El juramento del highlander Capítulo 4
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Capítulo 4

A riadna estaba agotada, llevaba jornadas enteras sin apenas descanso y el hambre le vaciaba el estómago con una insistencia casi dolorosa.

Sabía que debía dirigirse al norte, aunque la anciana no le hubiera indicado con exactitud el lugar.

La idea se le había quedado clavada como un recuerdo antiguo; de niña, su padre le contaba historias para dormir, una de ellas hablaba de un lugar remoto llamado el Lago de las Sombras .

En el cuento, la protagonista emprendía un viaje hacia el norte, más allá de las montañas nevadas, donde la tierra se quebraba en valles cubiertos de brezo blanco en primavera.

Entonces le parecía solo una fábula... ahora sonaba demasiado real.

Caminó durante horas por senderos estrechos, entre rocas húmedas y colinas que se cerraban sobre ella como si quisieran confundirla.

El viento helado le cortaba la piel y la lluvia intermitente empapaba su capa hasta volverla pesada.

A veces el miedo la obligaba a detenerse; otras, era el cansancio el que la hacía dudar de cada paso.

Miraba atrás con frecuencia, convencida de escuchar algo entre los árboles, aunque solo encontraba silencio.

Confiaba en que, si el arzobispo de York y lord Hilton seguían buscándola, ya habrían abandonado la persecución.

Lo que Ariadna no sabía era que habían puesto precio a su cabeza.

Cuando el terreno comenzó a abrirse, el sonido del agua la guio, descendió por una ladera resbaladiza hasta encontrar un valle escondido donde un río se precipitaba en varias caídas sobre rocas oscuras cubiertas de musgo.

Las cascadas se derramaban en distintos niveles, formando pozas profundas antes de continuar su curso hacia un estrecho desfiladero.

La bruma húmeda flotaba en el aire como un velo ligero, y el estruendo constante del agua tenía algo que transmitía paz.

Agotada, Ariadna se dejó caer junto a la orilla.

Se quitó las botas con manos temblorosas y hundió los pies doloridos en el agua helada.

El frío la hizo jadear, pero también le devolvió, por un instante, la sensación de estar viva.

Entonces, entre el murmullo del río, escuchó algo distinto.

Un ruido seco. Ramas quebrándose. A lo lejos, en la línea de árboles que rodeaba el valle, tres jinetes avanzaban despacio.

El camino se abrió ante Calum como una línea antigua entre colinas y piedra. La tierra olía a humedad, y el sonido del río lo había acompañado durante horas hasta que el terreno empezó a cambiar.

Fue entonces cuando lo escuchó, el rugido del agua, las cascadas. Detuvo el caballo a cierta distancia, descendió sin prisa y lo dejó atado a un árbol, permitiéndole pastar. Luego avanzó solo, guiado por el sonido. Y entonces la vio.

Entre la espuma y la roca, una joven intentaba acercarse al agua.

El cabello oscuro le caía empapado sobre los hombros y el vestido ligero se le pegaba al cuerpo mientras avanzaba con cuidado entre las piedras resbaladizas.

Tenía el ceño fruncido, concentrada, como si el mundo entero se redujera a no perder el equilibrio.

Calum, oculto entre los árboles, dejó escapar una media sonrisa.

—Va a acabar rompiéndose el cuello... —murmuró para sí.

La observó unos segundos más. Había algo en su forma de moverse, en esa mezcla de torpeza y determinación, que resultaba casi imprudente..., pero muy viva.

Ariadna resbaló un poco y soltó un jadeo ahogado antes de recuperar el equilibrio.

—Terrible idea... —susurró él, negando con la cabeza.

Pero entonces lo oyó. El crujido de ramas.

Voces bajas. Hombres. La calma desapareció de su cuerpo en un instante.

Tres jinetes aparecieron entre los árboles del sendero superior.

Sus caballos venían cansados, como si hubieran recorrido largas distancias sin descanso, no hablaban, pero sus miradas estaban fijas en la joven junto al agua.

