Capítulo 15 #2
Sin moverse del estrado pidió al mensajero que abriera la cortina; tres pasos, dos reverencias contenidas y las voces se hicieron pequeñas en la galería.
Don Álvaro de Tordera llegó con la sonrisa medida de quien guarda cuentas en más cuerpos de lo que muestra.
Traía consigo, además, un paquete de pergaminos firmes y un escribano a la espalda, de mirada vigilante.
Se detuvo ante la silla, dejó su capa y, sin alzar el tono, dijo lo que debía decir por costumbre: ofrecía apoyo en la corte, menudeado en frases de cortesía —intercesiones, favores, un nombre alto que podía inclinar un oído si Isabel entregaba cierta seguridad a sus mercaderes que cruzaban por el puente y la feria—.
Isabel plegó la pluma con la mano y le pidió que fuera concreto.
Álvaro enumeró: un permiso para cobrar un peaje moderado por cinco años —destinado a reparar tablas y mantener faroles—; una guardia especial en las noches de mercado pagada por su casa; la promesa de escolta para peregrinos que cruzasen su puente cuando la riera se hinchara.
No pedía tierras; hablaba en números de pan y luz, en razones de paso y conveniencia.
Sus ojos no dejaban el compás de la sala, midiendo si la oferta era política o pura utilidad.
Isabel dejó que las palabras reposaran sobre la mesa.
Su respuesta fue breve y precisa: cualquier concesión sería temporal, condicionada y articulada en escritura pública que no modificase la titularidad del señorío ni afectase las rentas permanentes.
Si don Álvaro quería peaje, el peaje vendría con una cláusula de reversión al término convenido, con obligación de presentación de cuentas ante el escribano del señorío y la firma de dos testigos civiles.
Si quería guardia, la guardia se pagaría en su mayor parte con su bolsa y no con requisiciones a los molinos; si faltara el pago, la obligación se interrumpiría sin recurso.
No hubo florituras; solo términos que cerraban la puerta a una venta de la casa.
Don Álvaro no ofreció una sonrisa mayor; la guardó en la garganta y asintió.
Sacó un folio y, con la formalidad de quien sabe que las palabras sin sello pesan poco, pronunció: —Será por escrito: contrato con su escribano y dos testigos.
—Y si acepta, traeré, además, dos señores que hablarán bien de la utilidad de Alcaraz en la Cámara.
Fue suficiente para que Isabel pidiera a Hernán que preparase un formulario, y a Catalina que dejara lista una columna donde se dibujara la reversión del derecho: plazo, motivo, controles de cuentas.
Nada que comprometiera la custodia del señorío; todo, sin embargo, susceptible de convertir al ofrecimiento en presión pública favorable.
Cuando Don Álvaro se despidió con un gesto medido, entró Don Martín de Belmonte, menos ceremonioso y con la sombra de la caza en la ropa.
Su propuesta fue directa, no velada: solicitaba reconocimiento de un derecho de caza estacional en las dehesas comunes y, a cambio, proponía enviar dos jinetes a la corte para testificar sobre la necesidad de conservar el mercado y asegurar la libertad de paso.
Isabel observó cómo sus dedos, grandes y curtidos, se cerraban sobre el borde del mapa; Don Martín apelaba al prestigio local: su firma con su escribano podía inclinar a ciertos caballeros que valoraban orden y costumbre.
Isabel pensó en los caminos y en la forma en que la gente del valle dependía de las dehesas para invierno y ordeñas; pensó en las cargas que ya pesaban sobre los labriegos.
No negó de inmediato; ofreció una alternativa: una licencia concreta y limitada, por un día anual de caza con patrocinios públicos —una marca simbólica y, a lo sumo, un reconocimiento honorario— inscrita en acta, no una concesión territorial ni una exención de fiscalidad.
Don Martín frunció el ceño —había esperado algo más— pero la razón práctica le alcanzó; pediría que constara por escrito y mandaría su escribano a sellar la palabra en la copia que Isabel exigió para el archivo.
Ambas conversaciones fueron, en su centro, un trueque de legitimidades: Isabel entregaba reconocimiento formal y un uso acotado y temporal si aquello traía consigo voces visibles y firmadas que pesaran en la audiencia.
Cada acuerdo fue, en su redacción, una limitación: reversión, plazo, control de cuentas, presencia de testigos civiles y un clérigo si el prior lo exigía.
No cedió rentas ni la llave de la casa; ofreció, en cambio, escenarios y papeles que harían más costosa la desautorización pública de Alcaraz.
Al retirarse los señores, se quedó Doña Teresa, cuyos dedos aún llevaban el polvo de papeles y la costumbre de las cortes.
Había ido a palacio —había palabras, había roces con damas— pero no había vuelto con promesas sin traza.
