El Juramento del Castillo de Alcaraz Capítulo 15
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Capítulo 15

Alianzas y Susurros

Isabel de Montemar

Esa mañana el Salón de las Banderas tenía la fatiga de quien ha velado mucho tiempo: la piedra todavía retenía el frío de la noche, las antorchas parpadeaban y el aire traía olor a cera y a aceite sobre la madera.

Isabel permaneció en el estrado con las manos sobre el respaldo de la silla, mirando cómo entraban uno tras otro los emisarios; cada llegada abría un pliegue distinto de la misma tela: palabras suaves, miradas medidas, paquetes envueltos que olían a pan y a telas de fuera.

Mateo había salido esa mañana a cumplir encargos en la ribera; volvería cuando la jornada lo pidiera; lo sabía ella.

El primero fue un criado con el tabardo de una casa menor; dejó un cofre pequeño sobre la mesa sin inclinarse demasiado, como si quisiera que su ofrenda pesara más que su presencia.

—Para la señora —dijo—. Traigo telas y un capón.

Si la casa muestra algún favor, la nuestra puede garantizar paz en las fiestas del mercado.

Isabel miró el cofre, sintió bajo la palma la resistencia de la madera y ordenó sin levantar la voz: —Que Hernán anote el nombre de quien trae el cofre, hora y contenido —dijo—.

Que dos testigos lo abran y que se selle la moneda, si hay, con la cera temporal.

Nada entra en manos de la casa sin registro.

El criado torció la boca, no por miedo sino por la costumbre de quien acostumbra a negociar con miradas.

Hernán, junto a la mesa, sacó un libro nuevo —una cubierta de cuero todavía tersa— y trazó con pluma precisa las columnas que Isabel dictaba: fecha, oferente, naturaleza de la oferta, testigos, hora, destino del presente.

Catalina apoyó la pluma sobre el folio limpio, la punta aún húmeda y dobló en silencio la copia que Isabel ordenó para el prior en caso de apelación.

Llegaron otros; unos con ansias cohibidas tras la corredera, otros con la cortesía de quien propone sin apoderarse del gesto.

Un mensajero de Olmedo, de túnica más cuidada, depositó un sobre sellado.

No fue la cera del receptor, pero la impronta era repetida: una rueda pequeña, la rueda de quien ofrece favores en nombre ajeno.

—Don Alfonso desea ofrecer tierras menores a cambio de una salida honorable —dijo el hombre, y añadió con la suavidad de quien conoce las fórmulas: —Seguridad en las rutas, derecho de pasto un día al año, un reconocimiento público por los servicios prestados a la Corona.

Isabel abrió el sobre con la misma lentitud con que se examina un mapa de campaña; la carta olía a tinta reciente.

No la leyó en voz alta. Miró al mensajero, midió la tensión que había en la sala y dejó la carta junto al libro de Hernán.

—Que conste —mandó—. Hora, nombre del mensajero, descripción de la oferta y testigos.

Ninguna promesa de tierras, favores o rentas será válida sin escritura y ante notario.

Cualquier plata ofrecida será sellada y consignada en caja con acta.

Un alcalde de pueblo avanzó entonces con la palabra torcida por la vergüenza y la verdad. —Vuestra Merced —dijo en voz baja—, el alcalde de Valdela ha recibido visitas. Nos ofrecieron dinero por cambiar la palabra. No lo acepté… pero lo oí.

Isabel guardó la mirada en él como quien pone una brújula sobre la mesa.

—Dilo ante el libro —ordenó—. Firma con tu nombre y hora.

Que Juana o el alcalde de la Venta hagan constar su presencia como testigo.

Todo intento de compra quedará registrado; la moneda, si existe, será sellada y puesta en custodia hasta que el prior o el receptor determinen su destino.

Hernán alzó la pluma y el alcalde firmó.

Catalina cerró los ojos por un instante; luego dobló la hoja con cuidado y la entregó.

Isabel observó la fila que se formaba, los rostros que trataban de parecer ajenos al escote de la codicia: comerciantes que ofrecían acceso a rutas, capitanes con nombres que proponían seguridad a cambio de nombramientos, señores que ofrecían cartas de apoyo con la condición implícita de favores futuros.

En un rincón del Salón un mensajero dejó caer una bolsa de tela sin atenderla, como quien deposita una promesa sin nombre.

La bolsa tintineó. Isabel ordenó que la trajeran hasta su silla.

La abrió en presencia de tres testigos. Dentro no había monedas pulidas sino un lazo de monedas menores y una nota sin firma: “Por su silencio.” Isabel no leyó la nota; dobló el papel, marcó la caja con una banda de cera y señaló con la pluma la línea del libro donde aquello ingresaría.

Era anónima, sin sello ni remitente; su valor probatorio era nulo.

—Selladla —dijo—. Que la moneda quede con la firma del testigo que la recibió; que se deje constancia de la hora y del lugar donde fue entregada.

