El Juramento del Castillo de Alcaraz Capítulo 15 #3
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Capítulo 15 #3

Hernán señaló con la pluma la tablilla: el rapaz de la ribera partirá al primer toque; Diego Vargas recibirá la copia que va por la Culebra en la venta del molino; el escribano dará fe y cerrará la acta con su firma.

Si en cualquier punto aparecen ofertas en dinero, el que reciba deberá sellar la moneda y traerla consignada como prueba; no hay excepciones.

Isabel inclinó la barbilla. Sabía que, en la práctica, la cadena de custodia viviría de minucias: una hora mal señalada, la ausencia de un testigo, una moneda sin sello. Aguardó que Mateo tomara palabra; su voz, cuando llegó, fue templada como un mandato de guarnición.

—Mandaré dos veteranos al puente y otros dos a la venta de la ribera —dijo—. No llevarán insignias. Vigilarán pero no interferirán en la entrega; si alguien intenta arrebatar, vuelvan y no sigan la rapiña. Avisaré a Tomás y Luis que no pernocten en la misma venta.

Isabel agradeció la medida con un gesto mínimo. La vigilancia, no la fuerza, debía ser la nota dominante. Tenía en mente el miedo a que cualquier movimiento militar fuese leído en la corte como excusa para intervenir. La presencia de veteranos sin estandartes prometía disuasión sin provocación.

El mayordomo asintió y apoyó en el libro la firma que Isabel le indicó. Sus dedos dejaron una marca oscura de tinta; el gesto parecía cerrar una cláusula más que una línea en un registro.

Isabel abrió entonces uno de los atados y mostró, sin leer en voz alta, el encabezamiento de la proclama que sería leída en la plaza al alba.

No era la proclama larga: era la versión pública, moderada y protectora que Catalina había redactado.

Su mano trazó sobre el pergamino la frase que decidiría el tono: «Alcaraz vela por su gente.

» Lo dejó sobre la mesa a la vista de ambos.

—No la leeré entera —dijo—. Solo señalaré las tres medidas que deben conocerse: registro público de ofertas, depósito sellado de monedas que pretendan comprar voluntades y la garantía de reparto por tres meses en caso de intervención administrativa.

Que conste que cualquier gestión en Palacio se hará por folio y sello y que la prioridad es el pan de los niños y la rueda de los molinos.

Mateo frunció apenas la frente, evaluando el riesgo de mostrar esas cartas en la plaza. Isabel advirtió la cautela en su gesto y añadió:

—No es para ocultar pruebas; es para que nadie, ni en Palacio ni en la posada, pueda decir que albergamos intereses privados. Haremos de la causa de Alcaraz la causa del valle. Si Olmedo acusa ayuda popular, la plaza sabrá que respondimos por los suyos, no por nosotros.

El silencio que siguió fue medido. Hernán levantó la cabeza, la pluma preparada.

—Haré tres copias de la proclama —dijo—.

Una para el tablón municipal, otra para la capilla y la tercera para la cámara del archivo.

Juana firmará la copia que vaya al tablón como testigo.

Además, pondré en la casa municipal un libro de denuncias para que firmen quienes constaten ofertas o presiones. Todo entrará en el expediente.

Isabel cerró los ojos un instante y recordó las caras en la plaza: el niño, la vieja que vendía paños, el veterano que exhaló reconocimiento. Aquella imagen no necesitó palabras. Abrió los ojos con decisión.

—Que se deje constancia —dijo—. Si la corte quiere reclamar que la casa no cuida a su gente, tendrá que probarlo, no inventarlo. Publicidad controlada: la verdad como escudo.

Puntualizaron los itinerarios con precisión militar: la copia para el prior por la ribera, escoltada por Luis y el rapaz; la que iría a Santa Marta por la Culebra, con Tomás, que daría cuenta a Gonzalo si aparecía; la que debía llegar a Doña Leonor remitida por Teresa, con prueba documental de recepción.

Isabel encargó personalmente a Hernán una nota para Teresa, con instrucciones claras: no favores orales; pedir sello de recibo; traer la copia firmada antes del ocaso.

—Si el intercesor acepta hablar —precisó—, que lo haga por escrito y que la hora conste en el libro. Traed sello, no promesas.

Mateo guardó silencio unos instantes. Luego habló con circunspección, insinuando lo que Isabel ya sospechaba: la posibilidad de que los mensajeros fueran interceptados.

Propuso que, si la ruta mostraba peligro, se desviara la copia por un tercero: un mercader sin insignia que pasara por la venta y que declarara haber entregado la carta por encargo de la casa.

Isabel aceptó la redundancia; la prudencia tendría muchas voces.

Hernán cerró el paquete y lo pasó ante Isabel. Ella posó la mano encima y, con la cera del sello temporal, dejó una marca breve, imperfecta como su certeza. No era la grandeza de la medalla; era la promesa administrativa que bastaba ante un escribano.

—Marcaremos la moneda —indicó—. Si alguien ofrece piezas, que las traigan aquí y que Hernán las selle. Abriremos la caja ante testigos y consignaremos la hora. Una moneda, un sello, una firma. No más.

El plan, dispuesto en folios y señales, crecía en organización.

Isabel dictó además una última medida: un reparto inmediato de reserva para los molinos y las familias de los convalecientes de la guarnición; tres meses de grano extra a cargo de la casa si la audiencia demoraba una orden que impidiera cobros.

Era una promesa que no se pronunciaba en Palacio; se dejaba escrita para la plaza y para los alcaldes del valle.

Los tres repasaron la lista de testigos protegidos: Juan el sacristán, cuya nota ritual debía rubricar Raimundo; Gonzalo, si aparecía; Juana la posadera; el alcalde de Valdela; el escribano Diego.

Isabel asignó a cada uno un nombre de hombre que le serviría de escolta, y a cada escolta, dos testigos civiles que se comprometerían a firmar la entrega.

Detallaron qué haría cada mensajero en caso de coacción: levantar la voz, refugiarse en la capilla si era posible y, en último extremo, quemar la copia y volver con palabra.

No por romanticismo, sino para que la ausencia de prueba quedara registrada y no fuera sustituida por rumor.

Antes de que el silencio volviera a instalarse, Isabel redactó un párrafo final para la proclama pública, y lo dijo en voz baja para que solo ellos lo escucharan:

—«Alcaraz no vende su voz. Pedimos juicio; damos pruebas. Quien quiera el señorío, que traiga folio y testigos, no monedas.»

La frase cayó en la piedra como una sentencia civil. Mateo asintió; Hernán la escribió sin añadidos.

Cuando las primeras luces del alba prometían doblar en la ribera, los paquetes partieron por las dos rutas acordadas.

Isabel apretó la llave en la faja, la misma llave que había sentido quebrar su sueño en noches anteriores, y observó a los mensajeros alejarse por la galería.

No hubo fanfarria; solo pasos, sombras que se iban doblando hacia el campo.

Se quedó sola con la mesa de planos y las copias selladas.

La noche la había templado en una certeza práctica: la contienda que venía ya no era solo de documentos contra documentos; era la defensa pública del pan, de los molinos y de la memoria de la casa.

Había decidido que la discreción debía ceder —por ahora— ante la urgencia de proteger a otros.

La maquinaria de papel y testigos arrancó en la madrugada. No había marcha atrás.