Capítulo 6
C alum movió su caballo junto a un grupo de abedules húmedos y lo dejó atado, cerca de las cascadas que se precipitaban entre las rocas negras de la montaña.
El estruendo del agua llenaba el valle, mezclándose con el silbido del viento que descendía desde las cumbres.
Frente a él se abría un estrecho sendero de piedra, apenas visible entre el musgo y los matorrales, que serpenteaba hacia la zona rocosa donde se ocultaba la cueva.
Tomó aire antes de comenzar el ascenso. Recordaba demasiado bien la última vez que había estado allí.
La subida era dura y traicionera, el terreno se volvía cada vez más escarpado, cubierto de piedras sueltas que resbalaban bajo las botas.
En algunos tramos tuvo que apoyarse con las manos para avanzar entre las grietas de la montaña, mientras las ramas le arañaban los brazos.
El frío se filtraba bajo el tartán y el cansancio comenzó a acumularse en sus piernas a medida que ascendía.
El aire era más fino allí arriba, y cada vez le costaba más respirar.
«¿Cómo habrá logrado fray Paul acostumbrarse a este entorno?
», pensó. Aquel era el verdadero nombre del sabio al que muchos tomaban por un mago, aunque en realidad no era más que un fraile recluido en el silencio de la montaña, entregado a la contemplación y a la oración, buscando a Dios en la quietud y el aislamiento.
Mientras ascendía por la montaña no lograba apartar de su mente a la joven de la cascada.
Las preguntas se agolpaban en su cabeza: quién era en realidad, por qué el arzobispo de York quería encontrarla y por qué Crowley la buscaba con tanto empeño y, sobre todo, por qué él mismo era incapaz de arrancarla de sus pensamientos, por más que lo intentara.
Solo conocía su nombre: Ariadna, pero bastaba con susurrarlo para que acudieran a su memoria aquellos ojos brillantes, llenos de bondad, y aquel rostro sereno y dulce...
Como si, por un instante, hubiese tenido ante sí a un ángel.
Sacudió la cabeza con brusquedad, intentando expulsar aquellos pensamientos antes de que terminaran por consumirlo.
Cuando por fin alcanzó la cima rocosa, distinguió la entrada de la cueva, escondida entre grandes peñascos cubiertos de líquenes y cortinas de hiedra salvaje.
Suspiró, se detuvo unos segundos, tomó aire y entró despacio.
El interior estaba iluminado por la tenue luz de varias velas consumidas.
Olía a humo y tierra húmeda. A un lado había un pequeño altar de piedra sobre el que descansaba un crucifijo de madera oscura, desgastado por los años y las manos que lo habían sostenido.
Junto a él reposaba una sencilla talla de la Virgen María, apenas pulida, con el rostro suave y sereno pese a las grietas de la madera envejecida.
En el suelo, cerca del fuego apagado, había una piel de ciervo extendida que servía de lecho.
Algunas vasijas de barro, hierbas secándose colgadas del techo y unos viejos manuscritos apilados en una esquina completaban aquel refugio austero.
Fray Paul no estaba en el interior de la cueva, Calum salió de nuevo al exterior y aguardó en silencio.
No tardó en verlo aparecer a lo lejos, descendiendo con lentitud por el sendero de piedra.
El monje era alto y delgado, cubierto por una túnica de lana áspera ceñida con una cuerda.
La barba gris le caía hasta el pecho y el viento agitaba sus cabellos plateados.
Entre los dedos sostenía unas cuentas de madera oscura unidas por nudos, desgastadas por años de plegarias, que colgaban enrolladas alrededor de su muñeca.
Caminaba despacio, apoyándose en un bastón de tejo, como si conociera desde hacía siglos cada piedra de aquella montaña.
Fray Paul observó al guerrero, que lo aguardaba frente a la ermita. Lo reconoció al instante. En el fondo, siempre había sabido que volvería a verlo, aunque le sorprendía que hubiese tardado tanto en regresar.
El fraile alzó la mirada hacia el cielo, como si en silencio rezara por aquel joven.
Había visto crecer a Calum desde niño. Su madre lo llevaba a visitarlo cuando apenas era un muchacho, y con los años él mismo continuó subiendo a la montaña de vez en cuando.
Siempre llegaba cargado de preguntas sobre Dios, ansioso por comprenderlo todo, con una curiosidad limpia que enternecía al viejo fraile.
Pero el corazón de Calum había cambiado desde la muerte de su joven prometida, algo dentro de él se había quebrado.
Había volcado toda su rabia contra Dios y, en parte, también contra él.
Sin embargo, la culpa más profunda recaía sobre sí mismo.
Sus heridas seguían abiertas, no había sido capaz de perdonarse; y aquel dolor, alimentado durante años, había terminado por endurecerle el alma.
