Capítulo 5
A riadna dio un paso hacia él, pero se detuvo en seco al borde del terreno firme. La hierba húmeda cedía bajo sus pies y el estruendo de la cascada, tan cerca, la hacía vacilar. No cruzó. Calum lo advirtió al instante.
—No voy a hacerte daño —dijo él, con una suavidad inesperada en un hombre de su tamaño—. Si hubiera querido lastimarte ya lo habría hecho.
Ariadna lo observó en silencio, indecisa. El agua le resbalaba por el cabello y el vestido empapado se adhería a su cuerpo, pero aun así conservaba una dignidad orgullosa, casi desafiante.
—No te creo —murmuró.
—No tienes que hacerlo —replicó él—. Solo da un paso.
Ariadna respiró hondo. El miedo le oprimía el pecho, pero había algo en la voz de Calum que no sonaba a amenaza. Era firmeza. Seguridad. Con cautela, cruzó al fin la linde y apoyó un pie en tierra seca.
Calum no se movió. Se limitó a observarla y, por un instante, olvidó qué iba a decir.
Había visto mujeres hermosas antes, muchas, pero jamás una mirada había logrado desarmarlo de aquella manera.
Los ojos de Ariadna poseían una dulzura extraña, mezclada con una fuerza silenciosa que no encajaba con su aparente fragilidad.
Su rostro, aún pálido por el frío, parecía hecho para desafiar cualquier amenaza sin necesidad de alzar la voz.
Ella, en cambio, lo analizaba con cautela.
No confiaba en el hombre que tenía delante.
Le imponía demasiado. Era alto, ancho de hombros, y su sola presencia llenaba el espacio de una forma casi intimidante.
Pero lo que más la desconcertaba eran sus ojos: verdes, profundos, intensos... atentos a cada uno de sus movimientos.
—¿Por qué dijo ese hombre que hay una recompensa por ti? —preguntó Calum al fin, rompiendo el silencio.
Ariadna dudó. Bajó la mirada apenas un instante antes de responder.
—El arzobispo de York me busca —dijo por fin—. Cree que soy una hereje. —Hizo una breve pausa—. Mi padre fue acusado... y lo quemaron en la hoguera. —La voz le tembló apenas, pero aun así continuó—. Ahora quiere hacerme pagar a mí también.
Calum guardó silencio unos segundos. Sus ojos se ensombrecieron, aunque su expresión permaneció serena.
—¿Y por qué piensan eso de ti? ¿Tienen motivos?
—¡No!
Aquella única palabra bastó para él. Había conocido hombres crueles y sabía bien la clase de poder que ejercía el arzobispo de York. También reconocía el peso de la tragedia en los ojos de la joven.
Ariadna seguía temblando. Miraba todo el rato hacia los árboles, temiendo que aquellos hombres reaparecieran en cualquier momento. Calum percibió su inquietud.
—¿Y adónde piensas ir?
—Al norte —respondió ella sin vacilar—. A la Roca del Arrepentimiento... al Lago de las Sombras.
La reacción de Calum fue inmediata, aunque apenas visible: una tensión fugaz en la mandíbula, un silencio más pesado.
—¿Sabes siquiera adónde pretendes ir? —preguntó con voz más grave.
—Sé lo suficiente...
—¡No! —la interrumpió él, ahora más firme—. Ese no es un lugar para una mujer sola.
Ariadna alzó la barbilla, desafiante pese al miedo.
—Tengo que hacerlo.
—Si vas, es muy probable que mueras allí.
—¿Por qué?
—Porque nadie que haya llegado hasta ese lago ha regresado jamás.
—O quizá decidieron quedarse allí.
Calum arqueó apenas una ceja, sorprendido por la lógica serena de la joven... y por su valentía.
—Sea como sea, el camino es largo y peligroso.
Un breve silencio cayó entre ambos. El viento sopló entonces, helado, deslizándose entre los árboles. Ariadna se abrazó a sí misma, empapada y temblorosa. Calum se quitó la piel de animal que llevaba sobre los hombros y se la tendió.
