El juramento del highlander Capítulo 2
7%

Capítulo 2

E l viento de las Tierras Altas descendía desde las cumbres como un susurro.

Calum Fraser se alzaba en lo alto de la colina, recortado contra el cielo gris, con la mirada fija en un horizonte que parecía no terminar nunca.

Era alto y de hombros anchos, forjados por el trabajo constante y los inviernos duros.

El viento le azotaba el cabello oscuro, enredándolo sin piedad, pero él apenas lo notaba.

Sus ojos, de un verde profundo, permanecían entornados, atentos a algo que no estaba a simple vista.

No solo miraba el paisaje; lo leía. Cada cambio en el viento, cada sombra que se deslizaba sobre el brezo, cada silencio entre ráfagas le hablaba de una tierra que conocía mejor que a sí mismo.

Había en su expresión una calma engañosa, la de quien ha aprendido a dominar el cuerpo aunque la mente no descanse, porque sus pensamientos no estaban en aquella colina.

Se acordaba de su padre, de sus palabras, siempre firmes e inquebrantables; del peso de un apellido que nunca había pedido, pero que llevaba como una segunda piel.

También daba vueltas al futuro que otros ya habían decidido por él.

Sus manos, curtidas y marcadas por cicatrices antiguas, descansaban sobre el pomo de su espada.

No la sostenía por amenaza, sino por costumbre...

, o quizá por la necesidad silenciosa de aferrarse a algo que aún le perteneciera.

El viento sopló con más fuerza y Calum cerró los ojos un instante. Dos semanas, pensó. Dos semanas para desafiar el destino... o rendirse a él.

—Sabía que te encontraría aquí.

La voz de su madre rompió la calma.

Margaret Fraser avanzaba con paso firme entre el brezo, recogiendo su falda para no tropezar.

A pesar de los años, conservaba una presencia serena, casi luminosa.

Su cabello, trenzado con esmero, mostraba hebras de plata, y sus ojos —los mismos que los de Calum— estaban cargados de una preocupación que no intentaba ocultar.

—Tu padre te busca —añadió, deteniéndose a su lado.

Calum no se volvió de inmediato.

—Siempre me encuentra —respondió, con un leve deje de ironía.

Margaret suspiró, observándolo con detenimiento. Dio un par de pasos más hasta quedar a su lado, dejando que el viento agitara también su cabello.

—Esta vez no es como las otras...

Él guardó silencio, pero su mirada se tensó un poco.

—¿Cuándo lo ha sido? —murmuró al cabo de unos segundos.

Margaret esbozó una sonrisa triste.

—Desde que eras niño siempre has respondido así —dijo con suavidad—. Como si pudieras esquivar lo que te espera solo con mantenerte firme.

Alzó la mano y apartó con delicadeza un mechón de cabello del rostro de su hijo, un gesto casi olvidado, pero cargado de años.

—Pero ya no eres ese muchacho que corría por estas colinas creyendo que el mundo terminaba en el valle.

Calum dejó escapar un leve suspiro, sin mirarla aún.

—A veces desearía que sí fuera así.

Margaret inclinó despacio la cabeza, estudiándolo.

—No es el mundo lo que te pesa... es lo que esperan de ti.

Aquellas palabras hicieron que, por fin, él la mirara.

—¡Padre nunca ha esperado, solo ha decidido! —respondió, con un tono más áspero de lo que pretendía.

Su madre no se ofendió. Sus ojos se llenaron de comprensión.

—Tu padre carga con promesas hechas hace mucho tiempo, Calum. Promesas que, en su mente, mantienen unido al clan.

—¿Y yo? —replicó él—. ¿También soy parte de ese trato?

Margaret dio un paso más cerca.

—Eres su hijo —dijo con firmeza, pero sin severidad—. Y también eres libre, aunque ahora no lo sientas así.

Calum soltó una breve risa sin humor.

—¡No suena muy convincente!

