Capítulo 1
L a nave de la catedral de York estaba sumida en una penumbra solemne, apenas rota por la luz vacilante de unas cuantas velas que chisporroteaban junto al altar mayor. A esas horas, cuando incluso los fieles más devotos dormían, el lugar parecía otro; más frío, vasto... y muy peligroso.
El arzobispo caminaba de un lado a otro, arrastrando el borde de su pesada capa escarlata sobre las losas de piedra.
Era un hombre alto, de complexión delgada, casi angulosa.
Su rostro, afilado y pálido, estaba surcado por finas arrugas que se acentuaban cuando fruncía el ceño —y en ese momento no hacía otra cosa—.
Sus labios delgados temblaban, no de miedo, sino de una ira contenida que parecía a punto de desbordarse.
Se detuvo en seco frente al altar y golpeó la piedra con la palma de la mano.
—¡Incompetentes! —escupió, con la voz baja, pero cargada de veneno—. ¡Teníais una orden clara!
A unos pasos detrás, lord Hilton permanecía inmóvil, aunque su postura rígida delataba la tensión.
Era un hombre ancho de hombros, curtido por la guerra, con el cuello grueso y la barba corta salpicada de canas.
Una cicatriz le cruzaba la mejilla izquierda, tirante cada vez que apretaba la mandíbula.
Sus manos, grandes y ásperas, descansaban sobre el pomo de su espada, como si aquello le ofreciera algún tipo de control en medio de la tormenta.
—Registramos cada calle, Excelencia —respondió con voz grave, midiendo cada palabra—. La casa, los almacenes, los túneles cercanos...
El arzobispo se giró con lentitud hacia él. Sus ojos, hundidos y oscuros, brillaban con una intensidad inquietante.
—Y aun así... escapó —murmuró, acercándose—. ¿Sabéis lo que significa eso?
Hilton le sostuvo la mirada, aunque por un instante sus ojos vacilaron.
—Una muchacha sola no sobrevivirá mucho tiempo fuera de la ciudad.
El arzobispo dejó escapar una risa seca, sin humor.
—¡No es «una muchacha»!
Se inclinó un poco hacia él, bajando la voz hasta convertirla en un susurro afilado.
—Es la llave.
El silencio que siguió pesó como una losa. Hilton frunció el ceño.
—Ya se lo expliqué —gruñó, apretando la mandíbula—. Si el padre no lo tenía y no estaba en la casa, lo tiene ella. ¡Quiero ese maldito colgante!
—Nuestros hombres aseguran que la vieron huir hacia el norte. Un par de comerciantes la reconocieron... dicen que cruzó el paso de piedra.
El arzobispo se irguió despacio. Sus dedos, largos y huesudos, se entrelazaron frente a su pecho.
—Las Highlands... —confirmó, como si saboreara la palabra con desagrado.
Sus labios se torcieron en una mueca.
—Tierra de bárbaros, supersticiosos y clanes sin ley. Un lugar donde la fe verdadera apenas ha echado raíces... —hizo una pausa— y donde nuestras manos llegan con mucha dificultad. ¡Ahí no tenemos ningún poder!
Hilton dio un paso al frente.
—¡Dadme permiso y la traeré de vuelta! No importa lo lejos que haya ido.
El arzobispo lo observó durante unos segundos, evaluándolo. Luego negó despacio con la cabeza.
—No será tan sencillo.
Se apartó, caminando hacia una de las columnas, donde la luz apenas rozaba su rostro.
—Si la anciana la encontró... —murmuró, más para sí mismo que para su interlocutor—, entonces la muchacha ya sabe algo. Quizá no todo..., pero lo suficiente.
Hilton alzó la vista, desconcertado.
—¿La conocía bien, Excelencia?
—¿A quién?
—A la vieja.
El arzobispo no respondió de inmediato. Sus dedos se deslizaron por el borde del altar, como si recorrieran un recuerdo antiguo.
