Capítulo 3
C alum salió del torreón sin mirar atrás, bajó los escalones de piedra con pasos largos, secos, mientras el eco de sus botas golpeaba las paredes húmedas de la fortaleza.
Dos antorchas temblaban a ambos lados del corredor, lanzando sombras quebradas sobre su figura.
Tenía la mandíbula tensa y los puños cerrados dentro de los guantes de cuero.
Atravesó el patio de entrenamiento sin detenerse ante las miradas de los hombres, algunos aún bebiendo junto al fuego, y empujó las pesadas puertas de roble con tal brusquedad que los goznes crujieron.
El aire de las Highlands le golpeó el rostro como una bofetada fría, clara, que despejaba cualquier resto de duda que pudiera quedarle.
Aún resonaban en su cabeza las palabras de su padre, el peso del juramento, el nombre de Lìra MacLaery como una cadena invisible.
Se detuvo junto al establo. El caballo resopló al verlo acercarse, inquieto, como si percibiera su rabia. Calum pasó la mano por el cuello del animal con gesto automático, casi ausente, y desató las riendas.
—Vamos, viejo amigo... —murmuró.
Montó sin ceremonia. No llevaba consigo a sus esbirros, solo la espada y un pensamiento fijo: el anciano.
El más sabio de las Tierras Altas vivía lejos, más allá de los senderos conocidos, donde la tierra se endurecía hasta volverse piedra y el silencio del pasado parecía arrastrar ecos de almas, como si la propia montaña recordara lo que los hombres habían olvidado.
Decían que escuchaba lo que otros no podían y que respondía solo a quienes tenían un corazón noble.
Calum necesitaba hablar con él, tenía que recibir sus consejos.
Atravesó el patio interior al trote y cruzó las murallas por el gran portón de hierro, abierto apenas lo suficiente para dejar pasar a un jinete. Los guardias se hicieron a un lado al verlo. Ninguno se atrevió a preguntarle nada.
En el valle, el campo de entrenamiento hervía de actividad.
Los jóvenes del clan chocaban espadas de madera entre gritos y órdenes ásperas.
El barro saltaba bajo sus botas. Fergus, enorme como un toro, corregía la postura de un muchacho de apenas quince años golpeándole, con suavidad, las piernas con una vara.
—¡Más firme! ¡Un enemigo no esperará a que encuentres el equilibrio!
Un poco más allá, Ewan hacía girar a otro grupo en prácticas de combate cuerpo a cuerpo.
Más rápido y silencioso que Fergus, observaba cada movimiento con ojos de halcón.
Fue Ewan quien vio primero a Calum, el guerrero abandonó a los jóvenes y caminó hacia él mientras el caballo reducía la marcha.
Fergus también levantó la vista y frunció el ceño al notar que su líder iba solo.
—¿Te marchas? —preguntó Ewan al llegar junto al caballo.
Calum tiró apenas de las riendas.
—¡Voy a ver al anciano!
Los dos hombres intercambiaron una mirada inmediata, cargada de preocupación.
—¡Entonces iremos contigo! —dijo Fergus sin vacilar.
Calum negó con lentitud.
—¡No, esta vez no!
—Las montañas no son seguras al caer la noche —insistió Ewan—. Y menos si vas solo.
Calum clavó los ojos en el horizonte, donde las nubes bajas comenzaban a tragarse las cumbres oscuras.
—Precisamente por eso debo ir solo.
Durante un instante ninguno habló. El ruido de los entrenamientos continuó detrás de ellos: madera chocando, respiraciones agitadas, gritos de esfuerzo. Algunos jóvenes observaban de reojo a su señor, intentando disimular la curiosidad.
Fergus apretó la mandíbula. Ewan, en cambio, lo miró como si quisiera decir algo más, pero terminó guardándose las palabras.
—¡El anciano es un mago! —gruñó Fergus, frunciendo el ceño—. Y ya sabes que sus respuestas rara vez llegan claras. Habla en sombras, en acertijos... y a veces ni siquiera son verdad.
Calum sostuvo su mirada un instante antes de responder:
—Lo conozco desde mucho antes que tú, Fergus.
Ewan dio un paso al frente, más serio que de costumbre.
—¡Por eso deberías pensarlo dos veces! —Su voz bajó apenas, como si no quisiera que los jóvenes alcanzaran a oírlo—. La última vez que acudiste a él te habló de una sombra siguiendo tu destino... dijo que tu vida estaba marcada por el peso de la culpa... Estuviste a punto de morir.
El viento cruzó el campo de entrenamiento, haciendo ondear las capas y apagando por un instante los gritos de los muchachos. Calum tensó la mandíbula.