Se sentó frente a Isabel y, con la voz contenida, ofreció un puente: una voz conocida en la cámara de la reina, una dama que podía solicitar audiencia informal del receptor si la petición venía refrendada por cartas selladas y por la relación de hechos que Catalina había compuesto.
Teresa no pediría peajes, dijo; pediría condición: que la Casa Montemar aceptara nombrar la petición como de utilidad pública, sin entregas de cargos.
Isabel observó el gesto de Teresa: era una entrega de redes que costaría favores futuros.
No habló de gratitud; puso límites. —Lo que traiga Doña Leonor —dijo— ha de venir en folio sellado.
—No quiero favores verbales que puedan invertirse en demandas.
Teresa ladeó la cabeza, comprendió la exigencia y, sin levantar la voz, prometió que toda gestión sería sellada y fechada.
También ofreció algo que a Isabel le importó más: la voluntad de hablar en Palacio sobre la necesidad de que la corte no sustituyera administración por suplencia, y de pedir un intercesor que solicitase la designación de peritos imparciales.
Isabel pidió el nombre del intercesor y la nota de recibo; Teresa lo tomó con las manos temblorosas de quien sabe el precio de la intervención.
Cerraron la sesión con un ritual de burocracia: Catalina redactó tres borradores —uno para cada señor, otro para la Casa—; Hernán preparó el libro de salidas y consignó la hora; Isabel marcó con cera temporal cada folio antes de entregarlo para firma del escribano.
Dejó escrito, en su cuaderno personal, una cláusula que no quiso pronunciar en voz alta: "Protección de los aldeanos — prioridad.
No concesiones que dañen arados o molinos.
" Mandó a Hernán que redactase un segundo folio, destinado a los alcaldes del valle: si la casa recibía apoyo en la audiencia, Alcaraz garantizaría reparto de raciones extra para tres meses, mantenimiento de muelas y prioridad en reparos de presas.
No fue una promesa militar; fue una promesa administrativa con el peso de su firma.
Pensó en Rodrigo en la herradura, en los hombres que querían respuestas de acero; pensó en Mateo y en la disciplina que exigía.
Por eso pidió a Teresa que, en Palacio, insistiese en que cualquier suspensión o medida cautelar fuera notificada con antelación y que la casa tuviera tiempo para proteger a los suyos.
No quería que el apoyo otorgado por los señores se convirtiera en excusa para una intervención: la protección debía ser civil, administrativa y visible para el pueblo.
Hernán dobló la primera copia; Catalina la selló con la marca temporal y buscó la pluma que Diego dejaría para firmar; Isabel sostuvo el folio contra la mesa, sin levantar la mirada del texto, y dio la orden que lo haría salir al alba: —Que parta la copia.
—Y que venga firmada antes del ocaso. La palabra fue breve, cerrada como una puerta.
La mano de Hernán cerró el cordel y colocó el paquete en la mesa; Isabel apretó la mandíbula.
Por un instante visualizó la plaza donde, al alba, la primera carta sería clavada con testigos y cera.
Aún con la imagen de la plaza en la pupila, Isabel deslizó la palma sobre la cera fría del arcón como quien toca una costura que no puede deshacer.
El metal de la llave en la faja le recordó la sensación punzante de responsabilidad; la tapa crujió un poco al apoyarla y el sonido, contenido, resonó en la cámara de la Torre del Homenaje.
No dijo nada; los presentes se inclinaron y la sala se aquietó. Era todavía la noche.
Mateo estaba junto a la ventana, la sombra de la lanza recortada en la baldosa.
No hizo ademán de acercarse al arcón; respetó la línea que ella había impuesto.
Hernán, con los pliegos y la lámpara entre las manos, dejó sobre la mesa la pequeña pila de copias selladas: tres para el prior, dos para señoríos vecinos, una para la capilla de Santa Marta y dos para la Corte: una por la ribera y otra por la Culebra.
Comprobó la cera en el cordel y, al no hallar falla, cerró la tapa del paquete con un mimo administrativo.
—Repase usted la lista —dijo Isabel sin alzar la voz—. Nombres y rutas. Si falta alguien, no sale nada.
Hernán recitó con la misma precisión con la que antes leía partidas: Juana, sacristán Juan de Valdela, alcalde de la Venta, Gonzalo de Uceda —si aparece—, el escribano Diego; dos copias para Santa Marta y una para el prior; testigos civiles asignados: Juana y el alcalde en la ribera; el molinero Enrique y el alcalde de Valdela, por la Culebra.
Fechas y horas; sellos temporales; nota ritual de Raimundo, lista para rubricar en cuanto la requieran.
Añadió, en voz baja, los nombres de los dos hombres que acompañarían cada partida: Tomás y Luis como escoltas, y dos veteranos sin insignias para la custodia de las copias en el tramo intermedio.
—¿Y los mensajeros? —preguntó Isabel—. ¿Quién tomará la primera copia al amanecer?