El juramento del highlander
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Prólogo
L a casa de Jacob siempre olía a una mezcla de tinte fresco y seda de Oriente traída desde Flandes.
El maestro mercader jamás sospechó que en las sombras de la catedral se tejía un plan para reducir a cenizas todo lo que amaba.
Su tienda se alzaba en una de las arterias más prósperas de York, donde las vigas de roble de las casas sobresalían tanto que casi invadían las calles adoquinadas.
Era un barrio frecuentado por las damas nobles, pero aquella mañana el mostrador de Jacob permaneció vacío y su puerta cerrada.
Sus dedos temblaban al sostener una misiva escrita en un pergamino rígido al tacto.
Con su otra mano, Jacob sostenía el colgante de plata en forma de media luna, al dorso de este una inscripción grabada con gran precisión: « clavis caeli, porta inferni ».
«Llave del cielo, puerta del infierno», musitó el maestro.
Temblaba. Después Jacob leyó el mensaje del pergamino con la garganta seca:
Tus mercancías vienen de lejos, pero tus pecados están aquí mismo.
Vendes seda extranjera para tapar que tu alma está podrida de ritos oscuros.
Sabemos lo que escondes bajo las tablas del suelo; el arzobispo lo sabe todo.
Ni toda la tela del mundo podrá ocultar esa media luna que brilla en tu mirada y está en tu poder.
Arrepiéntete ahora o el fuego de la hoguera hará el trabajo que tú no quieres hacer.
El miedo le atenazó las entrañas, sabía que debía huir con Ariadna, su hija.
Mientras cerraba los puños de impotencia recordó a la mujer que, semanas atrás, lo había abordado en las callejuelas fangosas cerca del río Ouse.
Llevaba ropajes pesados, capas de lino oscuro que olían a humo y a hierbas viejas; su rostro era un mapa de arrugas y sus manos, nudosas, apuntaban artes prohibidas.
—¡Jacob! —le había dicho ella.
La anciana surgió de la niebla y lo llamó para que entrase al interior de una tienda húmeda que olía a hierbas cocidas.
—¿Cómo sabe mi nombre?
—Tu nombre fue escrito en las estrellas mucho antes de que en York se pusiera la primera piedra. Un comerciante de Flandes, antes de que el acero le robara el último aliento, me suplicó que te buscara. Dijo que tu estirpe era la única capaz de custodiar el colgante... —No terminó la frase.
—¿Qué comerciante? —instó el maestro, con la voz quebrada por el miedo.
—Willem van der Meer —sentenció ella.
El nombre golpeó a Jacob como una ráfaga de aire helado.
Recordó al flamenco, un hombre de ademanes elegantes y mirada profunda que, en su última visita, no había podido apartar los ojos de Ariadna.
Recordó cómo el extranjero había observado la mirada de su hija.
Acudieron a su mente las extrañas palabras que le dijo: «Ariadna...
, no olvidaré tu nombre. Eres una elegida» .
—¿Ha muerto? —preguntó Jacob, aunque en el fondo ya conocía la respuesta.
—Lo asesinaron —susurró ella.
Jacob guardó silencio.
—Es ella, Jacob. Tu hija es la elegida. Guárdalo —dijo entregándole el colgante—. Tú sabrás cuándo debe pasar a sus manos.
—¡Mi hija no es ninguna elegida! ¡Qué tontería!
—Aunque te parezca extraño y ajeno a ti y a tu hija, tu esposa... no estuvo desligada a su destino, al morir ella, tu hija se hizo la heredera del destino de su madre.
—¿Qué destino?
—Deberá destruir en el fuego eterno la media luna. Este colgante está maldito y hasta que no sea destruido el mal gobernará estas tierras.
—No entiendo nada... —Jacob estaba asustado por la irrupción de esa anciana en su camino y por sus palabras.
—Entenderás.
Al salir, el hombre tenía que meditar lo sucedido, estaba muy confuso.
Se aseguró de que nadie lo acechara, pero el peso de la joya le quemaba en el jubón.
Recordaba la última frase de su esposa antes de morir: «Lo siento, Jacob.