Lo que nadie sabía —y lo que el monje jamás podría revelar— era que, durante sus largas horas de oración, la Santísima Virgen María le había mostrado una verdad terrible con claridad divina: la maldad se estaba tejiendo alrededor de Calum como una tela de araña.
La envidia de aquellos que ansiaban el poder y los territorios de los Fraser había dado forma a una red oscura, urdida en secreto por hombres cercanos al clan que conspiraban para destruirlo.
Fray Paul ignoraba quiénes eran con exactitud, pero comprendió que su deber era alertar al joven.
Sin embargo, desde que le lanzó aquella críptica advertencia —un impulso del que se arrepintió al instante—, Calum no había regresado a verlo.
Paul se atormentaba sabiendo que debió explicarle el significado de sus palabras cuando tuvo la ocasión, antes de que fuera tarde.
La alianza entre los Fraser y los Douglas nunca fue bien vista por los ambiciosos rivales, y la tragedia no tardó en cernirse sobre el heredero en forma de una amenaza de muerte.
La joven Màiri, su prometida, había heredado la misma enfermedad mental de su madre; veía sombras y escuchaba voces día y noche.
Los rumores aseguraban que se había suicidado aquella fatídica noche de la gran tormenta, repitiendo el trágico final de su progenitora.
Para el líder Rodolf MacLaery y para el resto de los clanes de la zona, la muerte de la muchacha supuso un alivio evidente: jamás habrían permitido que el futuro señor de los Fraser se desposara con una mujer cuya locura solo traería desgracias a las Highlands.
Pero Calum era incapaz de ver esa realidad.
Negaba la enfermedad de su prometida y no quería aceptar que nunca habría sido feliz a su lado.
En su lugar, el joven cargaba con una culpa ciega por no haber estado allí para salvarla esa noche; se había autoconvencido de que él era el único causante de su muerte y de que, a partir de entonces, llevaría la desgracia a cualquier mujer que osara enamorarse de él.
El anciano se aproximó con lentitud hacia Calum, apoyándose en su bastón de madera oscura.
El viento agitaba los pliegues de su viejo hábito mientras sus pasos resonaban con suavidad sobre la piedra húmeda.
Cuando quedó frente al guerrero, ambos permanecieron inmóviles unos segundos, observándose en silencio.
Calum sintió un inesperado nudo en el pecho, apreciaba al monje y en aquel instante lamentó no haber subido a visitarlo durante tantos años.
La vida, el dolor y la rabia lo habían alejado de aquel lugar que en otro tiempo había sido un refugio para su alma.
Fray Paul le sonrió con una ternura casi paternal.
—¡Ha pasado mucho tiempo, muchacho! —dijo con voz serena—. ¡Anda... ven aquí y abraza a este viejo fraile!
Calum dejó escapar una leve sonrisa cansada antes de estrecharlo entre sus brazos.
El anciano cerró los ojos un instante al sentir aquel abrazo.
Hacía años que no veía tan de cerca al niño que había crecido entre aquellas montañas haciéndole preguntas imposibles sobre Dios, la muerte y el sufrimiento de los hombres.
Cuando se separaron, fray Paul lo observó con detenimiento, seguía reconociendo en sus ojos al muchacho curioso de antaño, pero aquel niño casi había desaparecido.
Frente a él había ahora un hombre endurecido por la culpa, la pérdida y la rabia contenida durante demasiados años.
—¡Ven! —dijo el fraile con suavidad—. Vamos al lugar que tanto te gustaba. Aún puedo imaginarte sentado allí, contemplando el cielo mientras me hacías cien preguntas seguidas.
Calum sonrió de verdad por primera vez desde que había llegado.
Ambos caminaron por un estrecho sendero de roca hasta alcanzar un pequeño saliente natural protegido del viento.
Allí, varias piedras lisas formaban una especie de asiento frente al inmenso paisaje de las Highlands.
La vista era sobrecogedora, las montañas se alzaban majestuosas bajo un cielo gris azulado atravesado por jirones de niebla.
Más abajo, los valles se extendían como mares verdes cubiertos de brezo púrpura y pinares oscuros.
A lo lejos, un lago reflejaba la luz del atardecer mientras varias cascadas descendían entre las rocas formando hilos blancos que parecían perderse en el abismo.
El aire olía a lluvia y tierra fría. Aquel lugar tenía algo sagrado.
Calum tomó asiento. Durante unos instantes permaneció callado, sin saber cómo expresar todo lo que llevaba dentro.
En realidad había subido hasta allí porque necesitaba consejo y la sabiduría del fraile, aunque le costara admitirlo.
Fray Paul lo intuía. El anciano dejó que el silencio hablara primero; transcurridos unos segundos, habló con voz tranquila.
—¿Aún cargas con ella?