—Más de lo que me gustaría... —Guardó silencio, pensativo—. Ese colgante... lo debí coger a la fuerza cuando esa bruja me lo enseñó. Pero... sus amenazas y esa voz de hechicera... —No pudo terminar la frase.
Hilton frunció el ceño.
—¿Bruja?
El arzobispo esbozó una sonrisa leve, pero carente de humor.
—Llámela como prefiera. Algunos la considerarían una visionaria... otros, una blasfemia viviente. —Sus ojos se enturbiaron un instante—. Yo la llamo un error que por fin he corregido hoy, con su muerte, bajo las llamas..., aunque la debí matar hace mucho tiempo y hacerme con la media luna.
El mutismo se tensó.
—¿Y cómo supo que se la tenía que dar a la joven? —insistió Hilton.
El arzobispo alzó despacio la mirada hacia él.
—Porque ella sabía que yo la buscaba. Siempre lo supo. Y sabía quién se la dio a ella y a quién debía regresar.
Dio un paso, acercándose, con la voz reducida a un susurro grave.
—La abuela de esa joven... ella fue la que se la dio. ¡Me lo robaron! Estaba en mis manos, llegó hasta mí y ella enseguida supo que se trataba de la media luna, «la joya maldita», como la llamaba la antepasada de la muchacha.
Hilton apretó la mandíbula.
—Maldita... —susurró.
El arzobispo lo miró antes de responderle.
—Grábate estas palabras en tu mente, cuando tengamos ese colgante nadie nos detendrá, porque en nuestras manos estará el poder absoluto sobre la voluntad de los hombres.
Hilton sabía que el arzobispo siempre se había acercado a las artes oscuras, le temía, sabía que la sombra del maligno lo había corrompido, pero él recibía muchos beneficios y riquezas por ejecutar sus órdenes. El clérigo se apartó volviendo la vista hacia la oscuridad de la nave.
—La anciana no actuó por casualidad. Si apareció aquí, en York..., fue porque el tiempo se ha agotado.
Hilton guardó silencio unos segundos, no entendía muy bien las palabras del arzobispo de York.
—¿Qué tiempo?
El hombre clavó la mirada en la del guerrero.
—¡No debe saber más! —Hilton no respondió, tensó la mandíbula—.
Tenemos que actuar... con precisión —apuntó el arzobispo, girándose de nuevo—.
No quiero un ejército llamando la atención en esas tierras.
Quiero silencio. —Sus ojos se clavaron en los de Hilton—.
Elegid a vuestros mejores hombres. Aquellos que sepan moverse sin dejar rastro...
y que no teman ensuciarse las manos con sangre pagana.
Hilton asintió, aunque una sombra de duda cruzó su expresión.
—¿Y si los clanes la protegen?
Por primera vez, el arzobispo sonrió. No fue una sonrisa cálida, sino algo tenso, casi inquietante.
—¡No, eso es imposible! Un escocés nunca protegerá a una mujer inglesa. Pero... si eso llegase a suceder..., entonces aprenderán lo que ocurre cuando se interponen entre la iglesia... y la voluntad de Dios.
Se acercó hasta quedar a escasos centímetros de Hilton.
—Traedme a la joven..., viva. —Hizo una pausa—. Pero si eso no es posible...
No terminó la frase. No hacía falta. Hilton inclinó la cabeza.
—¡Así se hará!
—¡Y poned precio a la cabeza! Que el rumor se extienda por los caminos para que todo el mundo sepa que el arzobispo de York la busca y recompensará a aquel que le ayude a encontrarla.
El clérigo se volvió hacia el altar, como si la conversación ya hubiera terminado. Durante unos segundos, permaneció en silencio, con la mirada fija en la cruz, pero no rezaba.
—No puede esconderse eternamente —susurró, apenas audible.
Detrás de él, las botas de Hilton resonaron contra la piedra mientras abandonaba la nave. Cuando las puertas se cerraron, la catedral volvió a quedar en silencio.