Dile a nuestra hija que siento no haber podido acabar con lo que la perseguirá durante toda su vida».
Él nunca comprendió las últimas palabras de ella, pero ahora empezaba a entender que su propósito fue el de alertarlo de algo que sucedería.
Decidió dar media vuelta para devolver ese colgante; la seguridad de Ariadna valía más que cualquier profecía.
Sin embargo, al cruzar de nuevo el umbral, la estancia era otra.
Las hierbas habían desaparecido y en su lugar solo había un taller de carpintería polvoriento.
Un hombre joven, de mirada desconfiada, levantó la vista de un tablón.
—¿Dónde está la anciana? —preguntó Jacob, desorientado.
—¡Aquí no hay ninguna mujer, maestro mercader! Vivo solo desde que murió mi padre —respondió el joven con una hostilidad contenida en la voz—. Si busca brujas, pregunte en las tabernas del puerto, pero no traiga esa peste a mi puerta.
Jacob huyó de allí con el corazón desbocado. ¿Había sido una trampa desde el principio?
—¿Qué ocurre, padre?
La voz de Ariadna lo devolvió al presente.
La joven apareció en el umbral de la tienda, con sus rizos castaños cayendo sobre los hombros y unos ojos negros que brillaban con una inteligencia que a veces asustaba a Jacob.
Al ver a su progenitor preparando fardos de comida en lugar de desplegar los rollos de seda, la muchacha palideció.
—¡Nos vamos, hija! ¡Ahora mismo!
No terminó de hablar cuando el estrépito del hierro contra la madera hizo temblar la casa. Las botas pesadas de los soldados de lord Hilton, el brazo armado del arzobispo de York, reventaron la puerta de entrada astillando el roble que Jacob había barnizado con tanto esmero solo un mes atrás.
—¡Ariadna, al sótano! —rugió su padre—. ¡Huye por la salida del río! Toma esto, que no lo encuentren o será nuestra condena.
Le entregó un bulto envuelto en terciopelo azul. Ariadna, con lágrimas en los ojos, se negó a soltarle la mano.
—¡Padre, me quedo con usted!
—¡Huye, por el amor de Dios! ¡Vete!
Ariadna se deslizó por el sótano. El pasadizo era estrecho, olía a humedad y había ratas en cada esquina.
Salió a una callejuela trasera. El bullicio era un rugido de pánico.
Los soldados de Hilton bloqueaban las puertas de la muralla y el paso por el puente de piedra estaba cortado.
Sin otra opción, se arrastró por los túneles de desagüe, un laberinto de inmundicia que desembocaba en la orilla lodosa del río Ouse.
Allí esperó un día entero, tiritando bajo el puente de piedra, con el frío calándole los huesos hasta que la ciudad pareció calmarse.
Al alba, ocultando su rostro con la capucha de su capa, atravesó la muralla hacia el interior.
El ambiente no era de miedo, sino de una alegría macabra.
La multitud se agolpaba hacia la plaza frente a la catedral.
Desde la sombra de un arco de piedra, Ariadna vio el patíbulo.
El cuerpo de Jacob se mecía con una rigidez espantosa bajo la brisa matutina.
Un sollozo ahogado escapó de su pecho, pero una mano fría le tapó la boca antes de que pudiera gritar.
—Si gritas, el verdugo tendrá doble trabajo —susurró una voz.
Los ojos de la joven se fijaron en la anciana, quien le hizo una seña urgente con la mano, instándola a seguir sus pasos de inmediato.
Ariadna se resistió, clavando los pies en el barro.
Sus ojos, nublados por las lágrimas, estaban fijos en la figura de su padre, que bajo la luz gris de la mañana parecía un extraño.
¿Cómo era posible que lo estuvieran condenando?
, pensó. Con un sollozo que le desgarró la garganta, hizo amago de lanzarse hacia el centro de la plaza.
No le importaba la muerte, ni el verdugo ni las picas de los soldados; solo quería morir con él, ser su escudo o su consuelo en el último aliento.
Pero la anciana fue más rápida, sus dedos, que parecían garfios de hierro, se cerraron en torno al brazo de la joven con una fuerza sobrenatural.