Su voz tenía la frialdad de la piedra en la torre del juramento; no necesitaba amenaza para hacerse oído.

Al final de la mañana mandó leer un punto nuevo del procedimiento: la casa adoptaba un registro público de ofertas.

Una copia del libro, explicó, se fijaría en el tablón municipal y otra permanecería sellada en la cámara del archivo; cada entrada sería visible y cualquier intento de oferta que no compareciera en el libro sería, por sí mismo, prueba de coacción.

—Que conste —repitió—. No habrá favores verbales.

Quien acepte, traiciona el señorío y será tratado como tal.

Hubo murmullos. Algunos buscaron en sus ropas la excusa de la necesidad; otros miraron hacia la puerta, como sopesando si en la tarde habrían de negociar en voz baja en alguna posada.

Isabel vio entre ellos el reflejo de la erosión que ya había previsto: la política de Olmedo no era el choque de lanzas, sino la madeja invisible de favores dispersos.

Pensó en la carta que Catalina había llevado días antes, en la red que había empezado a mostrarse.

No habría ajuste de cuentas ahora; había que cortar la tentación.

—Hernán —dijo—. Nombra dos hombres de confianza para custodiar cualquier moneda o presente que llegue: uno en la cámara de correos, otro en la capilla.

Ninguno debe mostrar insignias. Anota la hora de cada entrada y limita la custodia hasta que el prior y el receptor dispongan.

Catalina, copia inmediata para el prior.

Mateo, darás dos veteranos a la puerta de la posada de la ribera cuando yo lo ordene; que vigilen pero no provoquen.

Mateo, recogido en la sombra, asintió con la gravedad de quien conoce el daño que puede causar una espada cuando se usa fuera de ley. No dijo palabra; su gesto bastó para que la sala entendiera que la guarnición no intervendría a cambio de favores.

Isabel se levantó y anduvo despacio por la sala, tocando con la punta de los dedos las telas colgadas en las vigas, la misma costumbre con que antes había examinado cuentas.

Cada toque era una medida: la casa no se compraba con paños, ni se vendía por carne.

Delante del libro ordenó que se consignara como primera entrada un “Advertimiento público”: que cualquier oferta recibida y registrada sería causa de pérdida inmediata de cualquier favor o cargo que pudiera tener el oferente en Alcaraz y que, si fuese necesario, se iniciaría acción ante el prior por coacción o compra de voluntades.

—No procuramos humillar al menesteroso —añadió, y sus palabras buscaron piedad y ecuanimidad—. Procuramos cortar la corrupción que destruye el deber. Quien acepte por hambre será protegido; quien acepte por conveniencia perderá su lugar en la casa.

Un hombre del público, voceando más alto de lo conveniente, preguntó por la sanción concreta.

Isabel no cedió a la tentación de la retórica; señaló el libro con la cera templada en su dedo y la disposición quedó escrita: “Anotación pública — remisión al prior — pérdida de cargo — registro de bienes para reparación.” No añadió más porque sabía que la ley y la visibilidad harían el trabajo que las palabras solas no podían: la vergüenza y la pérdida sonaban más agudas en el vientre que cualquier castigo anunciado.

Mientras la tarde empujaba luz pálida por las ventanas altas y el viento del norte agitaba las banderas, Isabel mandó a Catalina preparar una proclama templada para la plaza que explicara el nuevo registro y la prohibición de ofertas verbales; ordenó a Hernán que, además del libro, abriera una carpeta para las monedas selladas y las guardara en la caja menor, con sello y dos testigos.

Apoyó la mano sobre la cera tibia de la pequeña bola que llevaba siempre a mano y dejó una marca leve en el margen de la primera página del libro.

Ese sello temporal sería la firma de la casa hasta que el prior rubricara las entradas.

Antes de abandonar el estrado, miró a la asamblea y, sin alzar la voz, pronunció la única advertencia que quiso que corriera como rumor legítimo: —Si alguien vende a Alcaraz por conveniencia, no solo perderá su pago; perderá su nombre donde debiera pesarlo la memoria.

Al salir del salón, con la cera todavía tibia en la palma, vio en la galería el rostro de un mozo que había servido en tiempos antiguos a una casa ahora aliada con Olmedo; su expresión fue breve, contenida.

Isabel notó en ese gesto la línea fina que separa la lealtad de la oportunidad.

Guardó la vista en el cofre menor que Catalina había traído —ahí reposarían las monedas— y cerró la tapa con la llave en la faja: el acto pequeño de la custodia quedó como promesa.

Apoyó la palma sobre la tapa del cofre con la misma lentitud con que había dejado la huella; el calor de la cera, ya tibia, le quedó bajo la yema un instante y luego se disipó en la mesa.

No los llamaría con pompa; sabía que las palabras demasiado altas atraían espías.

No había llegado a abandonar el salón; apenas posó la mano en el cofre y volvió al estrado.