido en una mezcla de murmullos, miradas y preguntas sin respuesta, mientras Calum seguía avanzando.

—¡Calum! —exclamó Sophia—. ¿Qué ha ocurrido? —volvió a preguntar.

Ambas se detuvieron sorprendidas al ver a la joven inconsciente sobre el caballo.

Fraser desmontó con rapidez y tomó a Ariadna en brazos.

La muchacha parecía aún más frágil entre la fuerza de sus brazos.

Su cabeza cayó contra el pecho del guerrero mientras pequeños temblores recorrían su cuerpo.

Lady Margaret observó con preocupación el estado de la joven.

—¡Está ardiendo en fiebre! —dijo con inquietud—. ¡Preparad una habitación! ¡Ahora!

Las doncellas acudieron con rapidez.

—¡Traed agua caliente y mantas secas! —ordenó la señora del clan mientras seguía a su hijo escaleras arriba—. ¡Y enviad a buscar al galeno con urgencia!

Calum subió los escalones con premura sin separarse de Ariadna ni un instante.

Entró en una de las habitaciones y la depositó con cuidado sobre la cama.

—¡Quitadle esa ropa mojada y ponedle un camisón seco! —exigió con voz tensa.

Las doncellas comenzaron a obedecer. Calum salió de la habitación.

Lady Margaret observó a su hijo en silencio, veía la preocupación en sus ojos, una angustia demasiado intensa para tratarse de una simple desconocida.

Una vez que las puertas de la habitación se cerraron, Margaret se volvió hacia su hijo.

—¿Quién es esa joven?

Calum permaneció callado apenas un segundo, entonces respondió sin vacilar:

—¡Mi futura esposa!

Lady Margaret abrió los ojos, sorprendida. Calum mantuvo el gesto serio.

En realidad ni él mismo comprendía por qué había pronunciado aquellas palabras, quizá porque aquello le daría tiempo, o porque si su padre creía que ya había elegido esposa, dejaría de presionarlo para casarse con Lìra MacLaery.

O porque desde el instante en que encontró a Ariadna por primera vez sintió que algo dentro de él había cambiado.