Ella le sostuvo la mirada, esta vez con una intensidad tranquila.

—La libertad no siempre se presenta como una puerta abierta. A veces... —hizo una pausa— a veces hay que atravesarla aunque parezca cerrada. Habla con él —añadió con suavidad—. Pero no como un guerrero frente a su laird..., sino como un hijo que aún puede elegir quién quiere ser.

Calum bajó la mirada un instante, pensativo.

—¿Y si ya ha decidido por mí?

Margaret le apoyó una mano en el brazo; firme, cálida.

—Entonces decide tú cómo vas a enfrentarlo.

Un silencio más sereno se instaló entre los dos.

—Pase lo que pase —susurró ella—, no olvides quién eres, Calum. No solo un Fraser..., sino mi hijo.

Esa vez, él no apartó la mirada. Y en sus ojos verdes, por un instante, la tormenta pareció calmarse.

—Ve a verlo ahora, Calum.

Eso bastó para que él girara el rostro. Sus miradas se cruzaron, y en la de su madre había algo más que preocupación: era urgencia.

***

El castillo de los Fraser se alzaba sólido, de piedra oscura, desafiando al viento como lo había hecho durante generaciones.

En su interior, el fuego crepitaba en el gran salón, donde Donald Fraser aguardaba de pie, inmóvil como una roca.

Era un hombre envejecido por los inviernos, pero no debilitado.

Su barba gris, espesa, enmarcaba un rostro severo, y sus ojos, duros como el acero, se clavaron en su hijo en cuanto cruzó el umbral.

—¡Has tardado!

—Estaba donde debía —replicó Calum, sin inclinar la cabeza.

Donald no sonrió.

—Ya no puedes permitirte ese lujo.

El silencio se tensó entre ambos, como una cuerda a punto de romperse. Margaret permaneció a un lado, observando sin intervenir.

—Hemos recibido noticias del clan MacLaery —continuó el patriarca, pronunciando el nombre con peso—. El acuerdo sigue en pie.

Calum apretó la mandíbula.

—¡Un acuerdo que yo no hice!

—¡Pero que te pertenece! —cortó Donald, dando un paso al frente—. Antes de que nacieras, juré ante su laird que nuestras sangres se unirían. Su hija, Lìra MacLaery, está preparada. Y el tiempo de esperar ha terminado.

El fuego crepitó con más fuerza, como si quisiera llenar el vacío que dejaban las palabras.

—¡No me casaré por un juramento que yo no he hecho! —dijo Calum, con voz firme.

Los ojos de su padre brillaron con un destello de ira contenida.

—¡Te casarás porque eres un Fraser! —replicó—. Porque este clan no se sostiene con deseos, sino con alianzas. —Dio otro paso, quedando frente a él—. ¡Y porque yo así lo ordeno!

El silencio cayó de nuevo, más pesado. Entonces Donald habló más despacio, como quien dicta una sentencia:

—¡Tienes dos semanas! —Calum no apartó la mirada—.

Dos semanas para encontrar una mujer y traerla ante mí como tu futura esposa —continuó—.

Una unión digna, que no avergüence nuestro nombre...

y que pueda sostenerse ante los ojos del clan.

—Hizo una pausa—. Tú me pediste que así fuera, que no te llevase a un matrimonio de intereses entre clanes sin darte la oportunidad de encontrar a una mujer a la que puedas amar.

—Respiró en profundidad—. Pues bien, yo he cumplido mi palabra, te di tiempo y este ha pasado.

Me rogaste dos semanas más y te las he concedido.

—Clavó las pupilas en las de su hijo—. Pero si no lo haces...

El viento golpeó los muros, colándose por las rendijas como un lamento lejano.

—Te casarás con Lìra MacLaery, y el juramento quedará sellado como fue prometido.

Margaret cerró los ojos un instante, como si ya conociera aquel desenlace.