Calum los reconoció de inmediato. Uno de ellos era Aidan Crowley, un capitán ligado a clanes aliados de los MacLaery; los otros dos eran poco más que sus esbirros.

No era un enemigo..,. pero tampoco un hombre de honor ni de decisiones limpias.

Nunca le había inspirado confianza. Cada vez que visitaba a los MacLaery, Crowley estaba allí, susurrando veneno al oído del viejo líder del clan.

Uno de los jinetes volvió la cabeza hacia la orilla del río.

Sus ojos se detuvieron en Ariadna como si la hubieran encontrado por fin.

Ella lo notó. Al principio solo percibió movimiento entre los árboles, siluetas altas desmontando en la línea del bosque.

Pero cuando el viento cambió y las voces llegaron más claras, algo en su interior se tensó.

Retrocedió un paso en el agua sin darse cuenta.

El frío le subió por las piernas, pero no fue eso lo que la hizo contener el aliento.

Aidan avanzó primero, era más alto que los demás, su plaid se agitó por el viento y la espada, colgando sin ceremonia, como si no le hiciera falta demostrar nada.

No caminaba con prisa, pero tampoco con calma: era el paso de alguien que está acostumbrado a que el mundo se aparte.

Ariadna se quedó inmóvil, con los pies aún en la poza. Su mano se aferró por instinto a la tela del vestido.

—Ahí está —murmuró uno de los hombres detrás, señalándola sin disimulo.

—Sí —respondió el líder sin apartar los ojos de ella.

Su voz era áspera, sin cortesía, sin intención de parecer amable. El segundo jinete soltó una risa breve, seca.

—No parecía que fuera a llegar tan lejos la muchacha. Es bonita.

—¡Cállate! —cortó el líder, sin mirarlo siquiera.

Ariadna sintió un escalofrío que no venía del agua. Dio un paso atrás, luego otro, buscando terreno firme entre las piedras. El corazón le golpeaba en el pecho con fuerza, desordenado, como si por fin hubiera entendido el peligro.

—¡No os acerquéis más! —dijo ella al fin, intentando que su voz no temblara, aunque lo hizo.

Crowley ladeó apenas la cabeza.

—¡No estamos aquí para charlar contigo!

—Entonces... ¿qué queréis?

Él la observó un segundo más, como si evaluara algo que no era del todo visible.

—Lo que han venido a buscar otros —respondió al fin—. No lo hagas más complicado. ¡Tú sabes lo que tienes y lo que queremos!

Ariadna sintió cómo se le secaba la boca.

—¡No sé de qué habláis!

Aidan soltó una exhalación breve, casi de fastidio.

—¡Siempre dicen lo mismo!

Dio un paso más hacia el agua.

Ariadna retrocedió de golpe, resbalando sobre una roca. El agua le salpicó el vestido y el miedo se le subió a la garganta, esta vez sin dejarle espacio para disimularlo. En ese momento, entre los árboles, otra figura apareció.

Calum salió del bosque con paso firme y seguro.

El crujido de sus botas sobre las hojas secas resonó en el claro y bastó para que los tres jinetes giraran la cabeza al unísono.

Los caballos resoplaron inquietos. El primero en reconocerlo fue Aidan Crowley, sus ojos oscuros se entrecerraron con sorpresa antes de curvar los labios en una sonrisa ladeada.

—Vaya... —murmuró—. ¡Calum Fraser!

Él no respondió de inmediato, permaneció inmóvil, con los hombros tensos y la mandíbula endurecida, observándolos como si evaluara cuánto tardaría en derribarlos a todos.

—¡Seguid vuestro camino! —ordenó al fin, con una calma fría que resultaba mucho más amenazante que un grito.

Crowley intercambió una mirada rápida con sus hombres. Dudó apenas un instante.

—No sabíamos que estabais aquí...

Calum avanzó un paso lento, firme.

—¡Ya lo sabéis!

El capitán ladeó un poco la cabeza.