—¡Aún sigo aquí!
—Sí —respondió Ewan, sosteniéndole la mirada—. Pero desde aquel día no has vuelto a ser el mismo.
Calum dejó escapar una sonrisa breve, sin humor.
—¡Sigo siendo el mismo hombre!
—¡No! —intervino Fergus, cruzándose de brazos—.
El Calum de antes no habría dudado ante un matrimonio.
¡Maldición, si apenas podíamos entrar en una taberna sin acabar rodeados de mujeres!
—Una media sonrisa apareció en su rostro—.
Recuerdo que siempre éramos nosotros tres...
, y rara vez una muchacha hermosa se nos resistía.
Ewan soltó una risa baja, aunque esta desapareció enseguida.
—Pero después... cambiaste —insistió él, sin apartar la vista de su líder—. Desde entonces rehúyes cualquier cosa que huela a amor, compromiso o matrimonio.
El silencio se tensó entre los tres como una cuerda a punto de romperse. Calum bajó la mirada un instante.
—Ella murió... —musitó.
La frase no fue más que un hilo de voz, pero bastó para que algo en su expresión se quebrara apenas.
Durante un segundo, el presente se desdibujó y fue arrastrado siete años atrás.
Tenía dieciocho años entonces, pensó en Màiri Douglas, con el cabello suelto empapado por la lluvia salada del mar, riendo sin miedo al borde de los acantilados.
Era la hija de un pequeño clan aliado, y la única persona capaz de arrancarle una sonrisa sin esfuerzo, sin estrategia, sin armadura.
La veía correr entre el brezo como si el mundo no pudiera alcanzarla nunca.
Recordaba el modo en que lo miraba, como si él no fuera el heredero de nada, sino solo un muchacho más perdido entre las Highlands.
Y luego... esa noche... la terrible tormenta y el cuerpo de ella encontrado al amanecer en la orilla, golpeado por las rocas tras caer desde los acantilados.
Dijeron que había sido un accidente, pero todo en Calum se había roto desde aquel día.
Fergus y Ewan intercambiaron una mirada de preocupación, cargada de recuerdos que no necesitaban ser nombrados.
—La muerte de Màiri fue un accidente —dijo Ewan al fin, más bajo—. Pero tú no tuviste la culpa, ni siquiera estuviste allí. Las palabras del anciano fueron un presagio de lo que ocurriría.
Calum apretó la mandíbula.
—Lo que sé —respondió, frío— es que ella murió después. Y desde entonces juré no volver a amar.
Calum apartó la vista hacia las montañas.
No respondió, sabía que tenían razón; desde aquella noche las palabras del anciano se habían clavado dentro de él como una espina imposible de arrancar: «La muerte caminará junto a tu sangre y alcanzará a la mujer que lleve tu nombre grabado en su corazón», eso fue, con exactitud, lo que le dijo el anciano.
Al principio intentó ignorarlo, convencerse de que solo eran delirios de un viejo fraile; pero con el paso de los años, la idea echó raíces en su interior hasta convertirse en una verdad silenciosa.
Por eso mantenía las distancias, de ahí que no permitía que ninguna mujer permaneciese demasiado tiempo a su lado, y ese fue el motivo de que jamás hubiera aceptado un compromiso, pese a la insistencia constante de su padre.
Siempre le decía que deseaba casarse por amor, que no pensaba unir su vida a una desconocida solo por conveniencia del clan.
Era una mentira fácil de sostener, incluso convincente, pero la verdad era mucho más oscura.
Calum estaba convencido de que amar a una mujer sería condenarla, y que la mujer que le entregara su corazón podría acabar como Màiri.
Sin añadir nada más, espoleó el caballo y salió al galope, el viento golpeó su cara con violencia apenas abandonó los terrenos del clan.
Las ráfagas heladas se colaban entre su cabello y bajo la piel de su capa, arrancándole lágrimas de los ojos; sin embargo no redujo la velocidad, sabía que si no se detenía podría llegar antes del anochecer.
El paisaje corría a su alrededor en manchas de roca, brezo y colinas interminables.
Los cascos del caballo retumbaban sobre senderos estrechos mientras descendían pendientes peligrosas y cruzaban viejos caminos cubiertos de niebla.
Bandadas de cuervos alzaban vuelo a su paso, y aun así, Fraser no prestaba atención a nada, solo a sus pensamientos.
Las palabras de su padre seguían persiguiéndolo: Lìra MacLaery y el juramento.
Calum apretó los dientes y obligó al caballo a correr más rápido.