—Toma.
—No la necesito —respondió ella de inmediato, rechazándola con un gesto seco—. Debo marcharme.
—¡Vas a congelarte!
Sin hacer caso a la protesta, él mismo le colocó la piel sobre los hombros. Ariadna se estremeció al sentir las manos grandes y cálidas de Calum rozándole la piel helada. Él, por su parte, sintió una punzada extraña en el pecho al rodearla con aquella prenda. Tardó unos segundos en apartarse.
—Gracias —dijo ella en voz baja—. ¿Podrías indicarme qué camino debo tomar?
—Sigue el curso de este río hacia el norte.
A pie tardarás cerca de una semana en llegar.
Sabrás que estás cerca cuando el agua deje de reflejar el cielo y parezca cristal oscuro.
Dicen que el Lago de las Sombras recibe ese nombre porque quien se mira en él no ve solo su reflejo...
, sino aquello que más teme: su lado oscuro.
Ariadna sostuvo su mirada un instante, decidió no hacer más preguntas.
—Gracias.
Comenzó a caminar con rapidez, decidida a no detenerse.
Pero mientras avanzaba entre los árboles, el miedo seguía aferrado a su pecho.
Estaba aterrada. Temía a los hombres que la perseguían, al camino desconocido y a aquello que pudiera encontrar en el lago.
Aun así, no pensaba rendirse. Había llegado demasiado lejos.
Calum la observó alejarse con una sensación incómoda oprimiéndole el pecho.
No le gustaba verla marchar sola. Mucho menos sabiendo que un hombre como el arzobispo la estaba persiguiendo.
Había algo en ella —en su valentía obstinada, en la forma en que ocultaba el miedo tras aquella dignidad silenciosa— que le impedía apartar la mirada.
—¡Mujer! —gritó antes de que desapareciera entre los árboles.
Ariadna se detuvo en seco y volvió la vista hacia él. Calum avanzó con rapidez hasta alcanzarla. Sus ojos quedaron fijos el uno en la otra. Él volvió a sentir aquella extraña presión en el pecho; ella, un escalofrío imposible de explicar.
—No me has dicho tu nombre.
—Ariadna. —Luego, guardó silencio.
Él, con rapidez, se presentó.
—Mi nombre es Calum, Calum Fraser.
Hubo un breve silencio.
—Si necesitas ayuda, pregunta por mí a cualquier aldeano de estas tierras. Todos saben dónde encontrarme.
Ariadna asintió apenas.
Calum llevó la mano al cinturón de cuero que cruzaba su cintura y extrajo una daga corta, adornada con el emblema grabado de los Fraser.
Ariadna se fijó en el símbolo de la daga: un lobo dorado rodeado por tres medias lunas.
Su respiración se detuvo un instante al reconocerlas; eran idénticas a la media luna que ella misma portaba.
Entonces el corazón le dio un vuelco y recordó las palabras de la anciana: «Solo un guerrero de las Tierras Altas con tres medias lunas podrá sostener el peso de tu destino».
«¿Será él?», se preguntó mientras observaba al hombre que tenía frente a ella.
«No —se dijo para sí misma—, no puede ser.
Debo tener cuidado y seguir mi camino sola».
—¡Toma, puede que la necesites!
Ariadna dudó solo un instante antes de aceptarla, aunque al final decidió tomarla, ya que sabía que quizá tendría que defenderse.
—Gracias... otra vez.
—No me des las gracias, es lo mínimo que puedo hacer por ti.
Ella no respondió, se volvió y retomó el camino.
Calum la siguió con la mirada hasta verla desaparecer entre los árboles, empapada, frágil... y, aun así, decidida. Después soltó el aire con lentitud.
—¡Mantente con vida! —murmuró para sí, casi como una orden.
Luego se volvió y tomó el sendero que conducía a la cascada, hacia las montañas rocosas donde habitaba el sabio. Ariadna continuó sola hacia el norte.