—¿Acaso también buscas la recompensa?

Las cejas de Calum se fruncieron de inmediato.

—¡No sé de qué recompensa hablas!

Crowley soltó una risa corta, incrédula.

—¡No te hagas el despistado conmigo, Fraser!

Calum sostuvo su mirada sin parpadear. Había auténtica confusión en sus ojos, una dureza desconcertada que Crowley reconoció enseguida. La sonrisa burlona del capitán vaciló apenas un segundo, entonces comprendió que decía la verdad. El joven no sabía nada.

El escocés sintió cómo la irritación le ardía bajo la piel. Sus músculos se tensaron y avanzó hasta quedar frente a Crowley, tan cerca que el caballo del capitán se removió nervioso.

—¡Escúchame bien! —dijo con voz grave—. Esa joven es mi futura esposa, así que os marcharéis ahora mismo...

Las palabras salieron de su boca antes de que pudiera detenerlas. Y, por un instante, Calum se sorprendió de su propia afirmación. ¿Por qué había dicho aquello? Ni él mismo lo sabía... salvo quizá por la obsesión silenciosa de que no podía sacarse ese tema de la cabeza.

Mientras hablaba, una mano descendió con lentitud hasta la empuñadura de su espada. No la desenfundó. No le hacía falta. La amenaza estaba en sus ojos.

Ariadna, junto a la cascada, se quedó inmóvil.

«¿Su futura esposa?». El corazón le dio un vuelco tan fuerte que casi olvidó respirar.

El agua helada seguía acariciándole los pies, pero apenas lo notaba.

Miró a Calum atónita, incapaz de saber si aquellas palabras eran una simple excusa... o algo más peligroso.

El silencio se tensó entre los hombres. Crowley observó a Calum durante un largo instante.

—¿Tu futura esposa?

Fraser no respondió. Continuó clavando en él una mirada feroz, inmóvil como una roca.

La sonrisa del capitán desapareció poco a poco.

—Pues deberías saber que el arzobispo de York la está buscando. Y debe de desear encontrarla con mucha urgencia... porque ha puesto precio a su cabeza.

Por primera vez, el gesto de Calum se alteró de verdad.

No apartó la mirada de Crowley, pero una sombra oscura cruzó sus ojos: sorpresa, rabia...

Algo mucho más peligroso. Detrás de él, Ariadna sintió que el estómago se le hundía; ¡precio a su cabeza!

, pensó. El miedo le recorrió el cuerpo como agua helada.

De pronto comprendió que aquello no era una simple persecución, le estaban intentando dar caza.

Uno de los hombres volvió la vista hacia la cascada. Ariadna seguía allí, paralizada, con las manos crispadas contra la tela húmeda del vestido y el rostro pálido. Ni siquiera parecía darse cuenta del agua corriendo alrededor de sus tobillos.

Calum dio un paso hacia delante. Solo uno, pero fue suficiente.

Su mano permanecía apoyada sobre la empuñadura de la espada, y la tensión que desprendía hizo que hasta los caballos se agitaran nerviosos.

Nadie deseaba enfrentarse a Calum Fraser.

Su reputación lo precedía. Invencible, implacable... , y Crowley lo sabía.

—Tranquilo... —murmuró alzando apenas una mano.

Después soltó el aire con lentitud y terminó por echarse a reír.

—¡Nos retiramos! Pero te aconsejo que vigiles bien tu castillo, Fraser. En cuanto sepan dónde está no tardarán en ir a buscarla.

La expresión de Calum no cambió.

—¡Pues los estaré esperando!

Nadie añadió nada más. Crowley tiró de las riendas y los tres hombres dieron media vuelta.

Poco después desaparecieron entre los árboles, tragados por la espesura del bosque.

El silencio regresó de golpe. Calum permaneció inmóvil durante unos segundos, escuchando el rugido de la cascada y el eco lejano de los cascos alejándose.

Luego volvió la vista hacia Ariadna. ¿Qué secreto escondía la joven? , pensó.