—¡Suéltame! —gimió Ariadna, forcejeando con una violencia que empezaba a atraer las miradas curiosas de los villanos cercanos.
—¡Camina, insensata! —le siseó la mujer al oído, arrastrándola hacia la penumbra de un callejón—. Si mueres ahora su sacrificio no habrá servido para nada. ¿Quieres que él vea tu sangre antes de cerrar los ojos?
Ariadna sintió que las fuerzas le fallaban, no pudo despedirse de Jacob, ni siquiera se cruzaron las miradas.
La resistencia física cedió ante el peso de esas palabras, y mientras la anciana la obligaba a alejarse, la joven dejó que el corazón se le astillara en mil pedazos, perdiendo de vista la silueta de su padre mientras los murmullos de la multitud crecían como una marea hambrienta.
La mujer la arrastró por callejones donde los guardias no se atrevían a entrar por supersticiones del pasado, hasta una cabaña que olía a sebo.
Allí, bajo la luz vacilante de una vela, la anciana la observó, primero se fijó en su mirada, después le tomó una mano.
—Eres tú. No puedes salvarlo ya, pero puedes vengar su sangre. Ponte el colgante y que no toque más piel que la tuya.
—¿Qué colgante? —preguntó la joven, con la voz todavía temblorosa.
—El que tu padre puso en tus manos antes de que el acero lo apartara de ti —respondió la mujer, clavando sus ojos lechosos en los de Ariadna.
La joven recordó entonces el pequeño bulto que Jacob le había confiado.
Con dedos torpes por la humedad, buscó entre los pliegues de su capa y extrajo el envoltorio de terciopelo azul.
Al desdoblar el tejido, la plata pareció capturar la escasa luz de la estancia, revelando una media luna de filigrana tan fina que parecía tejida por manos de hadas.
En el centro, una gema translúcida brillaba con un fulgor lechoso.
Sin cuestionarlo, la obedeció y deslizó la cadena por su cuello.
El metal estaba frío, pero al contacto con su piel...
sintió una sacudida que le recorrió la columna, como si el colgante hubiera encontrado, al fin, su lugar.
—No se lo muestres a nadie —le advirtió la anciana, cubriéndole el pecho con la capa.
La extraña clavó entonces su mirada en la mano que tenía entre las suyas. Leyó en silencio las líneas de la palma y se estremeció, soltándola como si esta fuera hierro incandescente.
—¡Solo un guerrero de las Tierras Altas, con tres medias lunas, podrá sostener el peso de tu destino! Huye al norte, busca la Roca del Arrepentimiento en el Lago de las Sombras. Es un lugar donde el agua es negra como el cristal y el brezo no nace.
—¿Por qué? ¡No entiendo nada!
—Porque ese colgante abre la puerta al Trono de las Sombras, y el arzobispo de York lo quiere para arrodillar al mundo ante él. Debes llevarlo a la grieta donde nace el fuego de la tierra y dejar que las llamas lo devoren. Solo así serás libre.
La mujer desapareció entre las sombras del callejón antes de que Ariadna pudiera hacer más preguntas.
Al principio se quedó quieta, paralizada por el miedo y la tristeza, pero reaccionó a los pocos segundos para seguir a la anciana.
De pronto, se detuvo con brusquedad: los soldados la habían interceptado y la arrastraban hacia la plaza para morir en la hoguera, igual que su padre.
Contuvo un grito de dolor; en ese preciso instante supo que tenía que huir de York.
Días después la joven avanzaba por senderos ocultos, alimentándose de bayas silvestres y raíces, evitando cualquier patrulla con el emblema de lord Hilton.
El hambre le nublaba la vista, pero entonces lo vio: el gran paso de piedra que los mercaderes llamaban «La Puerta de la Montaña».
Era la entrada a las Highlands, un desfiladero flanqueado por riscos que parecían gigantes dormidos.
Al cruzar aquel umbral, Ariadna sintió que el aire cambiaba.
Allí, el mandato del arzobispo de York no era más que un eco lejano.
Estaba en tierra de clanes y él ya no tenía ningún poder.