Calum permaneció inmóvil. Solo sus manos, tensas a los lados del cuerpo, delataban la tormenta que se agitaba en su interior.

—Dos semanas —repitió, casi en un susurro.

Donald asintió.

—¡Ni un día más!

El aire en la sala parecía más denso tras las últimas palabras. El fuego del hogar crepitaba en silencio. Calum alzó la cabeza despacio, sin prisa, pero con una determinación que ya no dejaba espacio a la duda. Sus ojos verdes, firmes, se clavaron en los de su padre.

—Me casaré por amor —dijo, con una calma peligrosa—. Y el amor no se negocia, padre..., no se impone ni se firma como un tratado. No se busca. Simplemente... llega.

Donald Fraser apretó la mandíbula.

—¡Hablas como un muchacho sin responsabilidades!

—¡No! —replicó Calum, dando un paso al frente—. Hablo como alguien que no va a vender su vida por un juramento que no hizo.

El silencio se quebró.

—¡Jamás me casaré con Lìra MacLaery! —añadió, firme—. Y si esa es la condición para seguir siendo parte de estas tierras... entonces me iré. Me marcharé al norte, más allá de las fronteras del clan, donde no haya cadenas disfrazadas de honor.

La respiración del padre se volvió más pesada.

—¿Irte? —La voz de Donald se endureció—.

¿Crees que es tan simple? ¿Abandonar tu sangre, tu deber?

—Se acercó un paso, con los ojos encendidos de rabia contenida—.

Los clanes aliados esperan esto. La unión con MacLaery no es un capricho, Calum.

Es un pacto. Es estabilidad. Es futuro. Sin ella, este clan se debilita.

Y cuando se debilita... —su voz se volvió más grave— los ingleses no tardan en oler la sangre.

Calum sostuvo la mirada.

—¡El clan no necesita una esposa impuesta para sobrevivir!

—¡Sí la necesita! —estalló Donald, golpeando el suelo con la empuñadura de su bastón—. Necesita herederos. Necesita continuidad. Necesita un Fraser fuerte que garantice que todo lo que hemos protegido durante generaciones no se pierda.

Un silencio tenso cayó tras sus palabras; entonces, la puerta se abrió con suavidad.

—¿Padre? ¿Hermano?

La voz era joven, clara, pero cargada de inquietud.

Sophia Fraser, de apenas quince años, apareció en el umbral. Su cabello claro caía en ondas sueltas sobre los hombros y sus ojos, tan vivos como los de su madre, se movieron con rapidez de uno a otro, percibiendo de inmediato la tensión en la sala.

Su sola presencia pareció detener el tiempo. Calum la miró. Y en ese instante, algo cambió. No hicieron falta palabras entre él y su padre. Solo una mirada breve, pesada, entendida. Donald comprendió lo que su hijo estaba a punto de hacer... y Calum comprendió lo que su padre no iba a ceder.

La decisión estaba tomada. Calum apartó la vista primero.

—Sophia... —murmuró su madre, como si quisiera protegerla de lo que estaba ocurriendo.

Pero él ya se estaba moviendo. Con paso firme, sin vacilar, Calum se giró hacia la puerta.

—¡Calum! —La voz de su padre retumbó en la sala.

Se detuvo, pero no se volvió.

—¡El deber es tuyo! ¡Y lo cumplirás! —Hizo una pausa. El fuego crujió—. Recuerda las dos semanas —añadió, más bajo, pero igual de firme—. No habrá más tregua, si no encuentras a una mujer para hacerla tu esposa, te casarás con Lìra.

Calum no respondió. Abrió la puerta y salió. Dentro, Margaret llevó una mano a su boca, conteniendo la emoción, mientras Sophia se acercaba a ella sin entender del todo, con los ojos húmedos.

—Mamá..., ¿qué ha pasado?

Margaret no respondió de inmediato. Solo miró la puerta cerrarse, como si todavía pudiera alcanzar a su hijo al otro lado.